“La verdad está ahí afuera”, rezaba uno de los lemas de la recordada serie televisiva Los expedientes secretos X (X Files), creada por Chris Carter y que, desde su primera emisión en 1993 se instaló en la cultura popular gracias a su fascinante manera de tratar con los temas llamados “paranormales” con una ficción en la que dos polos del abordaje de los mismos (los agentes Fox Mulder y Dana Scully) pugnaban por conocer la verdad de los sucesos, tras los cuales más de una vez los hilos estaban movidos por perversas organizaciones que nada tenían de imaginarias.

El poder de las historias «sobrenaturales»
Para hablar de este nuevo libro, que está disponible en librerías, Agostinelli se presta a responder nuestras preguntas y a compartir los secretos de las historias que ha abordado, y también de su particular manera de hacerlo.
—¿Y cómo es esa tarea?
—Mi trabajo se resume en la búsqueda de ese escenario ideal donde, como periodista, puedo dedicar todo el tiempo necesario a las entrevistas y al conocimiento profundo de los eventos. Parte de la base de que es materialmente imposible dedicar a estas historias todo el tiempo que exigen. De hecho, existen obstáculos insalvables, como las limitaciones logísticas y, por supuesto, las éticas. Abordar el testimonio de personas que han atravesado vivencias que rozan lo racionalmente admisible supone una exposición de su intimidad que no todo el mundo tiene ganas de afrontar, decisiones que el periodista debe respetar. Quiero decir, nuestro interés en la reconstrucción de uno evento jamás debe primar sobre el derecho de los protagonistas a guardar silencio.
—¿Había mucho “material” disponible, muchas historias “paranormales” de las que hablar?
—Desde el principio Argentina X se planteó como un libro heterogéneo, ya que la ambición inicial era enciclopédica, otra ventaja en términos cualitativos fue que para quedarnos con 14 historias pospuse otras tantas, que todavía no estaban maduras. Estos lujos solo los permiten los libros, cuando el autor es consciente de que su destino es que van a perdurar en el tiempo, y raramente una crónica que escribís de un día para otro.
El gran desafío: un caso de poltergeist en Río Tercero
—¿Alguna de estas historias tuvo algún desafío por sobre las demás?
—Sí, quizá el mayor desafío se presentó en Río Tercero. Llegué en carnavales de 2018 para entrevistar a una familia que había vivido, según especialistas a quienes aprecio (como el psicólogo Juan Manuel Corbetta), uno de los más enigmáticos casos de poltergeist sucedidos en la Argentina. Después de analizar el material de archivo (videos, entrevistas, informes técnicos, etc.) me di cuenta que para sortear una negativa tenía que ir y presentarme espontáneamente. Que me conozcan y sepan por qué estaba ahí. Ya habían pasado tres lustros desde que los vidrios de aquella casa fueron destrozados a piedrazos. Sufrieron casi dos años ese cadalso sin determinar las causas. Si bien se observó con sospecha a uno de los cuatro hijos de la familia, a nadie se le ocurrió que, simplemente, arrojaba los cascotes con sus manos, sino que el fenómeno era provocado mediante psicoquinesis, una presunta facultad humana que permitiría influir sobre la materia sin usar la energía física. En mi opinión, no cabe descartar a priori la posibilidad de lo que parece imposible, menos cuando eso está pasando. Entiendo que una actitud presuntuosa puede desviarte de la posibilidad de aprender algo nuevo. Al menos yo, creo obtener un montón de conocimientos valiosos sin necesidad de establecer la real extrañeza de los eventos.
—¿Por qué este caso fue un desafío?
—Así como lo que vivió esta familia es infrecuente, las hipótesis fantásticas son improbables en extremo. Los relatos no prueban afirmaciones extraordinarias, configuran una realidad social. Aceptar que un caso de psicoquinesis es real significa renunciar a todo lo que sabemos sobre las leyes fundamentales de la física. Es más: hasta hoy, ninguna supuesta actividad poltergeist ha resistido el escrutinio científico. Abundan los fraudes, los fenómenos mal interpretados o exagerados o situaciones de estrés familiar. Si estos efectos son lo que parecen, o lo que dicen, implicarían una violación de las leyes de la termodinámica, la conservación de la energía y el aumento de la entropía. Cosas que se mueven solas o cambios térmicos abruptos requieren de una entrada de energía equivalente a la salida mecánica o térmica. ¿Hay excepciones sobrenaturales? No hay modo de saberlo, pero de algo estoy seguro: a mí me interesan más las personas que sufren estas experiencias que las experiencias en sí. Obtenemos relatos que varían con el tiempo y las influencias sociales. En aquel episodio quise saber más sobre la relación entre un padre y un hijo, entre una familia y unos fenómenos emocionalmente muy estresantes cuyas causas reales nadie determinó. No seré yo quien lo dictamine, como hizo cada presunto especialista que cruzó el umbral de aquella casa, menos cuando mi gran limitación fue que solo pude entrevistar al padre. El desafío con que me encontré fue buscar el hilo de la madeja con respeto, sin exponer a nadie brutalmente, salvo a los charlatanes, que aumentaron el estrés inflando el caso con hipótesis fantasiosas. Estamos hablando de una familia que había sufrido mucho, no solo por los eventos, sino por la exposición mediática.

