El mundo se desmorona, y nuestros hijos ¿qué?.La forma del derrumbe, de Laura Cukierman

Durante muchos años, como una forma de resistencia al lugar en el que sucede el trabajo que más define mis días, o al menos el que más me obliga a la interacción con los demás, soltaba en la sala de profesores, de vez en cuando, una frase escandalizadora sobre la crianza. No era siempre la misma, pero tenía siempre el mismo sentido: si seguíamos con la costumbre de tener hijos, esos hijos debería criarlos el Estado. No era un simple intento de épater le bourgeois, era algo en lo que creía seriamente. Me parecía que había algo excesivo en las obligaciones de la crianza. ¿Cómo, a título personal, íbamos a funcionar como garantía de que ese proceso estaba entregando al mundo a un ser equilibrado? ¿Desde dónde? ¿No había una arrogancia inmoderada en la paternidad? Era mucho mejor que el Estado, sin rostro ni fluctuaciones personales, fuera el garante de que eso que debía suceder con los retoños de la humanidad sucediera de la mejor manera posible, y además era la forma perfecta de terminar con el rulo de culpa que involucran las relaciones paternofiliales.

En general, mis compañeros de trabajo reaccionaban poniéndome en el estante en el que yo mismo les había permitido ubicarme: era un loco sin hijos, casado tardíamente y divorciado a velocidad relámpago, un bohemio que leía libros, alguien a quien podía ser divertido escuchar, pero que no estaba de ninguna manera hablando en serio. Leer La forma del derrumbe, de Laura Cukierman, no ha hecho sino confirmarme esa intuición “espartana”, si se quiere. Sofía, su protagonista, se enfrenta de golpe con la más espantosa pesadilla maternal: que su hijo sea un completo desconocido, y de la manera más violenta. Federico, su bien criado hijo, es la cabeza de una banda de criminales, su brazo inteligente, y les ha robado y ha extorsionado a sus vecinos a lo largo del último año. Para Sofía, que es la narradora y el punto de vista, el cimbrón significa reorganizar todo su mundo imaginario.

El núcleo del relato es una especie de maelström que se lleva la marca de las otras zonas posibles de la historia, y por lo tanto sabemos poco de ella, pero hay algo que parece atravesar todas las palabras de la protagonista: ha sido siempre una persona aquiescente y sumisa, alguien que con distintos grados de incomodidad ha cedido a los deseos y expectativas ajenas con la convicción de que había ahí un deber y una paz. Su madre despectiva que la persigue por la composición de su peinado, su marido Luis y el deseo de ser padre, la obligación del progresismo y de las causas verdaderamente nobles (que la han convocado, con el delincuente Federico, a marchas nombradas al pasar), la obligación de ser una madre de bien, de ser una persona de bien, una buena trabajadora, una persona equilibrada, una buena amiga, una buena vecina, una buena esposa, una hija capaz de cuidar a una madre tiránica y declinante… en fin. Cuando leo la enumeración, que son más bien mis proyecciones sobre la vida de la pobre Sofía, no puedo dejar de preguntarme si Federico no le ha hecho un favor al destrozar en pedazos esa jaula de cristal.

Pero no, no le ha hecho un favor. La de Cukierman es una ficción que no está sola, claro. Al leerla, es muy difícil no pensar en Tenemos que hablar de Kevin, tanto en la película de Lynne Ramsay como en la novela de Lionel Shriver, o en la más reciente Adolescencia, aunque también la insistente reflexión de Sofía sobre la otredad inasimilable, insoportable de un hijo, y la obsesión con la identidad, me hizo recordar al pequeño hit de terror de Luciano Lamberti, “La canción que cantábamos todos los días”. En el cuento de Lamberti, el narrador estaba convencido de que su hermano había sido cambiado por una entidad extraña en un picnic familiar. De lo primero que nos habla Sofía en su relato de la peripecia policial es de su preocupación por que su hijo no fuera cambiado en el momento del parto, lo que fue despejado por una mancha de nacimiento en la rodilla. Esa mancha reaparece a lo largo de la novela como una seña de identidad, y no como una metáfora (explícitamente, Sofía descarta las metáforas). Pero parece el ritornelo irónico de una imposibilidad: su hijo no va a ser el mismo, su pareja ya no va a ser la misma, sus relaciones con los demás ya no van a ser las mismas, y, en esa catarata de disoluciones, es probable que ella ya no sea la misma ni siquiera retrospectivamente.

No me canso de citar esa sentencia poblada de empirismo de Borges al comentar Citizen Kane: somos un caos de apariencias, y detrás de esas apariencias no hay nada. Sin embargo, para Sofía la salida elegante y filosófica de aceptar el vacío no es una opción. La Sofía que vemos en la novela es efectivamente una persona que intenta darle una forma a un derrumbe, y es un cuerpo. De hecho, hay algo de seguir a su cuerpo, de ponernos dentro de él, que nos obliga a entender su padecimiento, y que no puede despejarse mediante un expediente intelectual. La situación le permite a Cukierman convocar lugares comunes insoslayables (la violencia de la ajenidad de la propia sangre, las reflexiones sobre los conflictos familiares y sobre la disolución de ese núcleo conflictivo), para desarmarlos hacia una incertidumbre que, a pesar de las especificidades de la historia, no deja de ser una pregunta sobre la identidad que puede contaminarlo todo. Como la historia de Sofía, Luis y Federico es vivida por una familia de clase media argentina, en el medio de ese derrumbe no van a faltar las tensiones con los negros que limpian las casas, que atienden a sus propios familiares, y con (como ya hemos dicho) ese deber ser que parece cada día más una mueca, una torsión grotesca de una imaginación perimida. ¿Qué es Federico? ¿Una víctima de la anomia? ¿Una persona completamente autónoma que ha decidido por el crimen? ¿Un héroe de nuestro tiempo en un mundo que es (y esto ya está fuera de la novela de Cukierman) un conjunto de derrumbes imbricados en cajas chinas, el de su familia metido en el de su país, el de su país metido en el de su planeta? Son las preguntas que abre La forma del derrumbe, y que (lector con hijos) no vas a dejar de hacerte mientras la leés.

De todo esto —del derrumbe, del humor, de las formas en que una vida puede desarmarse de golpe— vamos a conversar con Laura Cukierman en el próximo encuentro de EL CLUB, el miércoles 17 de junio a las 19 h. Una oportunidad para pensar cómo la literatura puede trabajar con la incomodidad y la contradicción, y cómo el humor, lejos de aliviar, puede volverse una forma de mirar de frente lo que se rompe.

Hasta entonces,

Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.

 

 

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