“Cruces”, la novela de la escritora y periodista Violeta Gorodischer.

Laura es médica del área de cuidados paliativos, y llega a su trabajo una hora antes de la reunión entre residentes y médicos de planta. Había dormido poco, con un sueño perturbador, el final del verano venía siendo denso. “Los padres siempre estaban ahí”, pensaba Laura, revoloteando en los rincones del ámbito médico: habitaban ese no lugar permanente dispuestos a interceptarla donde fuera. El agotamiento y el cansancio no eran sólo patrimonio de familiares: también la envolvía a ella, como a sus compañeros, profesionales de la salud siempre en estado de vigilia y alerta, con sueldos bajos y malas condiciones de trabajo, vidas consumidas por el estrés crónico.

Los rumores, dentro del hospital, corrían rápido. Laura, que hace tiempo está desconectada eróticamente de su marido, siente atracción por una compañera de nombre Berenice, con la cual, imprevistamente, tiene sexo entre paredes húmedas y lamparitas de bajo consumo. “Sabía que no iban a volver a encontrarse. No al menos de esa forma”, escribe la escritora y periodista Violeta Gorodischer en Cruces, con prosa contenida, precisa en la forma de dosificar los inevitables desbordes en una novela de ambiente hospitalario. Cruces transcurre entre guardias médicas, vaho de desinfectante y alcohol, crisis íntimas y las formas de atravesar el sufrimiento, ese dolor que sobreviene inevitable y que, concentrado en un niño de nombre Juanchi, se vive en la agonía de la muerte temprana: “y a ella ahora los pacientes se le iban así, fragmentados en etapas chiquitas, silenciosas”.

No hay forma de separar la vida propia de la profesional. No, al menos, para Laura, que es incapaz de sustraerse de los pacientes en su cuerpo. Juanchi se le impone en sueños, pensamientos, sensaciones. Gorodischer ausculta la relación con la muerte desde su infancia. Hay escenas de cementerios, de una crianza en Brasil, una memoria de ecos, “figuras borrosas bajo el agua turbia”. Su madre, Silvia, alquilaba cabañas para turistas a varios kilómetros del pueblo. Retazos de un judaísmo que había ido perdiendo, la importancia del tío Daniel y el contagio de una cierta noción de autonomía y, al mismo tiempo, de fuga. “Cuando estaba con él olvidaba la incomodidad que regía su vida, como si no perteneciera a ningún lado”, dice la narradora en aquellos momentos donde la curiosidad era más fuerte que el miedo, donde en la tele desfilan películas como La historia sin fin y antes que las peleas entre su tío y su mamá se hicieran cada vez más frecuentes.

“No te olvides de los cruces, le dijo su tío. Y eso, Laura, no se lo olvidó más”, escribe Gorodischer, que vuelve en el relato a la Laura adulta, día a día más ausente en su vida de pareja, con el cual pesa como una viga de acero la pérdida de un bebé. “A diferencia del aborto que se había hecho durante el primer año de su carrera, el deseo de convertirse en madre había dominado este embarazo, lleno de planes a futuro”, se lee, y para Laura los sueños con su bebé son recurrentes: empieza a sentir que la celebración del amor había quedado trunca con la pérdida del embarazo. Recupera los encuentros con su hermano en el duelo, ahí donde la única cercanía posible era la de un momento compartido, pero sin hablar. Se distiende bailando y cantando canciones como una de Marvin Gaye, Sexual healing, baby, is good for me.

En el trabajo vive una responsabilidad tan emocional como pesada. Había sido una política reciente, aprobada por las autoridades del hospital: los primeros meses posteriores a la muerte de los pacientes, algunos médicos que los habían tratado se juntaban con los padres para recordarlos. Se sentaban en ronda y mientras hacían circular café o mate, hablaban sobre sus hijos. Podían contar anécdotas, recordar cómo eran, celebrar cumpleaños o responder las preguntas que, en su momento, por pánico o por tristeza, no habían sido hechas. Laura ya estaba entrenada: a todo respondía con voz cálida, mirando a los ojos, con una sonrisa cuando el caso lo ameritaba.

“En la etapa final los pacientes no sienten dolor, para eso están los cuidados paliativos. Les suministramos la medicación necesaria para que estén tranquilos y atraviesen lo mejor posible el pasaje”, explica Laura, quien en una reunión agarra una caja con dibujos hechos por los chicos en los meses de internación. “¿Quieren verlos?, pregunta y los hace circular. Los padres los fueron pasando, pero apenas los miraban. Laura se esfuerza para recordar los momentos, los detalles, las frases que sus hijos le habían dicho nada más que a ella. Pero los padres dolientes necesitaban algo más y la reparación parece imposible.

El alivio para Laura llega con el mate que comparte en el pase con sus colegas, mientras hacían un repaso de los pacientes del día, las risas que surgen de las bromas puertas adentro para soportar el dolor. Laura, sin embargo, bulle en su interior y no cuenta a nadie el aburrimiento que le provocaba la rutina con su novio, ni su aventura con Berenice, no había querido decirles a sus amigas que ya no aguantaba a Mario pero que tampoco se creía capaz de vivir lejos suyo. “A veces, Laura se preguntaba qué sería de ella sin su novio. Sin embargo, ahora mismo, mientras abría la puerta de su casa al volver del hospital, sentía cómo se activaba el ancla interna que la arrastraba hacia abajo”, se lee en el preludio de una nueva crisis.

Mario la abandona pese a sus súplicas. Laura se va a vivir con su madre, se sumerge en pastillas y silencio. Decide ir a la casa familiar en Brasil y toma una licencia laboral. Se encuentra con una Okupa, entre lo real y lo fantástico persigue las huellas de su tío Daniel, mientras aparecen cementerios, santuarios y animales con una Laura dispuesta a hablar con nuevas personas, bajo un apetito de saberlo todo.

Entre lo íntimo y lo expansivo se producen estos cruces sin fin entre cuidar a otros y a sí misma, una tensión que alrededor de Laura se vive entre el nacer y el morir, la enfermedad y los sueños, la medicina y los rituales, los duelos y el deseo de algo que todavía no termina de revelarse.

Fuente: Página 12
Por Juan Manuel Mannarino

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