La memoria y sus formas
Tarde de lluvia, empezó el otoño. Es 24 de marzo, y decidimos hacer el club de lecturas este día. Para varios, significa ausentarnos de la marcha. Pero pensamos que es importante que la biblioteca aloje este día de la memoria, que se pueda conversar en lo pequeño del barrio, también con aquellas y aquellos que piensan distinto, que no se sienten convocadxs por símbolos que para nosotros son propios y sagrados.
La invitación: traer un objeto que guarde una memoria. La mesa los recibe, junto, por supuesto, a los libros. Los nuevos, los del otoño que acaban de llegar. Los de siempre, en una selección especial que tienen que ver con la última dictadura: La balada del álamo carolina, de Haroldo Conti, El colectivo, de Eugenia Almeida, Glaxo, de Hernán Ronsino, entre otros.Terminaríamos el encuentro con ese epígrafe hermoso que tiene el cuento de Conti:
Ciruelo de mi puerta
Si no volviese yo
La primavera siempre
Volverá. Tú florece.
(anónimo japonés)
Antes, como siempre, historias. Compartimos algunas, en el modo que elegimos para narrar hoy el encuentro.
La historia de Pablo empieza cuando cuenta que su papá lo tuvo de grande y falleció cuando él tenía once o doce años. Ahora tiene veinticinco. Recuerda que a su padre le encantaba hacer picadas, cortar queso, salamín y longaniza, pero a veces no podía porque los dedos se le quedaban duros, la mano agarrotada. Pablo lo miraba sin entender. Cuando le preguntó por qué, su padre le mostró los antebrazos, donde una cicatriz larga y blanca llamaba la atención.
La historia de esa cicatriz se la contó como pudo: a veces sí, a veces no, aunque siempre con angustia. Esa marca era el resultado de una operación que le hicieron tiempo después de haber estado detenido, desaparecido y torturado en varios lugares. Nunca supo exactamente cuáles, Pablo tampoco pudo reconstruirlo. Sabe que militaba en Montoneros, que vivía en Capital, que solo se vinieron para el barrio después de que les haya ido mal en el 2001.
Muestra entonces su objeto, que estaba, como la carta robada, siempre a la vista: es el morral negro que trae siempre. El que usaba su padre, y en el que ahora Pablo lleva y trae los libros de la biblioteca, entre otras cosas.
También dice algo muy bello: que, aun si murió joven, los médicos no entendían cómo sobrevivió tantos años con todas las enfermedades que tenía. Que era un caso de estudio. Pero Pablo tiene una hipótesis: siempre andaba con proyectos nuevos, inventando e imaginando. Hasta que, un día, dejó de imaginar. Ahí se murió.
Al escribir, nos quedamos pensando que tal vez también logró esperar al momento en que Pablo tuviera los años necesarios para poder contarle esta historia, la que hoy nos cuenta.
Quedamos conmovidos. No lo conocíamos mucho. Es un vecino que llegó al club porque una chica del centro, que a veces viene, lo puso en contacto con nosotros. Ella tiene un hermano al que Pablo le daba clases de apoyo, y se le ocurrió que podía ser interesante que Pablo conociera el centro, que nosotros lo conociéramos a él. Desde entonces, viene casi siempre. Pero no sabíamos nada de su historia.
Era para esto, entonces, que teníamos que abrir el club el día de la memoria. Para que Pablo pueda contar. Para escucharlo. Para que también conozcan su historia Teresa, que tiene una mirada muy distinta sobre la última dictadura militar, pero también Julián, Delfina o Luján, que tienen doce y trece años y están empezando a conocer algo de esta historia.
Es así como comprendemos que el club de lecturas es precisamente eso: un espacio para compartir historias y entrelazarlas con los libros y con otras memorias.
