Amparo Dávila: el gótico femenino en Hispanoamérica o cómo llevarse puesto todo el orden conocido

abril, 2022
Los cuentos de la narradora mexicana Amparo Dávila (1928-2020) llegan a la Argentina gracias a Fondo de Cultura Económica y simultáneamente desembarcan en España a través de una coedición entre Páginas de Espuma y la editorial mexicana

Fuente: Infobae

Autora: Jimena Néspolo

Entre el primer libro de cuentos de Amparo Dávila, Tiempo destrozado (1959), y el último, Con los ojos abiertos (2008), transcurren casi cincuenta años furiosamente marcados por la transformación de la cotidianidad de las mujeres: en sus prácticas, en sus modos de asumir la sexualidad y las emociones, en las maneras de relacionarse con “lo familiar” e incluso con el “terror”. A mitad del siglo XX no existía el botón antipánico, tampoco la pastilla anticonceptiva, y el concepto de familia se amalgamaba férreamente al de la religión y el Estado. La reciente edición de los Cuentos reunidos de Amparo Dávila (1928-2020) es un acontecimiento literario porque permite observar el espesor de ese arco de transformaciones en la pluma de una escritora que transitó de la poesía a la prosa, imprimiendo al gótico femenino hispanoamericano una potencia inusitada que ni las groupies de Stephen King pueden soslayar.

Si en “El huésped”, un cuento publicado en la década del cincuenta, la cotidianidad de las mujeres de la casa resulta violentamente amenazada por un imprevisto “huésped” cuya rara naturaleza no alcanzamos a desentrañar, en “La casa nueva” (2008), uno de los últimos relatos de Cuentos reunidos, encontramos que la protagonista ya es una exitosa empresaria que afronta las extrañas visiones que comienzan a desestabilizar psicológicamente primero a su hija y luego a ella misma, con un sentido práctico y resolutivo. El mundo de Dávila está confeccionado a partir de escenas domésticas donde lo fantástico emerge para llevarse puesto el orden de lo conocido; son ficciones protagonizadas por mujeres que habitan sus hogares como fieras enjauladas y cuidan con el mismo celo a sus hijos, aun cuando los mismos tengan comportamientos que escapen al sentido común o incluso ni siquiera hayan nacido. Cuando la posibilidad del aborto emerge, ya como fantasía o como realidad, como en “El último verano” (Árboles petrificados, 1977), la prolífica madre se inmola, culposa, intentando fusionarse con lo amorfo de la vida increada.

Madrazas de lo insólito: los cuentos Amparo Dávila echan raíces en la larga tradición del gótico femenino hispanoamericano, ese que palpita desde el siglo XIX en las ficciones de Eduarda Mansilla (1834-1892), Juana Manuela Gorriti (1818-1892), Soledad Acosta de Samper (1833-1913) y Emilia Pardo Bazán (1851-1921).

La edición española de los relatos está acompañada por un prólogo de Mariana Enríquez, quien considera a estas ficciones como “cuentos de terror” y afirma: “‘El huésped’ es un sutil cuento sobre el micromachismo y la violencia doméstica. (…) Lo que es muy notable es que la protagonista vive en un mundo y el marido en otro porque él trae este bicho, lo pone en una habitación, no tiene nombre y todo el mundo está aterrorizado. Cuando se lo dicen, él dice que no es para tanto. Tiene algo de realidad quebrada también, como si ella estuviese loca” (Télam).

En el cuento que cierra el volumen, “Con los ojos abiertos” (2008), se reflexiona sobre la naturaleza de ese “terror” que aqueja a Mariana, el personaje central: “Otra vez el mismo terror, pasar hora tras hora inmóvil, sólo esperando que en cualquier momento entraran a su recámara y la victimaran. Hacia la madrugada cesaron los ruidos, después de un buen rato, Mariana logró dormirse, no sin antes haber dado gracias desde lo más profundo de su corazón, por estar con vida.” ¿A qué le teme entonces Mariana?: a perder sus privilegios de mujer acomodada, a que ladrones, salteadores o lo que fuera interrumpan su confort y desnuden el vacío de una vida pomposa que encadena reflexiones baladíes en una casa atiborrada de objetos inútiles.

Ya que en el tiempo en que Amparo Dávila urdió minuciosamente su obra no existían la redes ni el espectáculo de la intimidad, pocos datos suyos abultan los legajos de claustros o mausoleos. Nació un 21 de febrero de 1928, en el estado de Zacatecas; estudió en el Colegio de Religiosas de San Luis Potosí; entre 1956 y 1958 fue asistente de Alfonso Reyes; en esos años contrajo nupcias con el pintor, escultor y dibujante mexicano Pedro Coronel. En 1977 ganó el Premio Xavier Villaurrutia por Árboles petrificados, y en 2015 obtuvo la Medalla Bellas Artes de México. Fue contemporánea de muchos escritores y amiga de tres grandes: Julio Cortázar, Elena Poniatowska y Margo Glantz.

