Juan Villoro: “La pandemia en México es el hambre”

enero, 2022
Acaba de publicar cuentos, una novela y un ensayo. En ellos, el escritor mexicano clava la mirada en la violencia de su país, aunque también les dé lugar al exilio, la neurociencia y a MaraDios.

Fuente: Clarín

Autor: Javier Mattio

 

Prolífico es un término incompleto para caracterizar a Juan Villoro (Ciudad de México, 1956), capaz de mantener una vivacidad única en su recorrido múltiple. En solo un par de meses se han publicado la novela La tierra de la gran promesa (Penguin Random House), tour de force de comicidad agridulce por el México de las últimas décadas; Mente y escritura (Malba Literatura), disquisición exquisita sobre el misterioso proceso literario desde la amistad que profesó el escritor con su compatriota Sergio Pitol; y Examen extraordinario (Fondo de Cultura Económica), valiosa selección de cuentos supervisada por Villoro mismo.

El país de origen del autor (contrastado satíricamente en La tierra de la gran promesa con la España en que residió temporalmente), podría pensarse como punto de encuentro de las tres ediciones. Villoro confiesa por mail cierto paralelo con el protagonista de su novela, el documentalista cincuentón Diego González, que mira desconsolado su patria desde un exilio demasiado cómodo para ser cierto.

Juan Villoro, autor prolífico, fue agregado cultural de la embajada mexicana en Berlín Oriental entre 1981 y 1984.

“Todos tenemos una ‘tierra prometida’ donde pensamos que la vida sería mejor. Puede tratarse de un lugar geográfico o de un espacio de la memoria o el deseo. Para Diego esa zona es el cine, pero al hacer documentales de alto riesgo se mete en problemas y debe buscar otro refugio; por eso emigra a Barcelona. Hay un sesgo autobiográfico en esto, pues yo fui con mi familia a esa ciudad después de sufrir un asalto en México. Hay muchos tipos de exilios y en las últimas décadas muchos se deben a la violencia. Pero Diego descubre que Barcelona no lo alivia de lo que ha hecho en México y debe volver para encarar su destino, como un cineasta que entra al cuarto de edición en busca del último corte”,apunta.

Y añade: “Crecí en un país donde el optimismo se basaba en desgracias que queríamos olvidar. Después de la represión del movimiento estudiantil de 1968 mi generación entró a la universidad en un momento que prometía ser diferente. Se hablaba de apertura y democracia; yo milité en el Partido Mexicano de los Trabajadores, modesta organización que desafiaba al PRI, que estuvo en el poder durante 71 años. Todo estaba mal, pero las señales de cambio indicaban que cualquier transformación mejoraría la realidad. Este ‘optimismo de la catástrofe’ nos llevó a concebir sueños radicales. ¡Todas las utopías estaban en oferta! El futuro era una arcadia que se desmarcaba por completo de todo lo que conocíamos. En los años siguientes México en efecto cambió pero no necesariamente para bien, y entró en una crisis de la que no ha salido”.

“La mujer de Diego, Mónica, es treinta años menor; no conoció la esperanza desaforada de los años setenta y su única realidad es el desastre -completa Villoro-. Curiosamente esto le permite entender mejor el entorno. Para ella la tierra de la gran promesa no es un maravilloso horizonte inalcanzable sino el horror que nos rodea, pero que puede ser cambiado de algún modo. Es una lección tardía pero decisiva”.

–¿Cómo afecta la pandemia a México y cómo la transitás a nivel personal?

Personas en situación de calle hacen una fila para recibir alimentos en Ciudad de México durante 2020. ( Foto: EFE/ Sáshenka Gutiérrez

–Al principio fue una oportunidad de acabar con pretextos para escribir a solas, pero de inmediato llegaron las señas de quienes no podían darse el lujo de estar en casa. La auténtica pandemia de México es el hambre. Hay gente que debe salir a la calle para vivir. Podías estar escribiendo pero otros tocaban a tu puerta para vender tortillas, tocar la trompeta, ofrecer flores. De nada servía estar aislado si otros no podían hacerlo. Como escribo una columna para el diario Reforma dejé testimonios de eso, pero el tema me interesa poco, lo que más anhelo es dejarlo atrás. Estoy convencido de que la gran novela de la pandemia será escrita por los que más perdieron, los niños que se separaron radicalmente de su realidad. El novelista del virus tiene cinco años, los que Daniel Defoe tenía cuando atestiguó la peste en Londres. Décadas después la describió en forma inmejorable.

