Tráfico pesado hacia el delito

febrero, 2024
El narco y el robo de autos –en nuestro país, casi 100 mil al año– son las pujantes líneas de negocios criminales en América Latina.
Aquí y en su libro, el estudioso Marcelo Bergman examina el aumento de la delincuencia regional, las ausencia de respuestas de las democracias y la deficiencia de las instituciones que aplican la ley.

Resultado de más de una década de trabajo intensivo en la recolección de datos, la elaboración teórica y los temas de investigación, El negocio del crimen se propone abordar tres interrogantes críticos: por qué aumentó la delincuenciaen América Latina, por qué las nuevas democracias no abordaron eficazmente el problema y por qué son deficientes las instituciones encargadas de aplicar la ley. “Es necesario trascender las explicaciones tradicionales acerca del delito”, plantea Marcelo Bergman en el libro, “una versión actualizada y con una mirada más general” de la que publicó en inglés con la editorial de la Universidad de Oxford.

Marcelo Bergman. Foto Maxi Failla.

Marcelo Bergman. Foto Maxi Failla.

Bergman es doctor en Sociología por la Universidad de California en San Diego y dice que el crimen podría definirse con los términos con que Winston Churchill caracterizó a la Unión Soviética: “Un acertijo, envuelto en de un misterio, dentro de un enigma”. Pero el fenómeno no es necesariamente insondable y la situación revela en primer lugar la insuficiencia de las teorías y las malas praxis de la política.

–Según expone en el libro, el crimen ha aumentado en todos los países de América Latina dentro de un patrón regional. ¿Cuál es ese patrón?

–Nuestro crimen se explica por la búsqueda de la renta que producen los mercados ilegales. Hay un sinfín de mercados ilegales y en el libro desarrollo cómo emergen y se consolidan. No es que en Europa no haya mercados ilegales, pero la escala es muy pequeña. En América Latina una parte importante de los repuestos que consumen los autos usados proviene de robos. Se roban más de un millón de autos por año en América Latina, y en la Argentina casi 100 mil por año. Es un negocio millonario en dólares e intervienen muchos actores, desde el ladrón y el desarmador hasta el distribuidor y el vendedor. Esto se observa en otras actividades que también provienen del delito. Los celulares usados tienen orígenes dudosos y cualquier persona sabe dónde comprarlos. Hay mercados ilegales de combustible, de productos digitales, de ropa, de comida, de mascotas. La mayoría de la población no puede adquirir esos productos nuevos.

Desbaratan un desarmadero de motos en Barracas - Foto Policía de la Ciudad

Desbaratan un desarmadero de motos en Barracas – Foto Policía de la Ciudad

–¿Hay entonces tolerancia social hacia esas actividades y una integración de la economía ilegal con la legal?

–Así es, los mercados ilegales están integrados a la economía formal. La gente por supuesto está en contra del robo y no es que esté de acuerdo con consumir productos robados, pero tampoco pregunta demasiado. El diferencial de precios hace atractivo al producto ilegal. El crimen se ha transformado en un negocio.

–¿Cómo analiza el negocio con las drogas?

–El mercado ilegal más rentable es sin duda el de la droga, entendiendo por droga un conjunto de sustancias de distinto tipo y valor. Cada mercado tiene características propias. En el libro hay un capítulo entero sobre el tema de la droga y trato de demostrar que se trata de un mercado atomizado. No hay un cartel dominante en la Argentina, Uruguay, Chile o Paraguay sino distintos actores. El mercado está impulsado por una demanda muy fuerte tanto a nivel doméstico como a nivel internacional, y esa demanda importante quiere ser satisfecha por empresarios del crimen, entre comillas: transportistas, blanqueadores del dinero, vendedores. Ahora, una cosa es controlar el territorio de producción y otra controlar los tráficos, que es lo más difícil, o la venta minorista. Cada actividad tiene características distintas. Por ejemplo, en la fase de producción, no hay tanta violencia. Las grandes peleas entre los grupos criminales se producen en el transporte. Si uno va a transportar un cargamento de cocaína, lo primero para controlar es que no se lo roben los otros. Después, hay que burlar las fronteras y pagar sobornos. Es una empresa sofisticada que exige, como dicen los norteamericanos, deep pocket, bolsillos profundos, ya que hay que soportar una confiscación. Una banda de eslovenos que quiere distribuir cocaína en los Balcanes puede contar con un proveedor y con un esquema de distribución, pero se enfrenta al problema del traslado. Ese servicio lo provee el Primer Comando de la Capital, de San Pablo, que asegura el envío de la cocaína desde Santos o desde algún otro puerto hacia el oeste de África, donde lo toman otros transportistas. Lo paradójico es que cuanto más efectiva es la aplicación de la ley, como la demanda es constante, los precios suben y las rentas son mayores.

–En el libro propone el concepto de equilibrio del crimen. ¿Hay racionalidad en el delito? Que funcione con una lógica de mercado ya lo sugiere.

