Hace poco vi una publicidad en la que los responsables de la comunicación de un club hablaban de “resistencia”. Creo que el corto hacía referencia a la muerte de Carlos Solari, el Indio, y aunque mi memoria perdió el contexto preciso, me parece recordar que era un club más bien millonario. Me pregunté de inmediato qué derecho tenía una corporación así a embanderarse detrás de la idea de resistencia, y a usar a Solari como emblema. ¿A qué resistían esos que parecen tenerlo todo? De hecho, la muerte de Solari fue un parteaguas: el gobierno nacional se vio incapaz de aceptar la dimensión del personaje y de encarar con dignidad el homenaje que correspondía. Reaccionaron como era de esperar, y hasta con lógica, cosa que (en mi calidad de asalariado pobre, inquilino y enfermo crónico) me cayó mejor que lo que sentía como una apropiación indebida por parte de un montón de advenedizos ricos. He escuchado mucho a Los Redondos, al Solari solista y también a Los Fundamentalistas, pero estoy lejos de ser un feligrés o un fanático. Y sin embargo, siento que su poesía me habla en calidad de desposeído, y desde ese lugar he abrazado el derecho (insostenible) de repudiar a quienes no se la merecen.
La idea de resistencia, y resistir a qué… Soy profesor de secundaria, en este espacio lo he contado muchas veces. Mis alumnos son una población extraña, difícil de definir. Algunos pertenecen a una clase media baja pujante, pero a veces son muy pobres. En los últimos años he visto cómo se apoderaba de los hijos de esta comunidad, contra toda mínima comprensión de las estadísticas públicas, el deseo de ser millonarios. “Quiero ir a Dubái”, dijo el otro día una alumna que al segundo reconocía que un destino más probable para sus vacaciones, pero casi tan lejano como Dubái, son las sierras. Mis alumnos no saben que deberían resistir, ni tampoco sabrían cómo. Están dejándose convencer de que trabajar dieciséis horas por día es un destino aceptable, y de que es el camino a una gloria a la que solo accede un porcentaje cada vez menor de la especie. En la escuela corre una prohibición explícita: no se puede hablar de política con los alumnos. Pero los alumnos me suelen hablar de política, y confesar sus simpatías por las ideas de derecha, que casi desconocen y que aprendieron en TikTok. Mis alumnos no tienen una exacta conciencia de dónde están parados, ni la tendrán. Mis alumnos no escuchan a Los Redondos, por rancio que suene el comentario. Por otra parte, durante mucho tiempo yo dejé descansar mi comodidad sobre la idea de que había un bando político capaz de pelear algo por mí. Esa ilusión empieza a desvanecerse para abrir camino o bien a la desesperanza, o bien a un artesanado de la política: la micromilitancia, que en Matar al comisario invoca la periodista Lala Toutonian.
Matar al comisario es un muestrario de artesanías. Hay al menos dos gloriosas manufacturas que abundan en sus hermosas páginas: las facturas diseñadas por panaderos anarquistas, que las bautizaron con nombres irónicos o beligerantes (bolas de fraile, suspiros de monja, vigilantes, bombas, cañoncitos, sacramentos) y las bombas (de Orsini, de tubo, molotov) que los militantes anarquistas hacían con sus manos para devolverle al Estado la violencia de la que eran víctimas. Los dibujos de Iñaki Echeverría son también artesanías rústicas y hermosas. También es una delicada artesanía la escritura de esta historia que los dibujos parecen atribuir a Jorge Consiglio, pero que en la tapa y créditos suma en su hechura a Paula Brecciaroli.
La historia que narran los tres es extraordinaria, tanto como el dispositivo que han ingeniado para contarla. Es la historia de Simón Radowitzki y de Ramón Falcón, y de la pervivencia en el tiempo de sus acciones. En «Biografía de Tadeo Isidoro Cruz», Borges dijo (famosamente, diría él mismo) que hay un momento en la vida en que un hombre sabe para siempre quién es. Con esa idea, el trío Consiglio-Brecciaroli-Echeverría reduce la vida de los dos a sus momentos decisivos: hijo de una familia militar, Falcón siente el llamado de la sangre en el odio a hombres y mujeres que son para él social y genéticamente inferiores; se convierte en policía, en diputado, en jefe de la Policía de la capital, y en un momento entiende que las torturas y vejámenes de su padre son un destino. Simón Radowitzki, por su parte, llegó a la Argentina en marzo de 1908, y rápidamente adoptó su destino de obrero y militante. Las trayectorias de ambos van cruzándose como en un western en una Buenos Aires estallada por la inmigración, en donde los dueños de la tierra y de los medios de producción explotan a una población despreciada, que guarda en la manga una carta: la capacidad de comprender y organizarse.
Matar al comisario no se queda solamente con la figura, sino que despliega los fondos tanto en las escenas actuales (un video de Christian Ferrer, la entrevista con Toutanian o con la antropóloga Julia Gaztañaga) como en la exploración del contexto en el que estos dos rivales se miden a la distancia, esperando la encrucijada fatal que los anudaría en la historia para siempre. Este libro nos permite ver el despliegue de las ideas anarquistas en la Argentina, ver pasar a Errico Malatesta, a la jovencísima Juana Rouco Buela, las banderas de la FORA, el monumento a Osvaldo Bayer arrasado en la Patagonia… El documental, con la velocidad de su trazo dibujado y escrito, es una excelente puerta de entrada a esa historia de resistencia verdadera que está metaforizada en sus dos héroes: Falcón, responsable de masacres destinadas a aterrorizar a la población civil, y Radowitzky, su asesino, que terminaría por luchar en la guerra civil española y cuyos restos descansan en México bajo esta leyenda: “Aquí reposa un hombre que luchó toda su vida por la libertad y la justicia social”.
¿Resistencia a qué? Acaban de encarcelar a un hombre que vive en un pequeño pueblo jujeño, Las Goteras, prácticamente inaccesible, por amenazar (es aún un supuesto) a la senadora Bullrich. La excusa para su prisión es que vive en una zona fronteriza, solo porque vive en la provincia de Jujuy. Su nombre es Franco Oscari, y se le negó la excarcelación por morar en una zona rural, por no tener teléfono ni internet. Preso en San Salvador de Jujuy, fue trasladado sin aviso a sus abogadas a Buenos Aires. Durante ese tiempo estuvo desaparecido. Mis alumnos no lo saben, como tampoco saben que los jubilados de la mínima están por debajo de la línea de indigencia, y que la Policía los golpea como golpeaba la Policía de Falcón a los militantes anarquistas. No sé si soy simplemente viejo, pero tengo la impresión de que en mis alumnos se empieza a perder la memoria de una tradición de resistencia. Pero Matar al comisario nos enseña también, con el recuerdo de Kropotkin y con la elocuencia de las tumbas y las placas conmemorativas, que no es tan fácil olvidar la lucha de los hombres, y que tenemos que ir por lo imposible para ver el límite de lo posible.
En el próximo encuentro de EL CLUB, que será el miércoles 15 de julio a las 19 h, estaremos hablando con los autores sobre a qué resistimos, desde dónde y cómo fue posible la impactante artesanía de Matar al comisario. Un documental anarquista.
Nos vemos entonces.
Flavio Lo Presti
*Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.

