Hace poco, investigando para un libro, buscando un dato imposible de conseguir, tomé un curso equivocado y me puse en contacto con una persona que al final no podía entregarme el dato que buscaba (que más bien no tenía nada que ver con el dato que buscaba). Era una fotógrafa y, esperando sus respuestas, me detuve en su perfil en redes sociales y revisé su trabajo. Entre sus publicaciones había una reflexión motivada por una canción que estaba escandalosamente (no me escandaliza a mí, pero en mi país el escándalo por fruslerías es obligatorio) de moda: una canción que habla de sacar más fotos para recordar un pasado feliz, o al menos significativo. Ella parafraseaba a Ansel Adams y decía que «fotografiar estilo ametralladora era fatal para un resultado concreto». Había aprendido a fotografiar «en la era analógica, en blanco y negro».
Con la endeblez intelectual que me caracteriza, no estoy para pensar para ustedes sobre lo que significa esta idea en relación al concepto de aura, la reproductibilidad técnica (prefiero enviar a esta simpática reflexión de nuestro héroe, Martín Kohan) y etcétera. Así que diré directamente que este libro, Los horizontes más vastos del mundo, de Claude Lévi-Strauss, puede recomendarse casi prescindiendo de su texto: su registro fotográfico (analógico, blanco y negro) es extraordinario.
Lévi-Strauss viajó a Brasil en 1935 para trabajar como profesor de sociología en la Universidad de San Pablo junto a su primera esposa, Dina Dreyfus, con un breviario de etnología en el bolsillo: en ese viaje, quizás (los editores lo proponen y el propio Lévi-Strauss señala que esa experiencia en Brasil fue la más importante de su vida), ese hombre cuyo nombre es, para no especialistas como yo, un sinónimo popular de la idea de antropología, se convirtió en quien fue.
Y esa conversión está registrada en el libro con fotos de esa experiencia, incluso en su aspecto más tiernamente cotidiano y hasta administrativo (hay fotos de él y Dreyfus en la intimidad relativa del trabajo académico, de su padre Raymond frente al primer rascacielos Martinelli, incluso algunas pinturas de Raymond sobre San Pablo y sobre algunos objetos pertenecientes a las poblaciones con las que se encontró Claude en el territorio), pero también con un registro amplio, sorprendente, de las poblaciones con las que se encontró, los caduveo, los bororo, los nambikwara y sus viviendas, su entorno, sus rituales, sus cuerpos y la increíble diversidad y complejidad de sus manifestaciones culturales, arcos, coronas, maquillajes faciales, contrastantes con la pobreza de su vida. Pero además el libro contiene la descripción y análisis de cinco películas que Dina Dreyfus y Lévi-Strauss filmaron quizás bajo acuerdo con su amigo Mario de Andrade, perdidas y halladas en 1977, y también una extraordinaria galería de imágenes tomadas del metraje. Las películas fueron, al igual que este libro, editadas por los brasileños Samuel Titan y Carlos Augusto Calil, y pueden verse acá.

Lévi-Strauss decía que la fotografía y la toma de imágenes en movimiento eran una pérdida de tiempo, al menos para un etnógrafo o un antropólogo: la máquina, el botón de la cámara, nos hace perder atención, y ya «no se ve lo que está sucediendo». Además, le aburrían las películas etnográficas. El libro no contiene solo imágenes, entonces, sino también ensayos y textos híbridos (en casos minoritarios, intervenidos por periodistas paulistas) que muestran a este joven Lévi-Strauss pensando, construyendo la perspectiva que va a derivar en una manera refinadísima de conceptualizar la cultura humana, y que en estos textos se enfoca en objetos muy diversos. Leví-Strauss piensa por ejemplo, el sentido profundo en que el cubismo modificó nuestra relación con los objetos, desde la paradoja de un movimiento que nació «bajo el signo del divorcio entre el arte y el público en general» y que logró «darle al arte esta posibilidad nueva de penetrar las formas más humildes y más utilitarias de la expresión», porque ¿quién mostro, quién descubrió que un sombrero o una botella podían ser objeto de belleza, «sino ese inolvidable Ballet mecánico de Léger, antes proyectado en París y donde los utensilios de cocina eran más conmovedores que las bailarinas?». Esa fascinación juvenil ligada a un movimiento europeo avisa sobre la mirada con la que Lévi-Strauss registra, extasiado, el arte inesperado, gratuito, sin objeto ni utilidad y de una destreza que evoca la magia, que encuentra entre los juegos que una mujer caduveo hace con cuerdas o las muy filigranadas pinturas que practican sobre rostro y cuerpo (las fotos son, lo digo de nuevo, extraordinarias).

Al leer «Contribución al estudio de la organización social de los indígenas bororo» y «Guerra y comercio en los indígenas de América del Sur», me sucedió lo mismo que me pasa siempre que, en mi calidad de lego, leo algo sobre una cultura tan ajena que parece el resultado de la invención caprichosa de un creador de mundos: ese doble movimiento de perplejidad e identificación. En esos dos textos en particular, Leví-Strauss nos hace testigos de la regladísima distribución de clanes en una aldea perdida en la vera del río Vermelho, de sus restricciones matrimoniales, de sus extrañas costumbres cotidianas, del sistema por el que los pobladores de la región Xingu viven la guerra y el comercio como dos caras de una moneda que asegura la cohesión social. Como digo, después de la perplejidad sobreviene un momento de exploración de mi propio medio social: pienso en la distribución de las relaciones entre las clases sociales de mi ciudad, las reglas de sus uniones matrimoniales, el derecho de tránsito por las distintas zonas geográficas de la ciudad, el derecho de uso de distintos bienes… Para probable horror del pobre Claude, tengo la sensación de que a pesar de la singularidad de cada cultura, Córdoba no me parece tan diferente a una aldea perdida en la costa de un río brasileño.

Hay en particular en el libro dos artículos muy interesantes para quienes vivimos en Argentina. En primer lugar, un intercambio que hace eses entre los elogios mutuos y las pullas encubiertas entre Lévi-Strauss y los directores del Museo Arcaico (hoy Museo de Ciencias Antropológicas y Naturales) de Santiago del Estero, los hermanos franceses de origen escocés Emilio y Duncan Wagner, quienes proponen, en base a la existencia de elementos propios de una cultura compleja (vasijas, estilo de pintura, ritos funerarios), la existencia de una civilización chaco-santiagueña separada de los belicosos pueblos diaguitas y calchaquíes. Al margen de los detalles de la polémica, de si las torteras encontradas en Santiago son la evidencia de una conexión prehistórica con la civilización del Egeo, el ida y vuelta de artículos y cartas se lee como uno de esos cuentos de Cortázar («Sobremesa», «Texturologías») en donde el lector advierte verdades venenosas que los escritores ocultan.
En estos días, es también particularmente interesante «El fascismo en Brasil», sobre la corriente política integralista. Dice ahí Lévi-Strauss: «Es muy evidente que un partido al que adhieren ministros (la adhesión solemne al integralismo del señor De Sousa Acosta fue aquí un escándalo) nunca está ubicado, delante de una jurisdicción puramente formal, en el mismo plano que un proletariado que todavía no ha tomado conciencia orgánicamente de su realidad de clase». Hoy es una frase amarga para cerrar, pero también voy a recordar, al pasar, que Lévi- Strauss vivió cien años, y que el tiempo es largo.
Nos vemos en la próxima.
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.
