Lecturas multiplicadoras

El pasado 9 de mayo las coordinadoras del Club de Lecturas de la Biblioteca Juan Gelman (CUSAM- Unidad 48 en  San Martín – Pcia. de Buenos Aires), participaron en el 26° Congreso Internacional de Promoción de la lectura y el libro. Ese día presentaron  la experiencia de los talleres de lectura y escritura que sostienen en ese contexto, con lectores privados de su libertad. ¡Qué potencia la de la literatura y la búsqueda de la voz propia, en vínculos con los demás, para multiplicar sentidos, ser otros, habitar otros mundos! 

Cada biografía posee sus itinerarios únicos y laberínticos, una lista propia de ciudades y pueblos, portales y hogares que adquieren sentido como episodios de esa vida. Las mudanzas, las habitaciones alquiladas, las búsquedas, los timbres a los que ya nunca más llamaremos evocan capítulos de...

Después de las reuniones de marzo, nos parece oportuno acercar el capítulo que ha escrito Michèle Petit en el libro Para leer en contextos adversos y otros espacios emergentes (Secretaría de Cultura/DGP, 2018), una compilación que reúne textos de Evelyn Arizpe, Marina Núñez Bespalova y Michèle Petit en un diálogo que nutrirá nuestras propias preguntas. Una forma de acompañarnos en estos tiempos.

Transfigurar el horror en belleza

“Todos los vivíparos tienen su guarida”, decía Pascal Quignard. Estamos desnudos y somos frágiles, necesitamos un piso debajo de nuestros pies y paredes a nuestro alrededor. Puntos de referencia visuales, un paisaje. El abismo nos horroriza. Nos espanta ver que se hunda el suelo, que nuestra guarida se fisure.

Nunca he experimentado terremotos o guerras importantes (aunque sí varios ataques terroristas). Sin embargo, un cambio reciente y brutal en mi paisaje familiar me ayuda a sentirme más cerca de aquellos que atraviesan por tales dificultades.

En los últimos meses, justo al lado de mi casa, fueron destruidos varios edificios. En su lugar hay montañas de escombros y un gran agujero. Una flotilla de camiones transporta bloques de concreto y escombro a lo largo del día, mientras que grúas armadas con alicates gigantes continúan rompiendo los edificios que quedan en pie, aplastándolos y triturándolos. No tiene nada de dramático, nada en común con lo que la gente experimentó recientemente en la Ciudad de México: esta destrucción está bajo control, llevada a cabo por una empresa especializada, y los edificios destruidos eran feos, nadie los extraña.

Sin embargo, este cambio está perturbando a mucha gente. Una amiga, cuando pasa por el sitio, desvía la mirada. “¿Qué es lo que no quieres ver?”, “la destrucción, eso me asusta. El agujero”, como si ahí hubiera una gran tumba. Una de mis vecinas sufre de depresión, ya no puede soportar este caos. Mis vecinos mayores temen que nuestro edificio, construido sobre una cantera, se derrumbe: todos los días tiembla cuando golpean los edificios cercanos. Y es verdad que las vibraciones son impresionantes. Cuando las paredes se mueven, todos nos imaginamos tres pisos más abajo, enterrados bajo los escombros.

A mí, sobre todo, me disgusta este polvo gris cubriéndolo todo día tras día. Tiene un sabor a muerte, y nos recuerda la fragilidad de nuestra condición. Además, ya no vivimos a color, todo se confunde. Alejandro, el guardián, pelea contra él sin cesar, riega el suelo y las plantas en el patio, para que encuentren un poco de sus matices, un poco de alivio. Tanto alboroto causó que la pareja de cernícalos que había anidado aquí cerca decidió mudarse. Ya no disfrutaré aquellas conversaciones poéticas con una dama que se instalaba en el camino con un catalejo y me explicaba sus hábitos ¿Cuántos años tardarán las aves en regresar? No lo sé. Tampoco sé si plantarán un árbol en lugar de nuestro viejo castaño que tendremos que talar: él tampoco pudo soportar tantos trastornos.

Dijo Benito Taibo en su libro Pasar inadvertido: “En casa de mis padres se decía poesía en voz alta a la menor provocación, así que antes de entrarme por los ojos, llegó primero a mis oídos...