Los clubes cuentan

Diario de lecturas

Sábado 22 de febrero de 2025

No éramos tantos esta tarde de sábado, y seguro éramos menos de los que llevamos el libro en diciembre. Pero un día de calor como hoy, en un barrio como este, en el que a veces la convocatoria se hace multitudinaria y a veces cuesta, sabemos que el club de lecturas se hace, seamos poquitos o muchos.
Y en esta mesa chica de hoy, lo que sucedió fue algo hermoso. Quisiera anotarlo sencillo para mirarlo de vuelta. Un sábado de ola de calor, después de una noche con granizo y tormenta, todavía en febrero, sin el ritmo del año, cinco personas, en torno a una mesa llena de libros, conversando sobre Cometierra, de Dolores Reyes y también sobre muchas cosas más. Entre ellas, las relaciones entre padres e hijos, las formas de crianza, la sexualidad y sus tabúes. En el medio, también, historias. Cosas que nos sucedieron, que escuchamos, costumbres. Una buena parte de ellas tenían que ver con la religión. Vaya a saber cómo la conversación va abriendo cauces en lugares inesperados.
De Cometierra, dos o tres cosas para destacar.
Una, la charla en torno a lo que pasó el año pasado con el libro, la polémica pública, y el lugar que puede tener o no un libro así en las escuelas. Vicky empezó señalando cierta contradicción que ella notaba frente a la “corrección” que la escuela muchas veces pide y la “incorrección” que ahora ofrece en un libro así. Plagado de lenguaje coloquial, malas palabras, escenas de sexo. Noe contestó que ella, al contrario, veía esos elementos “incorrectos” como una oportunidad para hablar de temas que habitualmente no se hablan; y también para que chicas y chicos que generalmente no se acercan a un libro, se acerquen, aunque fuera por esa pequeña escena de sexo que les dispare la curiosidad.
Otra cosa linda tuvo que ver con el lenguaje con el que Cometierra está escrito, este castellano tan nuestro, tan conurbano y que trajo palabras locales pero de otro lado, en particular de Misiones. Me acuerdo de algunas: “pichado”, cuando alguien está molesto u ofuscado; “argel”, que nombra cierta forma de violencia; “gurí” y “guaina”, para hablar de los niños y de las chicas.
Pero creo que lo más interesante fue una observación pequeñita de Noe que nos hizo pensar mucho en relación a la crianza y nos llevó a conversar en torno a las diferencias generacionales. Cuando la tía de Cometierra le dice a ella «no seas así». Decía Noe, y pensamos juntos, que en esa frase muy chiquita, que muchos hemos escuchado de chicos, y que ella siente que ha repetido también como madre, se dice algo espantoso, el negarle al otro la posibilidad de ser justamente como es, como quiere ser. Es cierto, encima la frase cortita, llena de eses, resbala fácil en la lengua y posiblemente también así, hiere y deja marcas.
No hablamos esta vez, aunque habíamos cruzado en algún momento comentarios sobre lo que tiene que ver con lo fantástico, con la acción, con la violencia contra las mujeres. Sí, por supuesto, esta cuestión de una novela que habla sobre algo que pasa en los barrios y que todo el tiempo aparece en historias así y que también nos llevó a recordar, por ejemplo, el caso de María Soledad; y que nos llevó -la lectura y las ramas- al deseo de Vicky y Noe de leer un libro del que oyeron hablar; uno que tiene que ver con la historia de María Soledad, pero contada desde el punto de vista de las amigas.
No dejamos de mencionar, tampoco, lo atrapante de Cometierra. Delfi, que tiene doce y al principio había decidido no leerlo porque le parecía que podía ser demasiado, lo había empezado el día anterior y estaba enganchadísima. Iba por la mitad, así que nos cuidamos de espoilearlo (me di cuenta que si le sumo la “e” a spoiler estamos cerquita de “espolear”, que es otra cosa pero por ahí encuentra puntos en común, y es también un lindo verbo, así que juguemos). Pero estaba enganchadísima.
También esto de que sea un libro tan atrapante que una vez que lo arrancás lo leés de una sentada. Nos quedaron las ganas de volver a hacer esta experiencia, de compartir todos un mismo libro y vamos a intentarlo. De vuelta con la biblioteca de Identidades bonaerenses, que, parece, está por armar un nuevo club de lecturas. Le pusimos las fichas a El río, de Débora Mundani, una novela corta que ninguno conoce pero que nos tentó. Veremos si lo conseguimos y cómo nos va. Luego les contamos.
Y cerramos con una yapita, un relato de Noe, que salió en esa conversación sobre las prácticas religiosas.

Los viernes santos, cada año, eran especiales, ya que podíamos pasar el día entero con mamá. No había compra, no había venta, y mamá tenía un kiosco. Prácticamente no se hacía nada. Pero era un día especial para nosotros porque sí hacíamos mucho con ella. Nuestro día comenzaba muy temprano, buscando y recolectando yuyos medicinales como la marcela, el karé, la carqueja, que crecen en los bordes de las calles, en los campos, en Misiones. Tenía que ser antes de que salga el sol porque, según nuestra tradición familiar, el rocío de ese amanecer bendecía estas plantas para desposarlas como remedio. Mi mamá me contó que mis abuelos decían que el rocío eran las lágrimas de Cristo.
Cuando volvíamos a casa, todo eso que juntábamos se transformaba en pequeños y medianos ramos los cuales se colgaban con las hojas y flores hacia abajo para que secaran y cuando estaban secos se guardaban. El viernes santo seguía en el patio de casa, tirados y comiendo chipa de almidón de mandioca, contando y escuchando historias sobre Jesucristo. No podíamos correr, no podíamos gritar, no podíamos escuchar música, básicamente no podíamos hacer nada, pero sí podíamos charlar. En ese momento mamá no nos dejaba jugar a las cartas el viernes santo, ni al bingo. Hoy nuestros hijos llevan otras tradiciones, vivimos en Buenos Aires, así que no crece ni marcela ni carqueja en los bordes de los caminos y ellos sí juegan a las cartas y al bingo.

Club de lecturas “Cururú”
Paraje La Rueda- La Plata- Pcia. de Bs. As.

Patricia Domínguez
deinfanciasyliteratura@gmail.com

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