Por primera vez en su vida, mi hermano Carlos fue conmigo a una marcha del 24 de marzo. No es una persona indiferente, ni mucho menos un negacionista, un votante de derecha o cualquier idiota al que se le pueda ocurrir que la marcha tiene otro sentido que el de insistir en el recuerdo de una catástrofe, el de reclamar una justicia que no fue suficiente, el de celebrar la justicia que sí se hizo, el de recordar a los militantes, los gremialistas, los obreros, los estudiantes, los argentinos asesinados o desaparecidos durante un período tan siniestro que, para quien no tuvo una experiencia cercana, es inimaginable.
Hace veinticuatro años que soy profesor de secundaria; podríamos decir que soy un veterano, y cada año me enfrento ahí a gente que, sin haber tocado un libro, administra «tecniquerías» para no asumir el significado de la fecha. Tengo algún compañero de trabajo que me ha recordado las balas de organizaciones guerrilleras en la pared de su casa, tengo colegas que se han preguntado si el acto era necesario, pero fundamentalmente tengo alumnos, muy jóvenes, que debido a la desinformación en la que viven abren grandes los ojos cuando les cuento que a pocas cuadras del colegio hubo un centro clandestino de detención donde se torturó e hizo desaparecer a personas que podían ser sus tíos, sus primos, sus hermanos, sus padres, en el marco de un plan para empobrecer al pueblo argentino y educarlo en la sumisión y la resignación. Y cada año que hago el ejercicio lo siento más necesario, más obligatorio, más importante (aunque me vence el pesimismo) para que esos alumnos míos puedan imaginar un futuro.
Siempre me conmueve hablarles del 24 de marzo. Pero nada me resultó más conmovedor que llegar por primera vez con mi hermano, que nació en 1979, caminando desde mi casa a las calles donde ya sonaban los bombos, los redoblantes y las trompetas. Como todos los argentinos después de la dictadura, hemos tenido una vida cuya dureza no es ajena a los efectos de ese régimen. Él decidió ir a la marcha por primera vez después de ver el video que difundió el Gobierno como un acto de Estado.
Alguna vez recibí como respuesta a este boletín mensajes de queja sobre la insistencia de las novelas argentinas en el tema. Si todo lo que escribí más arriba no justifica la necesidad de novelas sobre la dictadura, hay que decir que el arte de Raquel Robles quizás vaya en contra de lo que los detractores de las ficciones memoriosas imaginan como un efecto deseado inmediato: recordarnos a todos que la lucha por la memoria no es un proceso terminado, ni siquiera terminable (no hay que ignorar que el pasado martes marchamos cerca de un millón de personas). Robles escribe literatura en La organización vence al tiempo, una novela «hecha de cuentos», como dice Rodolfo Walsh en uno de los epígrafes. El recuerdo de los militantes presos durante el régimen está refractado no tanto en historias individuales como en decisiones sobre el punto de vista, y en todas hay algo extraordinario. Habría que medir qué cantidad de palabras le lleva al lector darse cuenta de quién es el destinatario del monólogo del primer preso. Pero en ese primer monólogo aparece una función del arte cuya necesidad es subrayada hasta la flagrancia por el contexto: salvarnos de la locura. Ese preso está en la soledad total de un «pozo»: hablando con su inusual amiga, la voz va analizando el argumento de Al este del Edén, de John Steinbeck, y llega a esa popular idea de libertad: podemos elegir siempre, no estamos condenados a nada, nuestro destino no está escrito, ni siquiera encerrados en la cáscara de una nuez.
Quiero decir que Robles no se ampara en el tema para eximirse de escribir, sino que no le importa relativizar, postergar el efecto inmediato para elegir conmover con la forma de su literatura. En cada uno de los relatos, las decisiones de la forma dominan, siempre pensando «forma» como un resultado orgánico y complejo: cuando se narra la historia de un adolescente torturado, no hay primera persona; en ese mismo relato, Robles compone un tándem entre ese niño debilitado por la paliza y un gigante templado en el ejército, una pareja que me hizo recordar un poco a aquel cuento de Piglia, «El laucha Benítez cantaba boleros»; para mostrar el fondo de discusiones sobre el que se daba la experiencia de estos hombres (Raquel decidió no escribir sobre mujeres), elige el momento de una clase sobre la plusvalía que da el Pájaro utilizando un paño como pizarrón y un jabón de lavar como tiza. Esos pequeños detalles materiales de la prisión le dan al libro la dimensión del despojo en el que viven sus personajes, una dimensión que completan por el lado del afecto las ausencias físicas de novias, hermanos, padres y, sobre todo, madres, «capaces de cualquier cosa para evitarles un dolor a los hijos».
Había dicho que el arte es el dique de contención de la locura, y ahí están los textos en donde Robles enciende la máquina de una vieja técnica, la écfrasis. En tres relatos, la descripción de elementos de las artes visuales se vuelve central: en el de Daniel, devenido experto en el tallado de huesos (el centro de ese relato gay es, de todos modos, la ternura que le brinda un gato); en el monólogo del Negro, que alucina en la oscuridad un cuadro sobre un nadador sin fondo político aparente, aunque imagina defendiendo así su arte:
«el nadador somos todos los que tenemos que aguantar la vida de mierda. Y que los que están en el borde de la pileta, también somos todos. Los que nos alentamos a seguir, a no aflojar, porque si seguimos dándole brazadas al agua, en algún momento vamos a llegar al borde, vamos a sentir el silbato, vamos a ganar, vamos a dar la vuelta. Porque nuestra carrera no es por llegar más rápido, es una carrera de resistencia, de aguante».
Finalmente, Robles se entrega a un ejercicio de écfrasis cinematográfica en el hermoso relato dolorido que el Ruso le hace de Dersu Uzala, la película de Akira Kurosawa que tuvo la suerte de ver en una breve salida de la tumba, a todo el pabellón de humillados, ofendidos y torturados.
También fue mi hermano el primero que me habló de Dersu Uzala. No quiero perder el foco del libro de Raquel Robles comentando su extraña cinefilia, pero siempre fue un fanático de la película de Kurosawa y me la ha contado decenas de veces, aunque yo nunca la vi. Me sorprendí entonces encontrándola acá, en el nuevo libro de Raquel. Quizás sea verdad que la organización vence al tiempo, pero a veces también la ayuda la casualidad.
En el primer encuentro de la nueva temporada de Lecturas de Fondo: EL CLUB, vamos a conversar con Raquel Robles sobre este libro y sobre los desafíos de narrar aquello que parece no poder decirse: la experiencia del encierro, la memoria y las formas en que la literatura puede convertirse en un acto de resistencia. Nos vemos el 15 de abril a las 19 h para seguir pensando juntos cómo narrar lo inenarrable.
Hasta entonces,
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.

