Lo primero que pensé cuando terminé de leer Montoneros o la ballena blanca es cuánto tenía que saber el autor para escribir un libro así sin miedo a equivocarse. La Historia siempre me parece una trampa. ¿Cómo abordarla? ¿Cómo no exponernos, a la hora de escribir una ficción histórica, al error de perspectiva, al dato incorrecto o inadmisible? Más una tan arriesgada como la que acababa de leer. Montoneros o la ballena blanca es un libro lleno de coraje: camina todo el tiempo por la cornisa del exceso, por el borde donde cualquiera podría ofenderse, y la verdad es que me tranquilicé cuando vi el currículum de su autor. Federico Lorenz no es un señor como yo, que podría caracterizarme (esta vez sí, sin miedo al error) como el Lector Desordenado Arquetípico. Es un historiador con una trayectoria impresionante (es doctor en Ciencias Sociales, investigador del Conicet, y etcéteras), dueño de lecturas sistemáticas que le han permitido arriesgar ahí, donde a una imaginación caótica y desprovista como la mía le sería imposible. Y más en tiempos de irritabilidad ideológica garantizada. Tiempos de hate.
Pero vamos por partes. La primera escena del libro sitúa en Malvinas a unos prisioneros argentinos que cantan una versión montonera de la marcha peronista; en el segundo capítulo, unos ingleses aparecen en medio de la ofensiva sobre Sapper Hill, donde encuentran a dos sobrevivientes argentinos moribundos intentando matarse el uno al otro.
A partir de ahí, el libro da un salto hacia atrás y reconstruye la historia de una célula de Montoneros (escribir esa palabra ya me trae problemas: ¿se dice así: “una célula”? Tendremos que leer historia argentina reciente). Esa reconstrucción comienza con la desbandada en el inicio de la dictadura, con un narrador protagonista cuyo nombre de guerra es “Ismael” (referencia a Moby Dick, citado en el epígrafe), alrededor de quien circula un grupo de personajes “adorables”.
Aquí viene la primera decisión “jugada” del libro de Lorenz. Yo, que siempre fui pobre y que veo que el mundo es un lugar espantoso, siempre voy a estar del lado de una revolución. No tengo la energía, el amor a la humanidad, el grado de delirio y valor, el compromiso en general para a) afiliarme a un partido con miras revolucionarias; b) mucho menos, de iniciar una acción revolucionaria, o plegarme a ella.
No estoy siendo liviano ni irresponsable. El lunes pasado, feriado en nuestro país, me fui caminando desde mi casa a un barrio cuya ubicación me obligaba a cruzar el centro de la ciudad, y vi no menos de quince personas durmiendo en la calle en pleno mediodía, al sol, algo que se ha agravado notablemente en los últimos dos años. Acabo de ver, en un reel de Instagram, a uno de los principales accionistas de una empresa de energía entrevistado por un encumbrado comunicador folclóricamente identificado con el trotskismo. El señor multimillonario decía que era tres veces más rico desde que asumió el actual gobierno nacional, lo cual es difícil de yuxtaponer con la idea de que cada vez más gente duerme en la calle, más asalariados están endeudados hasta el ahogo, que muchos pierden sus trabajos… No quiero seguir enumerando porque, para eso, las noticias. Pero ¿cómo no simpatizar con el impulso de dar vuelta la tortilla?
Pero en la novela de Lorenz, a medida que nuestros revolucionarios viven sus tragedias personales con un tono que no excluye una épica eufórica, registran también el efecto de sus errores de cálculo, las víctimas colaterales de sus acciones bélicas, el hartazgo de la gente de a pie sufriendo las consecuencias de su revolución. Flota ahí el fantasma de un reproche muy extendido: ¿a quiénes estaban representando esos ejércitos populares? Con todo lo irritante que parece, el libro no deja de plantar esa duda.
Por otra parte, las propias bajas no dejan de ser daños irreparables, y Montoneros o la ballena blanca da cuenta, con cierto morbo del detalle, de las consecuencias de manipular granadas, o de meterse en problemas por el paso a la clandestinidad, o de enfrentar a una fuerza que no tiene escrúpulos a la hora del castigo ejemplar.
Igualmente, Lorenz no comete el error de construir un blanco y negro grosero. También se pone en duda la idea de que la crueldad sea propiedad de un color político. En una de las innumerables conversaciones explícitas de la novela, el General le dice a un ex capitán nazi (sí, querido lector, un ex capitán nazi en alegre coloquio con un oficial de Montoneros):
—Soy de los que creen que al menos la izquierda tiene límites morales para establecer los métodos que considera adecuados para llegar al triunfo de sus ideales —probablemente ni él estaba convencido de su respuesta.
El ex nazi, un señor duro, caballeroso y directo, le contesta:
—En todo caso, estimado joven, será por eso que siempre son derrotados. Y permítame decirle, además, que muchos compatriotas podrían contarle el trato que recibieron en Rusia durante la guerra, lo que relativizaría enormemente su afirmación.
Para pasar en limpio lo que vengo diciendo, Lorenz no evita representar a sus montoneros como culpables de dolor, aunque también es cierto que la euforia del tono en el que está contada la aventura de los personajes, esa épica casi juvenilista, es un segundo riesgo que la novela enfrenta.
¿Podría contarse todo esto de otra forma? Nuestros montoneros van cambiando de objetivos a medida que dura su derrota: primero, se entregan al desenganche, la desbandada. Después, se dedican a llevar a cabo el simpático plan de un cruce de Los Andes para invadir Chile y comprometer diplomáticamente a la dictadura (en ese lance, uno de los documentos internos del grupo, dirigido al presidente del Instituto Sanmartiniano, responsabiliza al presidente de Acindar por las torturas, violaciones y asesinatos propiciados por “un sistema corrompido”, haciendo muy explícito el cruce “empresarial y militar” de la última dictadura). Finalmente, los montos de Lorenz planean una alucinada invasión a las islas Malvinas, ayudados por dos viejos soldados alemanes que custodian un submarino nazi. ¿Podía meterse en más líos el autor?
Tengo que decir que espero con ansiedad la conversación con él en nuestro Club de Lectura, pero que encontré una clave para leer el tono de la novela en una suerte de puesta en abismo. Espero que el Lorenz no se ofenda: no creo hacer una lectura reduccionista o puerilizante si postulo que acá está la contraseña para comprender la atmósfera de Montoneros o la ballena blanca:
Me iba a la aventura, como decían los libros de la colección Robin Hood, con mis compañeros, el único lugar que reconocía como propio.
Un poco como en “Brisa marina”, el célebre poema de Mallarmé, los protagonistas de la novela de Lorenz dejan a la mujer, al hijo, a la página en blanco y a la tierra firme por la aventura, engatusados por los cantos de los marineros. Es un lugar común imaginar que los hombres sueñan con esto, y también es más real que, en general, los hombres, como dijo Piglia, no tienen más épica que la de los bares. Hace poco un amigo posteó en redes sociales esa idea: extrañamos la épica. Lorenz la repone en la vida de sus ambiguos combatientes clandestinos, sobre los que hay tanto por hablar.
La otra gran pregunta para hacerle a Lorenz es si la ballena blanca es esa belleza monstruosa y literal que asoma en las páginas finales o el malo de turno, ese Romualdes que nos hace pasar las páginas con una mordida de bronca, una especie de bruxismo justiciero.
Pero para eso está nuestra próxima reunión de Lecturas de Fondo: EL CLUB, el 17 de diciembre a las 19 h, a la que los invito.
Nos vemos en la próxima,
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.
