A Clarice Lispector no se le tocaba «ni siquiera una coma»

junio, 2022
"Aquella escritora estupenda me pedía que tuviera cuidado con sus textos. Como si lo contrario fuera posible": Marina Colasanti, editora de Lispector, cuenta cómo fue recibir sus materiales semana a semana. En Todas las crónicas (Fondo de Cultura) de la autora fallecida en Río de Janeiro en 1977, una de las más importantes escritoras brasileñas del siglo XX.

Fuente: Eterna Cadencia

Autora: Marina Colasanti

Aquel viernes 18 de agosto de 1967 fue especialmente tenso en la redacción del Caderno B. Pesaba sobre nosotros una doble responsabilidad: inaugurar a la mañana siguiente el suplemento de los sábados y presentar a Clarice Lispector como cronista.

Clarice dijo rápidamente a qué había venido. Rompiendo la tradición de la crónica continua, ocupó su espacio en la segunda página con varios textos cortos, una verdadera muestra de los que serían sus temas centrales a lo largo de los siguientes seis años: la relación madre-hijo, la protesta contra la resignación, la búsqueda del yo, los desvanes del pensamiento y la transformación del hecho cotidiano en pura metafísica.

Desde el principio me encargaron a Clarice. El editor del Caderno, reverente, parecía tenerle miedo, aunque en realidad era una reverencia que se confundía con la falta de trato. Le pareció más tranquilo encargarme que la recibiera cuando eventualmente viniera al periódico, que le mandara los comunicados necesarios y contestara el teléfono cuando ella llamara. Pero, sobre todo, que recibiera sus textos y me hiciera responsable de ellos.

Ese encargo me hizo feliz. Desde la adolescencia la admiraba, y ahora, textos similares a aquellos que había leído en su sección “Children’s Corner”, de la revista Senhor, llegaban a mis manos.

No creo que Clarice se haya acordado de que ya nos conocíamos, mejor dicho, de que yo ya la conocía. Era aún novata en Jornal do Brasil el día que un amigo mutuo, el periodista Yllen Kerr, me dijo que iba a visitarla, y me preguntó si quería acompañarlo. La sirvienta nos abrió la puerta, nos sentamos en la sala en penumbra. Clarice tardó justo el tiempo necesario para ser deseada. Y llegó.

Tal vez por el hecho de que estaba sentada, me pareció más alta de lo que era. Tenía una presencia imponente. Y estaba consciente del impacto que provocaba su extraña belleza. En ella nada era casual, todo había sido elegido con cuidado —durante los años siguientes, jamás la vería sin maquillaje—. La conversación sólo se dio entre ella e Yllen, una conversación llena de pausas, titubeante, como si los dos estuvieran caminando por el fi lo de una navaja. Ella hacía unas pausas que él no se atrevía a interrumpir o lo hacía exactamente cuando ella retomaba el discurso, entonces los dos se detenían unos instantes a la espera del próximo paso. Yo, muda, la observaba, siguiendo los gestos de sus manos, la combinación de sus pulseras sin brillo, como si fueran antiguas o rústicas, la ropa oscura que se perdía en la sala oscura, sólo una lámpara encendida. No fue una visita larga ni íntima, pero fue inolvidable para mí.

Y porque Alberto Dines, editor en jefe de Jornal do Brasil, la había invitado a colaborar en el Caderno B, sucedió que aquella escritora estupenda me pedía que tuviera cuidado con sus textos. Como si lo contrario fuera posible.

Al iniciar sus colaboraciones, vino a la redacción algunas veces. Después, nunca más. Mandaba los textos con una empleada, en un sobre grande de papel de estraza, siempre igual, firmado con aquella letra difícil, la única letra que el incendio, que le había engullido la mano derecha, le permitía.

Y cada vez, al extenderme el sobre, la empleada repetía la recomendación de Clarice de que tuviera cuidado con sus textos porque los necesitaba y no tenía copias. Pero no era la voz de la empleada la que yo escuchaba, sino la suya, que tantas veces por teléfono me había advertido, con aquella manera suya de vibrar las “erres” en la garganta, de su imposibilidad de usar papel carbón porque “el carbón se arrruga”. Yo repetía “arrruga” en mi cabeza y redoblaba los cuidados.

Decidimos que las colaboraciones semanales de Clarice serían recibidas en una caja separada y exclusiva en la mesa de redacción. Llevé a su empleada hasta aquella especie de nido, para que transmitiera a Clarice el cariño especial con que tratábamos su trabajo.

Aún así, la empleada siguió repitiendo el mantra, que servía más para tranquilizar a la misma Clarice que para ponernos en alerta.

Años después, al encontrar algunos de aquellos textos, que había tratado con intimidad, transferidos al contexto de una u otra novela, entendí aún más profundamente por qué el hecho de que no existieran copias hacía que Clarice se sintiera tan amenazada. Cualquier frase podría volverse insustituible en el futuro, ninguna podía perderse. Como revisora responsable del Caderno B, me tocaba el privilegio de leer a Clarice antes de que bajaran el texto a los talleres. Hacía algunas mínimas correcciones de los errores de mecanografía, nada más eso. Y a veces ni siquiera eso hubiera sido necesario. Sin embargo, otra de sus constantes solicitudes era que les re comendáramos a los revisores que no movieran sus comas. “Mi puntuación —dijo más de una vez— es mi respiración.” Y durante todos los años que colaboró en el Caderno B, Clarice pudo respirar tranquila, ni siquiera una coma fue retirada de su lugar.