La persistencia electoral del gobierno nacional sigue generando sorpresa en algunos sectores sociales. Sin embargo, esa “derechización” no es una novedad de los últimos años, ya que hunde sus raíces hasta fines del siglo XIX, cuando una élite política soñó su futuro con apoyo de masas. Historia de las derechas en Argentina (Fondo de Cultura Económica), del historiador Ernesto Bohoslavsky y el politólogo Sergio Morresi, reconstruye y analiza los intentos de creación de partidos de derecha populares y sus proyectos de país, pero también las estrategias de injerencia de esos sectores cuando las urnas les eran esquivas. “Desde que se puede hablar de derechas políticas existieron derechas populares, en más de un sentido: tenían muchos votos, y también tenían redes en los sectores populares”, adelantan a Página/12 los autores. “Entre el triunfo de Macri y el de Milei, la derechización de una parte del electorado, de sus costumbres, es una invitación para revisar cuáles son las patas históricas de estos fenómenos, cuánto de esto se puede encontrar efectivamente en el pasado, en qué medida es novedoso”, desafían.
En el libro describen “dos familias” de derecha, con sus principios y diferencias, a pesar de lo que aprendieron a convivir mejor, sostienen, en los últimos años. “Los liberales-conservadores aceptan, en líneas generales, el principio democrático pero tienen algunas divergencias respecto de la democracia realmente existente”, explica Bohoslavsky. “Se sienten más a gusto con el libre mercado, y sus voceros tienen más conexiones con el empresariado de exportaciones primarias. Es más cosmopolita, y son católicos pero no forma parte central de su identidad”, dice, y compara: “La tradición nacionalista-reaccionaria, en buena medida, nace como respuesta. Es antiliberal, y anticomunista, tiene el catolicismo en el centro de sus preocupaciones, y está más identificada con España que con el cosmopolitismo. Es una tradición con lecturas del catolicismo sobre la regulación necesaria del capitalismo, sea en la versión de la doctrina social de la Iglesia o la corporativista fascismo friendly, si se quiere”, detalla.
– Plantean que las derechas tuvieron dificultades para consolidar partidos políticos con sus ideas y que a la vez fueran exitosos electoralmente, hasta hace algunos años. ¿Cómo ven ese proceso hoy, con La Libertad Avanza en el gobierno?
Ernesto Bohoslavsky: -La Libertad Avanza es un partido que se está construyendo desde el Estado, así como lo fue el kirchnerismo. Nace desde un uso electoral, no es un partido que está a la intemperie un rato y después consigue un triunfo, como el PT brasileño. Lo que muestran los resultados electorales es que se come al electorado macrista y buena parte de sus dirigentes. Lo que no sé es cuánto invertirán los hermanos Milei en la construcción institucional del espacio. Macri no lo hizo, y el PRO era más partido que LLA. Pero en términos institucionales es mucho más lábil, es el personalismo con un sello y un reconocimiento legal. No sé efectivamente si admite, o si les interesa, una construcción partidaria, porque no sé hasta qué punto hoy es necesario un partido.
Sergio Morresi: –Estamos en un momento de disolución de partidos. Les puede servir como parte de un proceso de solidificación de una identidad, pero al mismo tiempo no creo que estén apostando a formar una institución en el viejo sentido, con vida partidaria, debates internos… Más bien están construyendo una herramienta para ese liderazgo personal con los recursos estatales. Con una salvedad: no se produce sobre la nada, sino sobre un activismo que venía incluso de antes de que Milei dijera que iba a hacer política, reclamando ese tipo de orientación.
E.B.: –No tanto “es lo que voté” sino más “es lo que quería votar”, y no tenía la posibilidad.
Los autores, también investigadores del Conicet, observan el crecimiento y la raigambre de los partidos de derecha en todo el país, con una mirada federal. Desde ese descentramiento de la mirada, que va de los partidos nacionales hasta los armados provinciales y hasta municipales, más ligados al territorio y las costumbres, encuentran cuestiones recurrentes que nunca desaparecen del todo, aunque por períodos tengan menos visibilidad. Para Bohoslavsky, “hay una ensoñación que se repite, la idea de que es posible un capitalismo sin corporaciones sindicales poderosas. Y también implica cierta imaginación sobre qué es deseable en términos de orden social, y proponen una sociedad de individuos. Eso admite distintos programas económicos, que en el fondo son tributarios de cómo producir una sociedad crecientemente individualizada e individualizante. Ese diría que es el sueño, más que la idea de restaurar una Argentina perdida”, reflexiona.
A su turno, Morresi plantea una idea paralela: “Creo que no todas las derechas son individualizantes, porque hay conservadurismos como formas del nacionalismo. Pero sí tiene que ver con restaurar un orden jerárquico que se cree que es virtuoso. No todos tienen el mismo, pero coinciden en que hay un arriba y un abajo. Un orden que debería ser reimplantado y que, por diferentes razones, en Argentina está pervertido, sacudido, o es demasiado inestable.” “Ese orden podrá ser más meritocrático, economicista, moralista, pero para el frente de derechas tiene que ser reinstaurado como condición necesaria para que Argentina crezca, se integre al mundo, y sea potencia. Yo pondría ahí el acento más que en el individualismo, que es cierto que está muy presente, pero me parece que más en unas derechas que en otras”, debate.
