Los clubes cuentan

El mapa y el territorio

​El trabajo en territorio tiene movimientos. Esos movimientos a veces implican mudanzas y pausas. Fue lo que nos tocó de noviembre hasta ahora: replegar la biblioteca en algunas valijas, dejar en remojo el disfrute de los encuentros y asociarnos con dos certezas. Que no vamos a dejar de hacer el Club de lecturas; que no tenemos que apurarnos en buscar otro lugar si no hay nada que ahorita mismo parezca idóneo.
​Así hicimos. Y así también decidimos volver de a poco, con la idea de encuentros mensuales y en un barrio que queda a unos pocos kilómetros de donde estábamos antes, del que vienen muchos de nuestros niños, jóvenes y familias lectoras, y que no tiene en sus cuadras casi ningún espacio disponible. Tan solo el predio del sindicato de la carne que alguna vez nos prestaron para hacer un encuentro y que sigue disponible a veces, pero que otras muchas —como los fines de semana de este otoño— está alquilado.
​Así que hablamos con Clara y con Eli y nos propusieron: «¿Por qué no hacemos el encuentro en la vereda de casa? Hay espacio, hay sombra y, cualquier cosa, alguien puede pasar al baño acá, además de cargar agua para el mate». «¿Por qué no?», pensamos. Y nos cargamos una selección de libros, varias mantas y algunos objetos y propuestas más que siempre nos acompañan; entre ellas, el mapa bordado que habíamos empezado la primavera del año pasado. Y además Delfi, una joven lectora de la biblioteca —gran poeta además—, propuso coordinar ella una actividad e invitó a los niños a hacer pulseritas.
​Así que, de pronto, la vereda de 516 bis tenía algo de feria y los chicos iban llegando. El taller de pulseras fue, por supuesto, un éxito, como lo fue otro espacio de aquello que a veces, de manera un poco despectiva, creemos se nombra como manualidades y que a nosotros nos gusta pensar como artesanía, como la mano que piensa y que hace.
​Hilado de pulseras y, del otro lado, el bordado. Tantos se engancharon que los libros esta vez acompañaron casi en un segundo plano. Como estaban a mano, cada tanto algún joven o alguna niña agarraba uno y se ponía a leer. También hubo algunos momentos en los cuales alguno de nosotros prestó su voz a un pequeño grupo de tres o cuatro pequeños. Pero las actividades que teníamos pensadas —una de ellas con historias y leyendas del barrio a partir del maravilloso Seres del monte de Mercedes Mainero y Mercedes Palacio— quedaron para una próxima vez.
​Sucede que en el mapa bordado donde Juli invitaba a componer con hilos, formas y colores cosas que hay en el barrio, los chicos se iban sumando a hacer y a contar, a bordar y a conversar. Y el mapa siguió creciendo. A veces leer y escribir no es ir por sobre la palabra escrita, sino dejar otro tipo de marcas, otro tipo de huellas en la superficie, huellas en las que después podemos leernos.

​Un mapa es un artefacto siempre histórico, siempre subjetivo, muchas veces bello. Un mapa es, a veces, un artefacto que deja gente afuera; como en barrios así, más nuevos, donde la mayoría de la gente por ahí llegó hace poco, donde para las personas de la ciudad quizás no hay nada. Hacer un mapa, bordarlo, ponerlo lindo, es una manera de decir: «Acá estamos y miren todo lo que hay». También de decírnoslo a nosotros mismos.
​El mapa se sigue haciendo y cuando, tal vez en el próximo encuentro, esté terminado, no dudamos que será algo así como uno de los nuevos libros de nuestra biblioteca.

 

Martín Broide
Club de lecturas “Cururú”
Paraje La rueda – La Plata – Provincia de Buenos Aires

Cururú Biblioteca del Sapo
mbroide@gmail.com

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