La escritora francesa Elena Poniatowska recupera la siguiente anécdota: “Recuerdo que una vez en los cincuentas Amparo Dávila me contó que ya no quería manejar porque sentía que su automóvil la llevaba donde él quería, nunca donde ella tenía que ir. A medio camino tenía que obligarlo a regresar a su casa. Me pareció una historia de pavor muy similar a la de sus libros y poesías”. Por su parte, la escritora mexicana Margo Glantz la recuerda así: “Le gustaban mucho los gatos, era pequeña y frágil, y tenía muy bellos ojos, misteriosos y un poco amedrentados. Estuvo casada y tuvo sus hijas con un gran pintor, Pedro Coronel, robusto y alto: a su lado se veía aún más pequeña. También fue muy amiga de mi segundo marido, Luis Mario Schneider, escritor argentino que vivió mucho tiempo en México”. En rigor, Dávila dedica su último volumen de relatos, Con los ojos abiertos (2008), a la memoria de Schneider, quien en la década de los noventa pergeña una antología de textos de la autora, dándole un impulso importante a su obra.

Con todo, quizá sea la amistad de Julio Cortázar la que más engalana su prontuario. A él y a Aurora Bernárdez, Dávila le dedica el cuento “El entierro” (Música concreta, 1961), que narra la declinación de un hombre, cómo desovilla el relato de su vida y de sus transgresiones de alcoba junto a su testamento y el legado de sus bienes, antes de que el espectáculo de su propio cortejo fúnebre lo sorprenda. Es muy posible que haya sido a través de Alfonso Reyes que la escritora toma contacto, tempranamente, con Cortázar, a quien le envía su primer libro de cuentos en 1959. Como respuesta, el “cronopio” le manda una carta de agradecimiento donde traza algunas líneas de lectura sobre las que la crítica abundará luego: la presencia de lo insólito o uncanny como el gran tema articulador de sus ficciones, la plasticidad de una prosa que tiende lazos con el registro poético, la influencia de Leonora Carrington, etc. Entendámonos: para entonces, Cortázar ya había publicado Bestiario (1951), Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959); sabía muy bien lo difícil que era dar con un cuento de “acabado perfecto”, ese que te atraviesa como un refucilo y que se escribe de una sentada, que nace de la fusión forma/contenido y que es imposible maquinar sin dejarse llevar por la pulsión vital de la historia misma que se narra: un cuento donde lo fantástico puede emerger de algo muy simple y llegar a desestabilizar de cuajo todos los niveles de la percepción. Aún así, le piropea la maestría y le pide más. Nace entonces un diálogo de titanes que punzan en sus textos los modos en que lo insólito se manifiesta y se abisma en el presente, desfondándolo.

En una carta de Cortázar a Dávila, fechada 20 de junio de 1959, el autor de Rayuela le escribe: “He tenido un gran placer con la lectura de Tiempo destrozado, que me parece un excelente libro. En la solapa se habla de esta obra como su primer libro de cuentos; si es así, admiro la maestría y la técnica que se advierten en cada página. Si algo sé es lo que cuesta lograr plenamente un cuento; en realidad, en cada libro que publico no estoy satisfecho más que con uno o dos de los relatos. Los otros, después de múltiples tentativas, se niegan a adoptar esa forma quizá demasiado perfecta que quisiera darles. Y como la forma no existe en sí misma, sino que es más bien la justificación de lo que se escribe, la prueba tangible y estética de que valía la pena escribirlo, hay que deducir que pocos cuentos nacen plenamente vivos…”

En rigor, Julio Cortázar fue el primero en hablar del “gótico” como una especie de ensanchamiento o dialectización de “lo fantástico” que implicaría, más allá de los dispositivos formales propios del género, un modo especial de sensibilidad y de cuestionamiento de las certezas realistas. Sobre este tipo de sensibilidad, particularmente afín al reino de la infancia, al mundo femenino y a todas aquellas modalidades de lo aleatorio o subalterno, reflexiona en sendos artículos ―”Notas sobre lo gótico en el Río de la Plata” (1975) y “El estado actual de la narrativa en Hispanoamérica” (1976)—, y en la profusa correspondencia que mantiene con interlocutores de todo el mundo hispano durante décadas. Ahora sabemos que Dávila era uno de esos interlocutores, aunque su nombre no se le haya caído de la boca a los machos del Boom.

Los cuentos de Amparo Dávila surgen sin gestos ampulosos ni declaraciones estridentes, pero traman una poderosa telaraña que, sigilosamente, va acorralando al lector en un mundo no desprovisto de hechizos ni de magia, donde las explicaciones simples o unívocas se desvanecen y el miedo se impone. Fantasmas de la razón: sus personajes suelen habitar los umbrales de lo posible, se aclimatan en la locura sin entregarse completamente al delirio para, al fin, desenmascarar a los vivos y a los muertos.