Aventuras gestálticas: «Más que humano» de Theodore Sturgeon

diciembre, 2021
Fondo de Cultura Económica reedita la clásica Más que humano en su Colección Popular, una novela en la que Theodore Sturgeon imagina una humanidad que evoluciona (en Estados Unidos y en la década del cincuenta) en una curiosa dirección colectivista.

Los X-Men son una franquicia de historietas que dieron origen a un enorme corpus de historietas y películas, y que nos ayudaron a pensar cómo serían las vicisitudes éticas, morales y sentimentales de un grupo de superhumanos segregados, acosados, sospechosos, perseguidos políticamente y refugiados en la clandestinidad. Es decir, en un movimiento genial, con los X-Men el gigantesco Stan Lee hizo de la experiencia superheroica una posibilidad recreable, inmediata, con la que nos podíamos identificar en base a esas particularidades que solo veíamos, hasta ese momento, como nuestra debilidad: la baja estatura, la pobreza, no encajar en lo que se esperaba de un cuerpo hegemónico, ser nuevo en la escuela, ser de un color no muy habitual en el barrio, en la ciudad, en el país. Bastaba haber sufrido alguna forma de segregación para que pudiéramos entender a los pupilos del profesor Charles Xavier, huérfanos y recogidos en una hermandad virtuosa no exenta de conflictos, habitantes de una mansión en la que el dominio de las habilidades especiales y la ciencia eran lo más importante (sí: los mutantes eran nerds, también) y enfrentados con un sector de hermanos que no veían a los humanos sino como un obstáculo para una nueva superhumanidad.

Diez años antes de la aparición del primer número de X-Men, el señor Theodore Sturgeon escribió una novela en la que los X-Men están absolutamente prefigurados, pero además hay un paso decisivo que pone al sexteto de mutantes de Sturgeon un paso más allá. Ambientemos un poco: en la novela, un idiota que no puede ni hablar pero que es capaz de obtener sin palabras todo lo que necesita (desde que dejen de golpearlo en la calle hasta que le den de comer) se arrastra en una zona boscosa procurando una vida de una sencillez casi animal, cuando siente un llamado imposible de rechazar; dos hermanas criadas como monjas de clausura, separadas de sus propios cuerpos y deseos por un padre de un autoritarismo criminal y encerradas en una mansión inaccesible, lo atraen y son atraídas por el mismo ser del idiota hasta que el contacto desencadena una catástrofe fundante. El idiota huye moribiundo y es protegido por una pareja de granjeros. Mientras tanto, una madre soltera no puede lidiar con una hija que tiene poderes telequinéticos (hay un germen irónico de Carrie) y esta niña se encuentra con dos gemelas afroamericanas que, con tres años, aparecen y desaparecen a su antojo en el espacio; finalmente asoma Gerry, un nene “astuto como el hambre” y literalmente muerto de hambre que es recogido por el idiota, que aprendió el lenguaje humano a marchas forzadas con los viejos granjeros y que vive con los otros niños fugitivos en una mezcla de choza, cabaña y cueva. De a poco estos seres se dan cuenta de que pueden unimezclarse, y ser las partes de un Homo Gestalt, una unidad superior a la cual le funcionan como cabeza, cuerpo, manos y piernas, y cuyo cerebro es el bebé con síndrome de Down que los granjeros han tenido antes de morir (ella) y caer (él) en la locura.

Retrato de Theodore Sturgeon, realizado por Musiriam Di Trapani

Nunca cuento en este espacio los argumentos de los libros, pero hacía falta dar cuenta de la extrañeza de la trama de Más que humano en pocas líneas y entender que es una novela de principios de la década del cincuenta para tener una idea de la dimensión de su extrañeza. De todos modos, lo dicho no acierta con lo que hace tan poderosa a la novela: en primer lugar, su estilo, de un lirismo que se adivina detrás del paso al castellano. Como toda información en la era de Internet, esta es dudosa, pero aparentemente Sturgeon escribía en una prosa que podía encajar rítmicamente en métrica estándar, pero no es solo esa particularidad perdida en la traducción la que lo acerca al lirismo: Sturgeon parece haber inventado una prosa para pensar en la frecuencia mental de sus mutantes en el camino a su glorioso autoconocimiento, y entender lo que están atravesando a partir de sus propias palabras (a veces proyectadas a través de una cercanísima tercera persona) es verdaderamente un viaje, en el que aparece una duda sobre las motivaciones de Sturgeon para escribir una novela de evolución de la humanidad en una dirección colectiva, considerando que estamos en pleno macartismo (Las brujas de Salem es del mismo año, 1953). La complejidad de los procesos de los personajes de Más que humano parece irreductible a las necesidades de legibilidad de la cultura audiovisual (de hecho uno puede imaginarse una excelente adaptación cinematográfica de la novela, incluso à la Netflix, pero nunca sucedió), aunque también es fácil conectar a la novela con algunos momentos gloriosos de la historia de la televisión y las historietas (Sturgeon escribió para The Twilight Zone y Star Trek y una de sus novelas fue adaptada a historieta por Marvel) y con El protegido, de M. Night Shyamalan.

Decíamos sexteto unas líneas arriba, pero solo relevamos cinco personajes. Hip Barrows es el sexto, y es el que introduce el componente de suspenso y duda en el relato: es un individuo brillante y marginado que se obsesiona (después de entrar en el ejército dando esquinazo a distintos deseos paternos) con una anomalía electromagnética que sucede en un radio pequeñísimo cerca de una base de la fuerza aérea. De más está decir que esa anomalía involucra a los cinco gestálticos, y que la aparición de Hip (un nombre pynchoneano) fuerza el momento de más alta vibración ética de la novela: ¿qué van a hacer los gestálticos con los seres humanos? El final es muy digno de preservación, y hace pensar en el Fausto de Goethe, un poco en 2001, y hace recordar una idea que Pablo Capanna desarrolla en Ciencia ficción, utopía y mercado que no me canso de repetir en cócteles y cumpleaños: mientras la ficción seria se refugiaba en el solipsismo egocéntrico, la ciencia ficción hizo el esfuerzo de salvar el pensamiento de la ficción sobre grandes temas, a veces inmensos. Para muestra, además, lean este enorme cuento de Theodore Sturgeon, nuestro Charles Xavier literario.

Nos vemos en la próxima,

Flavio Lo Presti