Ya me lo dije, ellos lo pensaron mejor. Historia de las derechas en Argentina. De fines del siglo XIX a Milei, de Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi

Una madrugada, en plena pandemia, me vi a mí mismo desde afuera, aterrado frente a una pantalla de computadora.

Quizás antes de decir por qué, y de comentar, de sugerir la lectura, de ensayar una reflexión sobre un libro que se llama Historia de las derechas en Argentina, yo tendría que salir del clóset (como dijo en un sentido muy específico Marina Franco, a cargo de la lectura crítica y edición de esta obra, durante su presentación) y decir que soy casi caricaturescamente de izquierda. Desde muy chico supe que, dadas las coordenadas de mi nacimiento, dadas ciertas inclinaciones personales, la disfuncionalidad familiar, mis propios genes, había una sola oportunidad de que yo pudiera abandonar cualquiera de las formas más o menos decorosas de pobreza que me tocaría habitar, y esa única manera era el fútbol; pero sabía que, al margen de mis virtudes personales como jugador, había en mi bolsillo un mazo de cartas perdedoras. Sería una persona común, condenada a trabajos comunes, una suerte de ganapán (una palabra que le gusta mucho a mi hermano carpintero), y en mi imaginación infantil una persona a la que se le ha suministrado ese destino no puede adherir a alguna forma de derecha (el margen de maniobra es exiguo: nadie puede contra la curva, dice Thomas Pynchon en un cuento).

Consideremos que mi abuelo estuvo afiliado al Partido Comunista en la Rosario de los años cuarenta y cincuenta (de hecho, el libro nombra a un amigo de mi abuelo asesinado en una comisaría; esa muerte es incluso la razón por la que yo nací en Córdoba) y que mi padre me hacía escuchar a Daniel Viglietti, Carlos Mejía Godoy, Alfredo Zitarrosa, Violeta Parra y un largo etcétera en casetes ignominiosos; por lo tanto, soy un poco una suerte de víctima de abuso ideológico paterno. ¿Por qué decidiría yo adscribir a una identidad política que quiere prescindir del Estado, estimular la competencia, destruir regulaciones y desaconsejar cualquier medida paliativa de la desigualdad? Y siempre que nos quedáramos del lado «liberal» de la derecha, porque en la otra cara estaban los nacionalistas católicos, obsesionados con (creo yo, que soy ateo) ideas delirantes y fantasiosas que puedo tolerar en la ficción, mas no en la regencia de la vida (¿pero no es el Estado también una idea fantasiosa?), y que afectan mis libertades personales, mis derechos como ser humano, y un nuevo larguísimo etcétera.

De todos modos, cuando era chico no sabía ponerle nombre a esas dos grandes familias de la derecha, a las que este libro de Ernesto Bohoslavsky y Sergio Morresi me ha permitido identificar con dos útiles etiquetas: la familia liberal conservadora y la familia nacionalista reaccionaria. Apenas leí la distinción que hacen los autores, me pregunté algo que a ellos les lleva casi el libro entero responder: ¿por qué dos familias tan distintas y en muchos aspectos antagónicas forman parte de una misma zona de las identidades políticas? ¿Y en qué andan ahora estos muchachos? Algo voy a decir más abajo. Naturalmente, Historia de las derechas en Argentina es un libro de historia y, si bien puede contar pormenorizadamente los vaivenes de las identidades de derecha en el país, no puede responder por qué hay personas que, afectadas en sus intereses por los programas políticos de la derecha, asumen esas identidades.

La mayoría de las explicaciones que da la filosofía política que suelo leer (grajeas perdidas en redes sociales) son antojadizas y peyorativas. Pero después de leer este libro, me queda claro que, en general, las respuestas que nos damos sobre estos asuntos son producto de nuestra desinformación y nuestra pereza. Pienso en tópicos comunes que surgen en las discusiones: ¿identificamos las ideas de la derecha estrictamente con las clases altas, como sugiere la etiqueta despectiva «pobre de derecha»? ¿La injerencia de Estados Unidos explica todas las alternativas de la política y la economía argentinas, como sugiere el comentarista de redes sociales cuando dice «enterate del Plan Cóndor»? ¿La derecha es siempre fascista? ¿Los intereses de la derecha y de la clase alta coinciden siempre? La complejidad y sutileza con las que historizan los autores las distintas posiciones de derecha en cada uno de los momentos de los últimos dos siglos, y en particular el recorrido desde la dictadura en adelante, tiene un doble efecto: el reconocimiento de que el imperio de la opinión es peligroso; y el de abrir, para nuestra maravilla, los detalladísimos vericuetos, los préstamos, las idas y vueltas de las ideas en ese campo (el de las derechas) en el que se tensan tradición y novedad, y presentarlos a nuestra ignorancia.

Pero después de este divague volvemos a la escena pandémica. Frente a una computadora, yo, un señor ya grande, que toda la vida pertenecí orgullosamente a la izquierda, quedé petrificado una ociosa madrugada frente a una mesmerizante seguidilla de videos de influencers de derecha que tenían millones de seguidores en sus canales de YouTube. Al principio me pareció una broma que la web me estaba jugando de forma perversa: un desvío algorítmico destinado a reírse de mí. Uno tras otro, estos influencers daban rienda suelta a una lengua desembozada que permitía la burla a la gente con sobrepeso, a las minorías sexuales, a las personas que no encajan con los criterios publicitarios de belleza o a quienes tienen problemas de salud mental: Agustín Laje, Nicolás Márquez, Es de Peroncho, El Presto, Tipito Enojado difundían teoría monetarista, se burlaban del saber construido por las ciencias sociales, reclamaban bajar los impuestos, prometían prosperidad en la ausencia del Estado; finalmente, Emmanuel Danann y Lilia Lemoine entrevistaban a un influencer liberal libertario, economista devenido político, Javier Milei, al que le hacían gritar: «¡Zurdos, van a correr!». Tuve esa madrugada la corazonada de que esa gente iba a gobernar la Argentina. No sé cuántos de los miles de comentarios que había debajo del video eran escritos por trolls pagos, pero en esa afluencia vi esa concordancia radicalizada que los autores de Historia de las derechas en Argentina llaman fusionismo, y sentí la misma desesperación que siento desde entonces.

Se lo conté por WhatsApp a un politólogo porteño y él me contestó que la realidad (los maestros, los sindicatos, los jubilados) iba a ponerles a los libertarios los límites inevitables. Yo no me quedé tranquilo: primero imaginé una novela sobre influencers libertarios y, finalmente, escribí este texto en el que postulé una hipótesis conspiranoica sobre el ascenso inevitable de Milei (de estas derechas) al poder.

El libro de Bohoslavsky y Morresi construye una lectura informada sobre cómo fue posible ese ascenso y nuestro presente. La hipótesis no es tranquilizadora, y algunos de sus aspectos ya han sido formulados antes (pienso en los artículos de Rodolfo Fogwill en El Porteño, compilados en Los libros de la guerra). Hay una novela de Philip Dick, El hombre en el castillo, en la que los países del Eje ganaron la Segunda Guerra Mundial (el argumento es mucho más complejo). En el libro de Bohoslavsky y Morresi, la dictadura tuvo su victoria, una victoria profunda, que hace pensar un poco en «Deutsches Requiem» de Borges; si uno está parado donde yo lo estoy, Historia de las derechas en Argentina propone una comprensión a la que pueden seguir unas tareas que habrá que imaginar, aunque eso excede la elegante objetividad de su estilo, apenas desbordada por los momentos más horribles de nuestro pasado inmediato.

Nos vemos en la próxima.

Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.

 

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