En la presentación de Cruces, su autora, Violeta Gorodischer, dijo que era un libro incómodo. Las razones son obvias: su materia es no solo la muerte, sino en gran medida la muerte prematura, y además una muerte lenta, derivada de la enfermedad, con la consecuente exposición de los deudos a una agonía que culturalmente imaginamos como intolerable. La protagonista, Laura Levy, es médica y ayuda a niños que padecen enfermedades terminales en el tránsito hacia el fin de sus días, pero también acompaña a los padres en el duelo en escenas sobrecogedoras. Ella misma ha perdido un embarazo y, en el principio del relato, las secuelas de esa pérdida no han sido atemperadas. Todo esto genera en ella una especie de desdoble virtual que la prosa de Gorodischer mantiene en un estatus confuso. ¿Es cierto lo que estamos leyendo? ¿Es imaginario ese Hijo de los Sueños, ese mordiscón en una mejilla en una situación socialmente inaceptable, ese otro secuestro? ¿Está Laura habitada por los hijos muertos de sus pacientes?
Pero quería referirme, como suelo hacer, a lo incómodo que fue leer el libro para mí, y quizás los acerque a ustedes a lo que el libro puede significar como experiencia.
Como muchos humanos, no me llevo bien con la muerte. Cuando tenía diez años, mi madre me escuchó conversar con mi hermano sobre la posibilidad de tener hijos: los dos declinamos, en esa conversación, la invitación de la naturaleza a reproducirnos. No tendríamos hijos, dijimos casi al unísono. Pero mi madre no había registrado algo. Mi hermano y yo leíamos y veíamos mucha ciencia ficción, y este planeta espantoso en el que vivimos hoy (perdónenme el pesimismo, pero está el CEO de una compañía que se dedica a identificar sospechosos de inmigración en Estados Unidos viviendo temporalmente en Argentina) se nos figuraba como una profecía en aquel tiempo; además, en mi casa se padecía una indisimulable pobreza; mi principal preocupación, sin embargo, eran las enfermedades, la fragilidad posible de esa vida por venir. Era un niño, pero me aterraba. Y después, bueno, estaba la muerte que venía con la duración de mi vida. Toda mi infancia y juventud viví con mi abuela paterna, una mujer depresiva aunque nosotros no nos diéramos cuenta, y hacia sus años finales yo la llamaba por teléfono desde la calle solo para escuchar que me respondía, para tener una prueba de que seguía viva, y le cortaba sin contestar. Era una moneda de veinticinco centavos bien gastada. Su agonía fue para mí una tortura: ir a frotarle los pies y las piernas a la clínica, hacerme cargo de tolerar el tránsito hacia la muerte. Con el paso de los años, mi madre empezó a trabajar en geriátricos, y la situación me hizo visitarlos más de lo que mi espíritu lo toleraba.
En la misma presentación de Cruces, Magalí Etchebarne dijo que apostaba dinero a que las actividades de cuidado de los padres caían en un porcentaje más alto en las hijas mujeres que en los hijos varones. He visto a las mujeres de mi familia dedicarse a sus madres, a sus padres, y puedo suscribir lo mismo que Magalí, y esa incapacidad también me afecta: me cuesta muchísimo bajarme al geriátrico cuando mi mamá me pide que la lleve al trabajo o que la busque, incluso a pesar de que mi tía abuela está en él. Hay algo en la decrepitud, en la sensación obvia de que lo que define nuestras identidades va abandonando a los viejos, que se me hace (es difícil confesarlo) duro de tolerar. Mi tía abuela, que un poco me crió, está dejando de ser ella. Cuando le doy un abrazo, casi siempre rodeando sus hombros y no de frente, siento cómo casi se ha escurrido de su cuerpo casi toda su rotunda vitalidad. Y cuando pienso a mis viejos en ese trance, recuerdo las palabras de Fogwill, que parafraseadas eran más o menos estas: la literatura se enfrenta con lo que no se puede pensar, como la muerte de los padres.
Bueno, en Cruces, Violeta Gorodischer nos obliga a enfrentar todas estas dimensiones limítrofes de la vida, encontrando un dispositivo fantástico para hacerlo, pero sin ahorrarnos ni edulcorarnos las situaciones propias a las que nos somete ese tránsito. De hecho, su médica parece construida a partir de una mutilación actitudinal que le impide asumir el melodrama: el primer diálogo que sostiene con Juanchi, un niño que va a morir, es de una crudeza que imagino imposible para mí. A partir de esa primera escena, todo en Cruces parece ingresar en una zona inestable en la que el sueño y la vigilia están mezclados en la confusión general de ese duelo que Laura no ha podido hacer. Incluso cuando el texto se obliga a atravesar las zonas obligatoriamente banales de la vida de los personajes —el tránsito por la ciudad, los bares, los boliches, la sensualidad misma de la vida (que no es un aspecto banal, pero es la cara alegre de estar en el mundo)—, todo está teñido de esa otra zona grave, enfrentada con una vocación de abrir los ojos que hay que agradecerle a la autora.
Es, un poco, la técnica que anima el relato, porque todo en él está trabajado en base a contrastes: los viejos y los niños, los vivos y los muertos, el sueño y la vigilia, pero también la entereza resignada de Laura y la cobardía relativa de su hermano Pedro; el mundo sin rituales —»seco» en los términos de Jean Allouch— de la muerte en los hospitales, y ese mundo húmedo, ritualizado, que Laura va a buscar a Brasil, donde vivió su infancia junto a su tío Daniel a la vera de un cementerio. A diferencia de los hospitales, la muerte está ahí acompañada por una dimensión sagrada que el texto hace asomar en todas partes, representada por esas mujeres que cosen mortajas junto a las tumbas, observando el pasaje desde la vida hacia esa otra zona de las cosas: no exactamente la nada, sino una mezcla de éxtasis y pesadilla, al menos en la imaginación de Gorodischer.
La protagonista está atravesando un proceso que en un principio parece su propia disolución, y en ese sentido la fusión entre sueño y vigilia funciona como una suerte de comentario de la experiencia en sí misma. Termino de leer Cruces en la madrugada, son las cinco y media. Me rodean polillas, arañas, hormigas; enfrente están las vías del Belgrano con sus pastos, sus animales, la reverberación de una vida invisible. A unas cuadras están mis padres, ya grandes, y pienso en su vida y en su muerte. Una amiga de mi pareja está en un hospital, operada en los pulmones a causa de un virus intrahospitalario después de haber sufrido graves sesiones de quimioterapia. Estoy apenas vivo, en el medio de un silencio sepulcral, y todo parece un sueño. Cuando lean Cruces, es probable que sientan lo mismo, y lo agradezcan.
Antes de despedirme, les recuerdo que en unas semanas (miércoles 20 de mayo, 19 h) vamos a volver sobre este libro en EL CLUB, donde vamos a conversar con su autora sobre cómo la literatura puede dar forma a experiencias límite atravesadas por el cuidado, la pérdida y la fragilidad.
Hasta entonces,
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.