– En el libro proponen que el gran logro de la última dictadura cívico-militar fue la consolidación de un “cambio de mentalidad”, sobre todo respecto de la inflación. ¿Eso es determinante hoy, a casi 50 años del golpe?
S.M.: –La idea de cambiar la mentalidad argentina precede a la dictadura. Está por lo menos desde el peronismo y su caída, una idea de una refundación cultural del país. Tiene que ver con repensar al país mirando para adelante (como el desarrollismo, que tiene una idea muy modernista), para que algunos factores no fueran trabas, desde los sindicatos hasta una sociedad igualitarista, levantisca, protestona. Eso tiene que ver con el antiperonismo pero no se resume ahí, lo preexiste, subsiste y se transforma. En ese cambio de mentalidad, la dictadura es un punto de clivaje en más de un sentido. Lo asociamos, también, a la persistencia de la inflación. Muchas veces se pone como punto de inflexión el Rodrigazo. Se puede elegir otro evento concreto, pero claramente en la dictadura hay una toma de conciencia. Tenemos que disciplinar no solamente esa parte de la sociedad a la que las derechas tradicionalmente disciplinan, sino también a nuestros amigos. Los empresarios también tienen que acostumbrarse a ese cambio de mentalidad. En ese sentido, resaltamos mucho la dictadura porque no era solo sacarse al peronismo, o tal sindicato, sino repensar la sociedad incluyendo a su parte.
E.B.: –Este cambio de mentalidad lo acoplaría a cambios sociales. Este cambio de mentalidad que se viene sugiriendo desde los 50 al menos, se torna efectivamente posible, deseable, o incluso el único camino, en la medida en la que se van ensayando opciones alternativas y se agotan. El gobierno de Alfonsín termina en una hiperinflación; la experiencia menemista, en el 2001 con desastre; las experiencias kirchneristas terminan agotadas y sin capacidad para resolver algunos problemas básicos; el macrismo lo intentó y fracasó. Entonces, lo que hay también es la percepción de que se han ensayado otros caminos alternativos y este no está del todo probado con la radicalidad que sería deseable.
-Más allá de las diferencias entre las dos familias de derechas, y hasta en los motivos, ambas encuentran al Estado como su enemigo. ¿Qué rasgos tiene ese Estado?
S. M.: -Cuando uno piensa cómo distinguir quién está a la derecha y quién a la izquierda, si se remonta suficientemente para atrás, la izquierda está en contra del Estado. De hecho, la pelea sobre el uso de la palabra libertario tiene que ver con no pensar al Estado como la institución necesaria para lograr mayor igualdad. Para eso están los sindicatos, las cooperativas, formas de asociación civil que para la tradición de izquierda eran muy importantes. Es cierto que desde la posguerra para acá, sobre todo en Argentina, no se puede pensar eso sin Estado. En ese sentido, no termina de quedar claro si estas derechas son antiestado o antiizquierdas. Segundo, es cierto que ese ataque encuentra buena recepción en base a las malas experiencias de una parte importante de la sociedad con el Estado. En educación, en salud, en transporte, en seguridad, que se venían acumulando desde antes y en la pandemia explotó. Un Estado que cuanto más dice que está presente más hace agua, porque más se ve la diferencia entre el discurso y la vida concreta. En ese punto, decir que el problema está en el Estado tiene de donde agarrarse: muchas desigualdades son percibidas como responsabilidad del Estado.
Del neonazi al ultraliberal
Una polémica que se desarrolla en estos años es sobre la supuesta derechización de la sociedad, si es que efectivamente una mayoría social adoptó esas posiciones y eso generó la oferta política o si lo que hay es un enojo coyuntural que se manifiesta electoralmente. Lo que encuentran Bohoslavsky y Morresi en su trabajo es que fue creciendo una demanda de representación en opciones más a la derecha de lo que se venía ofreciendo, como el PRO y Cambiemos. “Empezó antes de que Milei fuera candidato a nada”, recuerda Morresi. “Siempre cuento la anécdota de una protesta contra el kirchnerismo en la que estaba el notero de C5N, un poco riéndose, porque había un facho facho, incluso con camisa negra, discutiendo con un liberal. El facho hablaba del Nuevo Orden Mundial y de Soros, y el otro le respondía con Milton Friedman… El notero les pasaba el micrófono para mostrar que eran pocos y se peleaban, sin notar que estaban juntos en la marcha, y se oponían a lo mismo”, señala.
Bohoslavsky afirma que en los últimos años muchas personas ingresaron a ese universo de derechas “por distintos motivos. Desde aquel que en pandemia no podía abrir su negocio, o el gamer que pagaba muchos impuestos, o el que quería comprar dólares y no podía, o aquel que quería importar y se encontraba con trabas, etcétera”, detalla, pero a partir de la pandemia, “esa gente puede conversar, se prestan libros, se leen, y van construyendo una biblioteca compartida, pero no hay una sanción ideológica fuerte como había antes. Eso es novedoso. Gente que no se podía sentar a la misma mesa, como un neonazi con un ultraliberal, hoy están juntos”, concluye.
Fuente: Página 12
Por Sebastián Ackerman