Esquivé toda mi vida la lectura de José Bianco, a pesar de que siempre tuve el deseo de leerlo. Sé con una vaguedad culposa que estaba ligado con el grupo Sur, que era amigo de las Ocampo, cosa que ni siquiera estoy chequeando mientras escribo esto. Y mientras paso de una frase a la otra, leo una página que Borges escribió para El País de Madrid y que me aclara toda la situación: Bianco fue secretario de redacción de la revista Sur, y fue autor de una obra breve y delicadísima, que el volumen recientemente editado por el FCE nos deja al borde de agotar. Borges es elogioso y habla de la transparencia del estilo de Bianco, y señala la similitud de las nouvelles que integran este libro, Las ratas y Sombras suele vestir, con la obra de Henry James, que Bianco tradujo (es quien tradujo el título The turn of the screw como Otra vuelta de tuerca).
Mi ejercicio de la lectura es en general casi policial, lo que debe hablar pésimo de mí (me hace mal identificarme con la figura inventada en el título de un libro de Ramón Doll, célebre antagonista de Borges a quien no tengo en buena consideración: Policía intelectual). Una vez leído el artículo de Borges encontré una entrevista a Bianco en La Nación, donde rechazaba la influencia de James alegando que cuando escribió estas dos novelas cortas no había leído del escritor anglosajón otra cosa que Retrato de una dama, y que desconocía sus cuentos. ¿Qué había de parecido? La ambigüedad. Cierta sofisticada «elusividad» (palabra que el DRAE no registra, pero que Fundéu habilita) en la prosa, en la manera de asentarse sobre los modales, la moralidad, el aspecto de los personajes. La ambigüedad, el borde fantástico.
Como Bioy Casares conocía a Borges casi como nadie, se animó a interpretar su elogio sobre La invención de Morel como un palazo secreto, por el énfasis puesto en la ponderación de la trama y la nula mención del estilo. En su célebre Borges, Bioy consigna una conversación en la que Borges le habla mal de James a Bianco, algo que, visto a la luz de esta micro investigación que hago esta mañana para ustedes, parece una ofensa directa pero civilizada. No creo en un Borges de serie de Netflix maligno (o como el que retrata Gombrowicz en Transatlántico), que se frota las manos mientras les lanza maldades a sus amigos, pero lo que sí parece decir es: «Tu estilo se parece al de James; James inventa argumentos y después los redacta con desgano».
Después de leer este par de novelas cortas, estoy casi en contra de todo lo que Borges postula sobre Bianco. No puedo juzgar el parecido con James, aunque he leído más sus cuentos que sus novelas y entiendo el punto. Pero el estilo de Bianco, aunque clásico, no es «transparente», como afirma Borges. Es, como dije, elusivo, velado, o al menos ha llegado a serlo para nosotros, porque la lengua ha cambiado. Lejos está el delicado narrador de Las ratas de ser un redactor cristalino, una especie de aburrido Chat Gpt: el texto está lleno de pliegues que ocultan la historia, que la ponen a una distancia tensa del lector, y que construyen un mundo abigarrado, muy distinto a ese desierto sin personajes que parecía satisfacer la misantropía literaria de Borges («En las novelas de Bianco no abundan los fastidiosos personajes; a los protagonistas se les suman escasas personas, que también cumplen roles protagónicos»).
Una síntesis del argumento puede ayudar a pensar en esto: Delfín, el narrador, es un joven que retrospectivamente cuenta la historia de su medio hermano, Julio. Julio se dedica a experimentar con ratas de laboratorio para, entre otras cosas, evaluar el carácter cancerígeno del aluminio; la casa en la que viven, de hecho, está llena de ratas. Los dos son hijos de Antonio, que a su vez es hijo de una suerte de padre de la Patria y tiene una hermana tiránica e hipócrita, Isabel, que un poco ha digitado su vida. Antonio Heredia es algo pusilánime y, además, un putañero apañado por su hermana. En la casa va a vivir una cantante de vodevil, Cecilia, y tanto Delfín como Julio, que al principio la desprecia, la toman como objeto erótico. A todo esto hay que sumar profesores de piano, sirvientes, amigos de la familia, una pequeña excursión genealógica al pasado de los Heredia… Sucede en pocas páginas. ¿En serio le vamos a creer a Borges que las novelas de Bianco son maquetas despobladas?
Por otra parte, antes que en Henry James, Las ratas me hizo pensar en un antecedente siniestro de Cortázar: si no están inspirados en estos relatos, «Circe» y «Los venenos», dos grandes cuentos de la literatura argentina, parecen salir de una imaginación semejante, con sus familias ensambladas a base de hipocresía e inercia y su espanto cotidiano disuelto en la banalidad de la vida común (no ignoro que Cortázar no estaba tampoco tan lejos de James).
Desde el título, Sombras suele vestir hace pie en lo barroco. Sale de un terceto de «Varia imaginación», un poema de Góngora del que también nace el título de una nouvelle del escritor cordobés Antonio Oviedo, Autor de representaciones. Siempre me pareció llamativo que ese terceto sobre el sueño diera título a dos libros:
Este es un país federal en los papeles, y por lo tanto, como dios atiende fundamentalmente en Buenos Aires, incluso en tiempos de internet, la obra de Oviedo, que fue reeditada en dos enormes tomos por la Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, es poco conocida fuera de la provincia.
Pero no quiero desviarme: Sombras suele vestir es una fantasía delicada y extravagante, en la que tantos elementos entran en juego que es inevitable preguntarse cómo a alguien puede ocurrírsele un relato así. Un corredor de bolsa conoce a una mujer, Jacinta, que vive en una pensión con su hermano, afectado por una patología relacionada con el autismo. Jacinta sostiene a su familia ejerciendo la prostitución. El corredor de bolsa, Stocker, es además un fanático del evangelio, como el mismo José Bianco. Borges (hay que concederle algunas) cuenta esta anécdota: «Recuerdo una polémica oral con Roger Caillois. Éste había afirmado que Jesús nunca habló del infierno; Bianco, esa misma noche, le trajo una quincena de ejemplos de esa palabra terrorífica que los Evangelios registran». Con esos elementos, Bianco construye un ambiguo cuento de fantasmas, ambiguo hasta el final, e incluso más allá.
Quiero, finalmente, darle de nuevo la derecha al querido Jorge Luis, mi gorila favorito, y utilizar sus palabras para recomendar enfáticamente la lectura de este breve libro de Bianco que hoy reedita el Fondo de Cultura Económica: «Los manuscritos que precedieron al texto que el autor dio a la imprenta no se dejan sentir; lo que leemos de él nos parece espontáneo, aunque sin duda no lo es. Yeats dictaminó que un solo párrafo puede exigir muchas horas; pero si no parece el don de un momento, nuestro tejer y nuestro destejer son inútiles». Prefiero no dar con Borges el salto que lleva desde el reconocimiento de esa espontaneidad simulada o lograda hasta la atribución de una claridad inevitable: el estilo de Bianco tiene deliciosas opacidades que, debido a una ley muy severa, no podemos discutir con el autor en nuestro Club de Lectura (un espacio que sufrirá, además, una interrupción estival). De todos modos, invito a leer este librito que leí con un previo fervor y, quizás también, con esa misteriosa lealtad que demandan los clásicos.
Nos vemos en la próxima.
Flavio Lo Presti
Docente, periodista y escritor. Desde hace años se dedica a leer y comentar libros.
