Los clubes cuentan

Cuando dos clubes se encuentran: “Miremos juntos” a “Cururú”

Resulta difícil poder medir el infinito entramado que presupone una Red de Clubes de lecturas.
Después de terminado nuestro encuentro del lunes 8 de septiembre de 2025 y tratando de compendiar lo vivido, vale la pena intentar dimensionarlo.
Como estaba previsto, ese día nos comunicamos desde la localidad santafesina de San Carlos Centro con Noelia, del Paraje La Rueda de La Plata, Provincia de Buenos Aires. Desde “Miremos juntos” a Cururú”.
Según las propias palabras de Noelia, alguien llamada Laura Devetach la había colocado en ese lugar que instala lecturas los martes para niños y niñas, y los sábados para jóvenes y adultos; y donde otro alguien llamado Gustavo Roldán les había sugerido el nombre de Cururú.
De ahí en más fue sencillo y espontáneo el diálogo, impulsado por ese sapo gigante que nos invitó, a los de acá y a la de allá, a viajar sobre un camalote para compartir y vivenciar historias.
Las reuniones de “Cururú” se realizan en un Centro Sociocomunitario; nuestros encuentros en “Casa de Tía Margarita, un lugar abierto al afecto” de Cáritas, y eso se manifestó en las confidencias íntimas de personas que se conocen a través de la literatura, pero también a través del afecto.
Nos reconocimos en Noelia por momentos claves de su historia personal, por su abuela paraguaya y centenaria que hoy reside en Misiones, por un tornado que modificó el rumbo de su familia, por su confesión de volcar su dolor en versos; y fue lógico que integrantes de “Miremos Juntos” se identificaran en algunos de esos avatares y el teléfono, hilo tecnológico y fundamental para comunicarnos fuera paseando en la rueda del grupo requerido con manos extendidas. El tejido impredecible e imparable sumaba vivencias, lecturas, historias, para recrear un mundo propio tan necesario como respirar.
Los lienzos colectivos siempre suman ese algo más que los enriquece. En este caso nuestro grupo sumaba un nuevo integrante llamado Gabriel, de profesión panadero…, y recordamos lo que dijo alguien llamada Liliana Bodoc: “Porque amasar un pan y escribir un cuento son cosas muy parecidas. Porque repartir un pan entre todos y leer un cuento en voz alta son las más antiguas costumbres del amor”.

Posdata: Todo el texto anterior es el breve reflejo de un viaje telefónico que se prolonga, donde las emociones y los múltiples encuentros nos ayudan a crecer.

Marta Casalegno
Club de lecturas “Miremos juntos”
San Carlos Centro – Santa Fe

Patricia Domínguez
deinfanciasyliteratura@gmail.com

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