–En “La tierra de la gran promesa” se nombra a la “revolución”. ¿Cuál es la de hoy?

–Las nuevas revoluciones deben transformar la política en una forma de la ética. El mejor ejemplo son los zapatistas de México. Su levantamiento armado fue un gesto para llamar la atención, pero de inmediato depusieron las armas y se convirtieron en un movimiento político ajeno a la búsqueda del poder, en aras de una construcción comunitaria donde el “nosotros” supera al “yo”.

–El arte documental evocado en la novela se equipara a la crónica. ¿Qué te lleva al documental o la ficción?

–Diego adopta el documentalismo por neurosis más fáciles de explicar que las mías (por desgracia,ningún novelista me está escribiendo). Una y otra vez se pone en peligro, dando oportunidad al destino de emparejarse con él. Mi situación es más ambivalente. No me basta escribir cuentos, teatro ni novelas; siento el impulso de ir a lugares donde las historias no son mías y las razones dependen de los demás. Esto se debe a un carácter disperso, con curiosidades cambiantes. Diego González quiere ser perdonado en un sitio, la zona de peligro; supongo que yo quiero ser perdonado en más lugares.

–En “Mente y escritura” mostrás interés por la neurociencia. ¿Qué advierte esta rama científica que la literatura no haya imaginado?

–En El error de Descartes el neurocientífico portugués Antonio Damasio sostiene que, según las más recientes investigaciones del cerebro, en la toma de decisiones la voluntad antecede a la reflexión. El libre albedrío depende del sentimiento; por ello la frase de Descartes “pienso, luego existo” debería reescribirse como “siento, luego existo”. Sólo razonamos a posteriori. La ciencia confirma lo que las historias han dicho durante mucho tiempo.

–Tus novelas arman una saga mexicana acaso involuntaria de protagonistas masculinos. ¿Qué lugar ocupan tus relatos?

–Mis novelas dependen en efecto de personajes que se mantienen un tanto al margen. Los cuentos apuestan más por la trama. Examen extraordinario reúne textos escritos a lo largo de treinta años. Hice la selección de memoria, pensando en los relatos que recordaba con mayor fuerza. Hay cierta unidad temática: las rarezas de lo cotidiano y el misterio de lo común. El recurso más fuerte del cuento es la trama; sin embargo me interesa que las historias avancen de manera leve, un tanto inadvertida; de pronto estamos en otro asunto, algo cambia por una ironía del destino. Las buenas historias tienen algo sorprendente que, al ser repasado, resulta lógico: eso realmente podía ocurrir. Sólo de manera retrospectiva le damos sentido al azar.

Mural en Villa Fiorito que tiene a Maradona y a Messi como protagonistas. Foto: REUTERS/Mariana Nedelcu

–En La tierra de la gran promesa nombrás a Pelé y Messi. ¿Qué motivó la inclusión? ¿Cómo recibiste la muerte de Maradona?

–En la novela no hablo de Pelé Messi como futbolistas sino como misterios biológicos. Ambos están en el pináculo de su carrera pero saben que les quedan pocos años como deportistas. Nada indica que se vayan a venir abajo, pero eso sucederá. Esto es dramático por evidente. Lo raro son las fechas de caducidad que llevamos dentro sin estar enterados de ellas. ¿Cuándo llegan las últimas oportunidades? Ver a una persona, ir a un sitio, hacer el amor, escribir un poema pueden ser despedidas que ignoramos… Y hablando de despedidas, la de Maradona nos permitió imitarlo en su segundo gesto público: el llanto inconsolable. Nadie podía ser como él en el campo, pero al menos podíamos compartir el sentimentalismo que no le dio vergüenza ejercer. En un entorno tan machista como el del fútbol, Maradona ejerció la valentía de la vulnerabilidad. Hubo algo liberador en ese llanto masculino, la última jugada de MaraDios.

–Tu escritura ostenta sesgos aforísticos. ¿Hay una reciprocidad con el tuit?

–Traduje a Lichtenberg, que ganó fama como aforista, pero en realidad sus frases están entresacadas de apuntes. Me parece pretencioso escribir máximas como “gotas de sabiduría”, pero en las novelas largas me gusta colar frases que el lector puede descubrir. El texto es mío pero los subrayados son suyos. Quien da cabal sentido a esas minucias es el lector.

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