Hay un evento en mi vida que no puedo dejar de conectar con Argentina X. Habitualmente suelo reseñar el libro en estos envíos, pero esta vez quiero fingir que soy el autor, cuyo mundo está lleno de fantasmas, aparecidos, duendes verdes, ovnis y profetas que aparecieron verdaderamente en Argentina. Yo voy a hablar de un fantasma que solo está perdido en las páginas de algunos de los libros que escribí, para mostrar con un ejemplo este perturbador mundo de Alejandro Agostinelli.
En enero de 2007 decidí mudarme a un departamento en la calle Allende, en barrio Cofico, Córdoba. Yo venía de dos momentos espantosos en mi vida. El primero, la internación en el Hospital Córdoba después de que, durante un chequeo traumatológico y tras consultar por una serie de síntomas que me tenían preocupadísimo (había adelgazado más de diez kilos en dos meses, mi cuerpo parecía una selva de hongos de todo tipo y dormía más de doce horas todos los días, lo que no atenuaba mi sensación de fatiga constante), me diagnosticaran diabetes tipo 1. La había pasado mal sin diagnóstico, y peor en esos días en el hospital, acompañado de un hombre aquejado de delirium tremens que cursaba una cirrosis al lado mío. Desconocedor de los efectos de la insulina inyectada, de vez en cuando despertaba en medio de una hipoglucemia que me sacudía la mandíbula como si fuera una calavera de carnaval; a veces, en la madrugada, mi vecino delirante, atado a su cama, me tironeaba la sábana porque sentía frío.
Mi mejor amiga, a quien voy a llamar Ana, fue a visitarme al hospital por esos días, y mientras evaluaba mi estado de enfermo automático (ella atribuía mi transformación a la eficacia de la medicina) me contó las vicisitudes por las que estaba atravesando. Siempre había cargado con problemas, y ahora era probable que perdiera su trabajo en una escuela a causa, fundamentalmente, de la moralina que campea en las instituciones educativas, pero también de sus malas decisiones. Ana era una mujer muy llamativa (tenía una melena indomable, un cuerpo duro y hermoso que manejaba como un animal salvaje), fumaba marihuana y lo disimulaba con un perfume que era más bien una confesión. Era terriblemente agresiva y era incapaz de seguir una indicación sin cuestionarla. Sabía de literatura lo que no sabía nadie en la carrera que habíamos cursado juntos, pero mientras yo me había recibido (y había accedido a un puesto relativamente estable, aunque no había sido capaz de activar mi obra social), ella no podía terminar de rendir las materias que le faltaban. Ese día de la visita fingió que nada de eso la preocupaba realmente, porque su vida sexual brillaba y a ella en el fondo, me dijo, no le importaba otra cosa, y se despidió de mí con un deseo escandaloso y un gran abrazo.
Cuando por fin salí del hospital, otra amiga, Lucía, me escribió transmitiéndome su pesar por lo que había pasado con Ana. Si bien Ana era una gran amiga, me pareció raro que alguien me compadeciera solo porque ella por fin hubiera perdido su trabajo. Pero cuando Lucía se dio cuenta de que yo no sabía de qué me hablaba, me contó, por chat, que Ana se había suicidado.
