La belleza y el alma de las cosas: “El proyecto de la belleza. El diseño entre el arte y la técnica” de Maurizio Vitta

marzo, 2021
En esta obra, el filósofo italiano especialista en arte, arquitectura, y comunicación visual, narra la historia del diseño industrial desde el epicentro de la Great Exhibition de Londres de 1851 hasta un presente en el que el diseño está tensionado entre una múltiple demanda y la extinción de la especificidad de su “proyecto”.

No hay mejor momento para leer este libro de Maurizio Vitta que hoy. Publicado originalmente en 2001, sus primeros lectores debieron conformarse con el nutrido dosier de imágenes que acompaña al texto en el centro, pero no hubieran tenido la posibilidad que ustedes y yo tenemos en el 2021. ¿El exprimidor de Philippe Starck, o su Scooter Lama o la moto Aprilia 6.5? Todos los extraordinarios diseños que Vitta registra y ubica en la trama cultural que les dio origen y sentido histórico están a un clic de distancia, y la queja que el propio filósofo esboza en el prólogo (la dificultad de integrar tanta ilustración al texto) está compensada por ese Aleph vertiginoso en el que pasamos nuestras horas más abundantes. Y si bien una reseña formal demandaría describir el proyecto intelectual de Vitta, en el sentido de que El proyecto de la belleza. El diseño entre el arte y la técnica tiene el objetivo de ubicar la historia del diseño en la abigarrada trama que determinó su ambiguo nacimiento (el tironeo entre las necesidades de la industria, la técnica, el mercado y la sociedad de masas naciente y la vocación artística de los héroes de la imaginación; la tensión originaria entre la forma de los objetos y su función, que vertebró buena parte de las discusiones y fue fuente de una inagotable acción creativa por parte del creciente campo del diseño industrial), creo que lo más hermoso que este libro nos ofrece es una respuesta narrativa a la pregunta a la que nos inclina la condición de lectores no especializados: ¿Cómo, en nombre de Dios, Cthulhu, Alá, apareció a nuestro alrededor este mundo interminable de chucherías fantásticas que los diseñadores crearon con los objetivos sucesivos de paliar necesidades, estimular el consumo, atormentar el deseo, sustituir la ya inaccesible naturaleza por un placebo semiótico (en el sentido de que, coincidiendo con la teoría del simulacro de Jean Baudrillard, los objetos son cada vez más una representación de valores sígnicos que objetos de uso o mero consumo)?

 

El Juicy Salif, exprimidor de fruta diseñado por Philippe Starck en 1990.

Desde el monumental Crystal Palace que es el epicentro de esta historia (el inmenso invernadero creado por un constructor de invernaderos ¡! para exhibir el fruto del ingenio humano en 1851), hasta las recientes soluciones demandadas por la industria de la informática que es cada vez más el eje de nuestras vidas; desde las curvas biomórficas y fitomórficas del art nouveau que encontramos en edificios inesperados en nuestras ciudades (pueden verlo acá los lectores de Buenos Aires y acá los lectores cordobeses, por ejemplo) a las oficinas desestructuradas que consisten en “una única mesa de 200 metros de largo dotada de doscientas conexiones telefónicas e informáticas en torno de la cual empleados y dirigentes se pueden ubicar a su gusto”; desde un balde de plástico creado por Gino Colombini que fue capaz de ganar el Compasso d’Oro (¡un balde de plástico!) a las fetichizadas fantasías del car design (pasando por el impactante registro que el cine, como máquina de impulso del deseo, ha hecho de la historia casi paralela del diseño), el libro de Vitta cuenta de forma coherente y exhaustiva, con una prosa sutil y precisa, la historia de los objetos y las estructuras que nos rodean, confiriéndole sentido a ese entorno global que los usuarios damos por sentado sin detenernos a considerar su maravilla.

