Ya sabemos, hace mucho tiempo y gracias a un hombre mejor que la mayoría de nosotros, una especie de atleta de la narración y del espíritu, que todas las familias felices son iguales, y todas las infelices lo son a su manera. Me encantaría, de todos modos, preguntarle al padre Lev (si alguien se distrajo, hablo de Tolstói) dónde encontró esas famosas familias felices. Recuerdo que, en mi ya largo recorrido en esta tierra, en algún momento me crucé con una: era la familia de una expareja, los padres estaban separados y los hijos habían sido protegidos de toda hostilidad, sin que eso les restara capacidad de sobrevivir. El paterfamilias, que fue mi suegro durante un tiempo, me adoptó y me regaló la única caja de herramientas que tuve en mi vida, vaya metáfora. Pero así y todo tenían sus cosas, y siempre que pienso en la idea de familia pienso lo mismo: un núcleo apiñado en torno a un sufrimiento común, sosteniéndose mutuamente. Además, me crié y viví mucho tiempo en una casa inmensa, que tenía dos plantas y catorce ambientes, y que fue demoliéndose a sí misma, con la ayuda de los ferrocarriles del Belgrano que pasaban por los fondos y de la incapacidad de la familia para ganar la plata que hacía falta para mantenerse en pie. A esa casa le habían cedido los cimientos, y estaba tan torcida que con mis hermanos le decíamos la casa de Casper. Jugábamos a dejar bolitas de vidrio y bolones de acero en los pasillos de la planta alta para verlos correr por la superficie torcida de los pisos; una de las paredes de la planta baja se había desplazado y se sobrecalentaba por la electricidad, y los techos de un par de habitaciones estaban separados de las paredes por grietas a través de las cuales podía verse la luz: daba la sensación de que un gigante podía sacarles la «tapa» a esos cuartos de estar. En la terraza se acumulaba agua que caía en las habitaciones de la planta alta, y mi hermano tuvo que inventar un sistema de salvataje con mangueras para que los techos no se desplomaran con el peso del agua (para quien quiera hacerse una idea sobre esa casa, acá dejo un viejo cuento de un servidor, si me perdonan la autopromoción).
Nada me hizo acordar tanto a esa vida pasada (hoy la casa tiene un presente distinto) como La tercera aberración, la asfixiante novela que acaba de publicar Flor Canosa. Imagino que discutiremos con ella su genealogía literaria, su inspiración y la génesis de la historia en la próxima reunión de Lecturas de Fondo: EL CLUB (pueden inscribirse acá), y escribo con el miedo al espóiler, pero baste decir sobre el argumento que su casa es un hotel, un hotelito de Monserrat en la Ciudad de Buenos Aires, una vieja casa reciclada, quizás parecida a la de mi infancia, y que la familia que lo administra tiene un estigma: sus integrantes parecen miembros de unas de esas brigadas marginales de héroes de Marvel, con poderes inútiles o dolorosos, y recuerdan un poco a una novela de Theodore Sturgeon que ya comentamos en este espacio, Más que humano. La razón del largo rodeo antes de hablar del libro de Flor es que cualquier información puede rozar esa peligrosa zona de indiscreción con potencial de arruinar la lectura. Comparto con algunos críticos y escritores (de cine o libros) la idea de que los libros no pueden estropearse por un detalle informativo, pero ¿se sostiene eso cuando hablamos de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, o de Sexto sentido, de M. Night Shyamalan?
Baste con decir entonces que Nuria y Víctor, una pareja ya grande, administra el hotel, y ha dado al mundo personas especiales: sus hijas Diana y Minerva están marcadas por poderes que hacen equilibro entre la patología y la magia, su hijo Apolo parece atravesado por la energía del hotel y su hija Afrodita, bueno… es mejor que descubran ustedes su destino. Todos viven en el hotel tratando de sostener un secreto que sería escandaloso de salir a la luz, un secreto que involucra la arquitectura del lugar y que, si la referencia todavía es comprensible, tiene algún parentesco con La casa de hojas, de Mark Danielewski, aquel best seller de nicho tan celebrado en el momento de su aparición (yo tenía dos ejemplares y la crisis actual me obligó a meterlos en cajitas y enviarlos a felices compradores: mi propia versión del terror).
He recibido alguna vez, por el correo, alguna queja sobre la recurrencia de la ficción argentina a los años de dictadura. La queja era un poco perezosa: «Uy, basta con eso de la dictadura, estoy hartx de los libros sobre la dictadura, ¿no tienen otro tema?». Este mensaje fue con respecto al comentario de la excelente novela de Juan Octavio Prenz El señor Kreck. Recuerdo un episodio de Seinfeld en el que el neurótico George Constanza, al borde de un casamiento que no desea, descubre que su futura mujer quiere cambiar de tema cuando ya no le interesa el que se está desarrollando. Constanza se ofende: «Pensé ―dice― que el tema iba a cambiar en base a la naturaleza de la conversación».
Al principio de La tercera aberración llega Sergio, que es gay, al hotel. Es el año 1978 y alrededor la gente desaparece como en un truco de terror. Flor Canosa nació ese mismo año y yo, uno antes. Es probable que tengamos interés en seguir discutiendo esa época, y que el terror o el new weird (si no conocen el término, acá dejo una definición de nuestra autora) sean las herramientas más interesantes que la ficción se ha dado para pensar el período, como sucede con la última novela de Luciano Lamberti, ganadora del Premio Clarín, Para atrapar a un cazador. En La tercera aberración, además de la intriga que creo haber dejado intacta, Flor deja flotando la pregunta acerca de qué es más espantoso: los hoteles embrujados o los señores con Falcon y «herramientas» que los transformaron, con los años, en mano de obra desocupada, y también reciclada al infinito.
La idea es seguir explorando con ella y con ustedes cómo lo oscuro, lo inquietante o lo perturbador puede convertirse en materia de ficción. Nos vemos entonces el 19 de noviembre a las 19 h en el tercer encuentro de Lecturas de Fondo: EL CLUB, al que hemos llamado «El hogar de lo siniestro».
Hasta entonces,
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.