Militante de Scully
—Como en Invasores, tu anterior libro, en tus crónicas “la verdad” de los hechos extraños no te importan tanto como los protagonistas de la historia. De hecho, y aprovechando la alusión del título a los Expedientes X, tu postura parece una síntesis ente la de Mulder y Scully, los personajes de la serie. ¿Esa decisión se da por una postura previa o porque importa menos la desmitificación que lo que las situaciones provocan en las personas?
—Mi postura previa era similar a la que hoy cumplen los verificadores de datos. En los años 90, milité a Scully antes de que la serie existiera. Mi actitud era la de un desencantado que había abandonado la ufología convencido de que, sin extraterrestres ni la posibilidad de hallar indicios de exotismo alguno en los cielos, esa disciplina no tenía futuro. Por decir algo a favor de quienes formamos parte del CAIRP (Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia), en aquella época nadie más se ocupaba de denunciar los fraudes o el charlatanismo. Sigo pensando que es una tarea necesaria, pero la actitud paternalista, displicente e incluso no científica que adoptaron muchos autodenominados escépticos frente a estos casos me decepcionaron más que los ufólogos.
—El libro se abre con un prólogo que es casi un ensayo sobre la crónica de hechos “sobrenaturales”. Además, hay un epílogo que ofrece ciertos consejos para cronistas en ciernes. ¿Por qué te interesaba sentar postura en ese aspecto?
—Es buena pregunta, pero pese a las apariencias no quise sentar postura. De hecho, entregué el libro con el prólogo escrito por el doctor Alejandro Frigerio, el antropólogo argentino que más me influyó, no solo en mi carrera sino en la orientación que le doy a estos temas. Fue la editorial que me pidió esa introducción. Entonces, imaginé a los lectores deseados y en por qué quería que me leyeran. Cada cual tiene su modo de defender el periodismo en estos tiempos horribles, cuando nuestro oficio es amenazado desde tantos frentes. En mi caso, aproveché esas primeras páginas para explicar por qué me gustaría llegar a jóvenes interesados en estos enigmas culturales, especialmente a periodistas que encuentran en estas historias su giro humano, mucho más revelador e inspirador que la creencia a ciegas o la refutación de lo que habitualmente llamamos pseudociencia, una categoría que casi he dejado de usar porque me interesa describir las personas, los eventos y los escenarios en toda su complejidad. Esa complejidad muestra que nadie es dueño de la experiencia. Todos lo somos los dueños, incluidos quienes nos ocupamos de contarlas. Nadie le puede poner la etiqueta definitiva.

Fabio Zerpa, ¿tiene razón?
—El libro concluye no con una crónica estricta, sino con un perfil, profundo y crítico, de un personaje que evidentemente te fascina: Fabio Zerpa. ¿Qué podés decirnos sobre él y qué significó en tu vida de dedicación a estas temáticas?
—En Argentina X le dediqué un largo capítulo a su vida en respuesta a una alta demanda por situar en algún casillero a una figura relevante en la historia de lo anómalo y otros fenómenos misteriosos. El papel de Zerpa es central en la historia social de estos temas. También lo fue el de Alejandro Vignati, otra gran personalidad, menos conocida porque a comienzos de los 70 emigró a España. Para mí, Zerpa representó un antagonista casi desde mis inicios. Desarrollé mi oficio periodístico a contrapelo de todo lo que vi hacer a Zerpa, quien, si bien como ufólogo era un mal periodista, su fuerte personalidad, su longevidad y su presencia constante en los medios permeó a tal punto el debate público que necesité afrontar su biografía, aunque sea breve y preliminar. Espero que mi abordaje ayude a demostrar que es poco fructífero definir a las personas con uno, dos, cinco rótulos. Somos una cruza de complejidades y ni siquiera seguimos siendo aquellos que alguna vez fuimos. Todos terminamos siendo no solo aquello para lo que nos preparamos, también somos responsables de construir nuestra identidad.

—A propósito de platívolos, ¿por qué hoy se ven menos que en los años 50 y 60?
—La respuesta fácil sería atribuir ese carácter huidizo de nuestros viejos ovnis a cierta alergia por las cámaras digitales, que deberían captar manifestaciones nítidas de lo asombroso y eso no sucede, o sucede sin mostrar evidencias aceptables. Yo no lo veo así, a mí me parece que los extraterrestres se ven menos, pero se sienten más. Desde finales del siglo XX entramos en una fase numinosa, en la que estas experiencias siguen presentándose de maneras sutiles, casi incorpóreas. Los encuentros cercanos de naves con tuercas y tornillos fueron reemplazados por apariciones espectrales percibidas en estados vibratorios o niveles de consciencia que solo pueden captar iniciados en prácticas contactistas o espirituales.
—La conexión con lo numinoso, con lo religioso, es evidente…
—Para mí está claro que el plativolismo fue desde el inicio una experiencia religiosa. Pero en los últimos años, el estatus religioso de la ufología creció hasta volverse indistinguible entre otros sistemas de creencias. Si la parapsicología es que es espiritismo tecnificado, la ufología escaló con la pátina de ciencia fabulosa que le imprimieron científicos como J. Allen Hynek, Jacques Vallée y que hoy encarna el astrofísico más extravagante de Harvard, Avi Loeb. Experiencias liminales como los casos de abducción, con tópicos de cautiverio y liberación, fueron validadas por psiquiatras como John Mack, cuyo diagnóstico redimía lo “imposible”. Así, los abducidos no tienen conflictos familiares sin resolver ni son personas embebidas en la cultura ovni, son seres transformados que traen un mensaje para la humanidad. Estudiar esos procesos entre los terrícolas me parece más fascinante que buscar evidencias de extraterrestres en la Tierra.
Fuente: Los Andes
Por Fernando G. Toledo