Yo estaba viviendo muy mal, en un regreso a la casa de mi familia y en un estado de desbalance afectivo absoluto. Ahora era un enfermo crónico y el destino de Ana me pareció tan doloroso que junté las fuerzas que no tenía y me mudé para alejarme de mi problemática familia y, en general, de la gente. En un edificio muy lindo alquilé un departamento bastante feo con baño en suite y una ventana que daba al corazón de manzana. Estaba tan apurado que metí ahí todas mis cosas sin tener conectados el gas ni la luz. Estaba haciendo eso de lo que Ana y yo siempre nos habíamos burlado: normalizarme, cumplir con lo que el mundo parecía requerir de mí. Terminar una carrera. Conservar un trabajo. Optar por la salud mental. Me sentía un espantoso filisteo. Esa noche, quién sabe por qué, me dormí leyendo Romeo y Julieta a la luz de una vela. Un par de horas más tarde me despertó el fuego, que había ganado almohada, sábanas y el colchón del somier. Como pude abrí la ducha y tiré todo bajo el agua, y cuando se apagó el fuego cerré la llave y me tiré exhausto en el piso de la habitación. Una columna de humo empezó a llenar todo y abrí las ventanas para que saliera hacia el barrio. Descubrí entonces que, a la luz de la luna, unos signos extraños fosforecían en el techo, y el aroma del perfume Ana se apoderó de todo el departamento hasta llenarme de terror.

Agostinelli también cuenta una historia parecida, en el final del libro. Sufrió un incendio en su casa, y en un momento, mientras lidiaba con las llamas, al levantar la vista, vio un monstruo lovecraftiano reptando en el techo de su casa. Su monstruo tiene una explicación tan sencilla como el perfume de Ana flotando esa noche en mi viejo departamento de Cofico. Sucede con casi todas sus historias: detrás de ellas está siempre latente la posibilidad de que puedan revertirse en fraude. Pero a veces la explicación racionalista no alcanza, y queda una sensación de reencantamiento, de insatisfacción esperanzada, que quizás podamos imputar a eso que Borges llamaba «desesperaciones aparentes o consuelos secretos». ¿Habrá llorado el busto de San Expedito? ¿Estarían poseídas las chicas de Salavina? ¿Hay un margen para no resolver todo con un expediente necio a la histeria colectiva? En ese margen se mueve, con una astucia entrenada por el oficio, la prosa llena de filo de Alejandro Agostinelli.
Pero además, el libro es un muestrario de personalidades extravagantes tratadas con una altura periodística notable. Elogiar la técnica en la confección del relato biográfico puede parecer aburrido, pero Agostinelli es realmente un maestro en los saltos temporales y en la elección de datos clave, algo que realiza mientras cuenta la vida, por ejemplo, del profeta Kropp, un falso médico que quería cavar una pirámide gigantesca en los cimientos de San Marcos Sierra y que, después de pasar por la cárcel, terminó vendiendo sándwiches veganos y de mortadela en la ruta; o la mitológica vida de Fabio Zerpa; o la del increíble jefe de redacción de la revista 2001, Alejandro Vignati, un trotamundos de lo oculto cuyos libros quizás merezcan una reedición; o la de J. Posadas, «apodo de Homero Rómulo Cristalli Frasnelli», fundador del trotskismo intergaláctico.
Y a pesar de que siempre hay un gran respeto en su abordaje, hay un sutil borde humorístico que es una droga constante en Argentina X. Dejo algunas perlas: «Hasta ese día, nunca había sido entrevistado, al menos no en esta encarnación»; «En los 70 metros que separaban una casa de la otra dio su parte de obsesiones, casi todas centradas en su rivalidad con los paraguayos, que sabía a destilado xenofóbico»; «Un año antes, Steven Spielberg había presentado ET y en julio había llegado la película Los extraterrestres, protagonizada por Alberto Olmedo, Jorge Porcel y Monguito, acaso el alienígena más feo de la historia del cine»; los peronistas que enfrentan al trotskismo intergaláctico de J. Posadas cantan: «No son bengalas /ni luces de colores/ son posadistas/ en platos voladores».
Podrán descubrir más prodigios, periodísticos y sobrenaturales, leyendo Argentina X. Por mi parte, esperaré encontrarme con Agostinelli en el primer encuentro de Lecturas de Fondo: El Club, el 24 de septiembre a las 19 h (¡espero encontrarlos/as allí!) para ponerlo a prueba y ver si con todos los elementos expuestos, su olfato le permite saber por qué flotaba el perfume de Ana en mi viejo departamento.
Nos vemos en la próxima,
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.