–La teoría que propongo es que el crimen se transforma en un gran negocio cuando las autoridades encargadas de prevenirlo no alcanzan a disuadirlo. Si la posibilidad de ser detectados y sancionados es alta, lo más probable es que la mayoría de los potenciales delincuentes se abstenga de cometer un ilícito. Otras personas no le prestan atención a la capacidad del Estado para disuadir, pero en la mayoría de los casos hay una suerte de equilibrio donde los delitos quedan circunscriptos. En cambio cuando la disuasión colapsa se produce lo que llamo la diversificación criminal, la expansión de la cartera de negocios criminales. La Organización Mundial de la Salud determina como epidemia de homicidios una tasa de diez homicidios por cada cien mil habitantes. Todos los países que están por encima de esa tasa son de alta criminalidad; entonces no hay solamente homicidios sino también extorsiones, secuestros, robo de combustible, negocios de altísima rentabilidad y muy predatorios, con muchas muertes. Argentina no tiene una tasa de homicidios alta –alrededor de 5 cada cien mil habitantes–, pero sí un problema de robos muy serio y un foco problemático en Rosario, donde pareciera haber un equilibrio de alta criminalidad porque las autoridades perdieron el control del territorio y se consolidan bandas que encuentran distintos negocios. Además está el problema social, por lo que es fácil reclutar soldaditos y hay mucha vocación de cometer ilícitos porque los canales tradicionales de movilidad social están bastante obturados. El foco en Rosario tampoco es un problema mayúsculo –no es México, donde existen siete, ocho grandes bandas consolidadas con un tráfico de droga cien veces más rentable– y debería resolverse.

Fotografía cedida por la presidencia de El Salvador donde se observa el traslado de pandilleros a la cárcel denominada Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en Tecoluca (El Salvador).

Fotografía cedida por la presidencia de El Salvador donde se observa el traslado de pandilleros a la cárcel denominada Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) en Tecoluca (El Salvador).

–En la parte final del libro hay pautas para políticas públicas, entre las cuales desaconseja la mano dura y el encarcelamiento masivo. En el contexto argentino parece difícil escuchar esas propuestas.

–No hay que tener mano dura ni mano blanda. No doy recomendaciones específicas porque no es la función del libro, pero sí guías para encaminar la política pública. Trato de advertir que si no prestamos atención a los mercados ilegales no vamos a enfrentar el problema de la criminalidad en América Latina y especialmente en la Argentina. El problema es el mercado ilegal y no se acaba con el ladrón preso. Las cárceles no resuelven el problema del crimen. No digo que haya que eliminarlas, las cárceles serían para los criminales más violentos y para los defraudadores de la fe pública, incluyendo políticos, jueces y policías. Pero cuando existe una demanda por productos ilícitos y gente lista para involucrarse porque eso produce una renta importante, por cada ladrón o vendedor preso hay otros diez dispuestos a tomar ese lugar. La Argentina tiene hoy más de cien mil personas detrás de las rejas, en América Latina hay casi dos millones de personas presas, y el crimen sigue. El instrumento más importante es desarmar los nudos de los mercados ilícitos y reducir el diferencial de precios que incentiva el crecimiento de esos mercados. Por supuesto hay también un debate sobre las drogas: en Argentina no se persigue a nadie por las drogas de diseño conforman un mercado grande pero que no es violento, no produce mucho crimen en sentido tradicional y en la Argentina no se lo persigue demasiado. Hay que analizar cada mercado analizar por separado y no pensar que simplemente con leyes draconianas se va a resolver el problema. Otro gran problema es la falta de inteligencia criminal: no hay bases de datos sistematizadas, no hay vasos comunicantes entre las distintas agencias y los fiscales tampoco están entrenados para entender la operatividad del crimen ni los esquemas de finanzas en el lavado de dinero. Nuestros fiscales entienden de derecho penal e intervienen cuando se cometió el delito. Muchos de esos delitos son prevenibles, entonces tiene que haber una agencia que se dedique a monitorear sin invadir derechos individuales y a hacer inteligencia previa. Es muy difícil desarmar un negocio cuando está consolidado.

–A propósito de las cárceles la política de seguridad del presidente Nayib Bukele en El Salvador tiene amplia difusión mediática. ¿Es un nuevo modelo?

–En inglés se llama overwhelming force a la política de fuerzas desmedidas que desconocen derechos individuales. Es la estrategia que aplicó George Bush en Irak, lo que hace ahora Israel en Gaza y lo que Bukele eligió con propósitos electorales. No sabemos qué va a pasar en El Salvador dentro de cinco años: hay una generación de gente inocente en las cárceles. Bukele tiene apoyo popular, porque la situación era catastrófica, pero ese tipo de intervenciones se puede hacer en países donde no existe tradición de Estado de derecho. Tenemos que esperar para ver cuáles son las consecuencias, de hecho ya hay reorganización de maras en zonas rurales de El Salvador.

BÁSICO

Marcelo Bergman. Foto Maxi Failla.

Marcelo Bergman. Foto Maxi Failla.

Marcelo Bergman

Buenos Aires, 1958. Sociólogo.

Doctorado en la Universidad de California, se desempeña como profesor y director del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre Inseguridad y Violencia de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Fue profesor e investigador en México y en EEUU y participó en proyectos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y el Banco Mundial, entre otros organismos. Publicó entre otros libros Confianza y derecho en América Latina (con Carlos Rosenkrantz, 2009) y Drogas, narcotráfico y poder en América Latina (2016). Trabaja en la versión al español de su libro Prisons and Crime in Latin America (con Gustavo Fondevila, 2021).

Fuente: Revista Ñ
Por Osvaldo Aguirre

Añadir al carrito

Sumate a FCE

Suscribite y conocé nuestras novedades editoriales y actividades antes que nadie, accedé a descuentos y promociones y participá de nuestros sorteos.