También está la historia de Teresa. Ella comienza diciendo que para ella es importante que se sepa «la otra parte». Se anima a mencionarlo, aunque imagina que a muchos de los presentes esa idea nos incomoda, incluso a su hija y a su nieta, que también están allí. Habla de su ex marido, el papá de Noe, que llegó desde Misiones de adolescente para estudiar en una escuela militar en la escuela Lemos. Cuenta ella que alguna vez, cuando él estaba en esa escuela, militantes vestidos de militares llegaron en un camión y asesinaron a un grupo de jóvenes que se estaban formando allí. Que ella cree que falta que se cuente esa parte de la historia, que incluso él nunca se animó a contar demasiado.
También cuenta Teresa que su ex marido fue castigado muchas veces, dejándolo encerrado durante días por no obedecer, por ser díscolo. Y recuerda la historia de su hermano, que luchó en Malvinas y volvió con graves problemas de salud hasta morir a los 47 años. O la de otro pariente, que los militares entregaron muerto en un ataúd cerrado y cuya madre nunca pudo aceptar que era él quien yacía dentro.
La conversación se abre, es una oportunidad para hablar sobre lo que significa el terrorismo de Estado. También sobre las historias de Malvinas y sobre las de muchos chicos que vienen de familias humildes, en busca de cierto ascenso social, e ingresan a las fuerzas de seguridad, donde se encuentran con tratos crueles en los que, a veces, crecen y se forman.
Luego está la historia de Noe, que elige hablar de una cámara de fotos y de los negativos que guarda. Esa cámara la tenía junto a su pareja, Juan, cuando llegaron desde Misiones a Buenos Aires. Entre las imágenes está la de aquella gran nevada. Para Noe, mudarse a Buenos Aires significó cambiar la manera en que miraba el mundo. Estudiar trabajo social y leer sobre la última dictadura militar le permitió conocer cosas que nunca había sabido ni imaginado en su provincia natal.
Martín, en cambio, habla de una foto ajada por el tiempo, marcada por dentro y por fuera. Durante años estuvo en la cocina familiar, visible desde la mesa de almorzar, cenar y desayunar. Es una foto impresa en un papel viejo y de un tamaño poco común hoy. En la imagen aparecen su papá, su mamá y dos amigos: Pablo, que sigue estando, y Diego, que ya no está. Diego desapareció poco después de que tomaran esa foto en un campamento en la Patagonia. Se comprometió con la militancia, pasó a la clandestinidad y, finalmente, fue desaparecido por los militares.
Para Martín, esa foto representa la manera en que se le fue transmitiendo la historia del país, la dictadura, los desaparecidos y la violencia.
Y hay más relatos: el mate de Julia, que pertenecía a su padre fallecido y que decidió quedárselo cuando vio que ningún hermano lo quería llevar. O el insecto de juguete que guarda Laura, que estuvo en la torta de cumpleaños de Julián, su primer hijo, y que con el tiempo ha perdido una pata, un ojo, una antena, pero sigue siendo testigo de aquel momento especial.
Juan menciona la bombilla de plata, un objeto ausente porque permanece en Misiones, pero cargado de historia. En donde vive su familia, de dónde él viene, el agua, cuenta, es natural y purísima. También de allí proviene la piedra preciosa blanca y reluciente que trae Delfi, quien cuenta la historia de su familia a través de ella.
Todo esto es memoria. Todo esto sucede un lunes de lluvia en el paraje La Rueda, en los bordes de La Plata, mientras comemos las galletas caseras que hizo Delfi. En ellas está escrito lo mismo que en tantas plazas del país sigue gritando la gente: «Nunca más».
Club de lecturas “Cururú”
Paraje La Rueda- La Plata- Pcia. de Bs. As.
Liliana Ramírez
Posted at 10:50h, 28 marzoGuauu qué emoción. Qué alivio y qué importante propiciar estos encuentros. Compartir, escuchar y abrazarte cada una de las miradas, las que se acercan más a nuestro parecer y las que no. Hermoso. Gracias por compartir.
graciela falbo
Posted at 11:14h, 28 marzogran relato.
un trabajo capaz de rescatar memorias como piezas sueltas reparadas del olvido. Cada una brilla en la emoción de quien la comparte y además se ve el modo en que trabaja y se expande en la memoria del grupo. Muy hermosa.