 

Balde de polietileno KII46 diseñado por Gino Colombini en 1955

 

En La invención de la soledad, Paul Auster construye la figura de su padre en torno a una serie de secretos, pero lo que siempre recuerdo del libro (antes que su intriga y su misterio) es este pasaje:

 

“Nunca llegó al punto de privarse de lo que necesitaba (pues sus necesidades eran mínimas), pero era algo más sutil, cada vez que tenía que comprar algo, optaba por lo más barato. Comprar barato constituyó para él una forma de vida.

Implícita en esta actitud, había una concepción primitiva de las cosas. Todas las distinciones quedaban eliminadas, todo se reducía a ese último común denominador. La carne era la carne, los zapatos, zapatos, una pluma era una pluma. No importaba que uno pudiera elegir entre cuello y bistec, entre bolígrafos desechables de treinta centavos y plumas de cincuenta dólares que duraban veinte años. Los objetos verdaderamente finos eran algo casi repudiable: había que pagar un precio desproporcionado por ellos y eso los convertía en algo moralmente defectuoso. A un nivel más general, esto se traducía en un estado permanente de privación sensorial: al cerrar los ojos ante determinadas cosas, se negaba a sí mismo el contacto íntimo con las formas y las texturas del mundo, se privaba de la posibilidad de experimentar placer estético. El mundo al que se asomaba era un lugar práctico. Cada cosa tenía un valor y un precio, y el truco consistía en obtener las cosas que uno necesitaba a un precio lo más cercano posible a su valor. Cada objeto era concebido solo en términos de su función, juzgado solo por lo que costaba, nunca como algo intrínseco con sus propias cualidades especiales. Supongo que en cierto modo esa actitud debe de haberle hecho observar el mundo como un lugar aburrido, uniforme, descolorido, sin dimensiones. Si uno observa al mundo solo a través del prisma del dinero, acaba por no ver nada en absoluto.”

 

Cabriolet Bed, diseñada por Joe Colombo en 1969

El libro de Maurizio Vitta solo puede surgir de una actitud diametralmente opuesta a la del padre de Auster, pero el pasaje también ilustra la tensión alrededor de la cual nace el diseño, ese conflicto urdido a lo largo de la historia en torno a la necesidad del surgimiento de una belleza constitutiva de la utilidad de las cosas, una belleza no prestada por el campo del arte, pero tampoco impuesta por una agenda demagógica destinada a encantar de forma rastrera al consumidor. Naturalmente, Vitta lo dice mejor:

 

“La funcionalidad que estaba garantizada por una tecnología en rápido desarrollo necesitaba encontrar su culminación en una forma que distinguiese al objeto más allá de sus prestaciones. Pero esta forma no podía agregarse al producto como un simple revestimiento extraño a él: la lección de la Great Exhibition, en la cual las más modernas herramientas cotidianas se habían visto sofocadas por un manto de ornamentos “de estilo”, había sido clara para todos. Era preciso que emanase del objeto mismo, de sus modalidades técnicas y productivas, del rol que estaba llamado a cumplir en la sociedad y en la cultura a la que estaba destinado.”

 

En este momento tengo abiertas en mi navegador treinta y ocho pestañas a las que me llevó El proyecto de la belleza. Los invito a recorrer este libro con el mismo sistema alucinatorio de abrir una ventana cada vez que, como al Roland Barthes de S/Z, la mención de un objeto los obligue a levantar la cabeza. Prometo sin temor a equivocarme que van a maravillarse con la historia extraordinaria de los artefactos y espacios ordinarios que nos rodean, pero también con sus versiones más fantásticas: la proyección socialista de la Arts and Crafts, la imaginación geométrica y luminosa del futurismo, el sueño de la Bauhaus, las casas eléctricas y las sillas de nuestro barcito favorito o el exprimidor de plástico que usamos para el jugo de la mañana, todas esas cosas son contadas desde su vibrante espíritu de solución imaginaria a los problemas que la vida práctica le impuso a una serie larguísima y virtuosa de humanas y humanos sensibles a la belleza, esos humanas y humanos que fueron capaces de imaginar todo lo que nos rodea.

 

Nos vemos en la próxima.

 

Flavio Lo Presti