La conciencia, escenario del universo: “La mente nueva del emperador” de Roger Penrose

febrero, 2021
Flavio Lo Presti comenta "La mente nueva del emperador", un clásico instantáneo de la divulgación científica publicado en 1989, en el que el físico inglés Roger Penrose se hace una pregunta increíblemente profunda sobre la naturaleza de la conciencia humana.

En 1992 vi una pésima película de ciencia ficción con un argumento perturbador: Emilio Estévez era un corredor de Fórmula 1 que “moría” en un accidente, pero en realidad era abducido desde el futuro para que su cuerpo sirviera como sostén de la conciencia de un moribundo Anthony Hopkins, quien sobrevivía en un soporte digital; lo cazaba un Mick Jagger absurdamente transformado en policía implacable, y él huía, en un esfuerzo por seguir siendo quién era. ¿Puede la mente, la versión secular de la idea de alma, el sostén de nuestras identidades, “conservarse” en una máquina digital como es el caso del personaje de Hopkins, siendo que las partículas de las que están compuestas los dos soportes están hechas de lo mismo?

En 1966, el enorme Gene Roddenberry ideó una federación de planetas que recorren el espacio-tiempo buscando “la frontera final” en una lisérgica aventura científica: como el presupuesto era magro, el capitán Kirk y sus subordinados (los carismáticos Spock, Uhura, Scotty, el señor Sulu)  descienden a los planetas que exploran no mediante naves “lanzaderas”, sino mediante el fantástico teletransportador, que transformaba materia en energía, la modulaba en una onda, conservaba el “patrón” y después materializaba esos cuerpos en otro punto del espacio. ¿Era la misma persona la que aparecía en el otro extremo de ese viaje o el proceso “extinguía” el original? Para responder esas preguntas a cabalidad hace falta una mente como la que representa Matt Damon en Good Will Hunting (En busca del destino), de Gus Van Sant: una mente que, al margen de las cualidades románticas del personaje de Damon, tenga una intelección de la realidad matemática de lo que nos rodea en una medida que a nosotros, los comunes peatones del universo, no puede no dejarnos pasmados.

 

 

Esa mente, en este caso, es la de Roger Penrose, y como es evidente hay dos cosas que venían a mi cabeza de forma recurrente mientras leía La mente nueva del emperador: por un lado, películas, una cantidad inagotable de películas que le habían puesto cuerpo a las ideas que Penrose discute de forma didáctica y exhaustiva y, por qué no decirlo, con una prosa de extraordinaria elegancia. La otra cosa que recurrentemente pensaba era que, tal vez, a la pregunta banal sobre qué libro me llevaría a una isla desierta, hoy mi respuesta sería el título de este ensayo inagotable, total, que explora el espacio-tiempo desde su principio a su final en todas las dimensiones posibles, que explora lo infinitesimal y lo cósmico con el mismo nivel de precisión y belleza, tratando de responder una pregunta que subsume a las que nos disparaban Freejack y Star Trek y que parece haber obsesionado a Penrose: ¿es la mente simplemente un algoritmo, una máquina de Turing, como piensan los defensores de la teoría de la inteligencia artificial fuerte, o hay algo en el nivel cuántico que haría evidente una diferencia entre las máquinas y nosotros?

 

Para responder esa pregunta Penrose nos pasea con bastante paciencia por la historia de las máquinas de Turing, por la relación entre las construcciones abstractas de las matemáticas y la realidad, por las teorías físicas clásicas y los más modernos desarrollos de la cuántica para hacernos ver, con él, la posibilidad de que la conciencia sea más que algo producido accidentalmente por un cómputo complicado, siendo como es el fenómeno en el que se hace conocida la misma existencia del universo. Penrose lo dice con una belleza de la que soy incapaz: “Es solo el fenómeno de la conciencia el que puede conjurar un presunto universo ‘teórico’ a la existencia real”.

 

Cuásares, el gato de Schrödinger, la realidad de las ideas platónicas, partículas que atraviesan al mismo tiempo dos ranuras, la imposibilidad de hablar de “el mismo tiempo”, el asombroso comienzo y el tenebroso posible final del universo, Dios rechazando jugar a los dados pero pinchando un espacio de fases con una aguja, hemisferios cerebrales separados generando dos conciencias, fotones resbalando en espejos: anticipándose a posibilidades de las ciencias informáticas que hoy son realidades, Penrose nos acerca con La mente nueva del emperador a una abrumadora descripción del cosmos para ponernos en la perspectiva de responder si en un nivel cuántico somos algo más que una cinta infinita que se detiene cuando encuentra la respuesta a un cálculo. Puede ser grandilocuente, pero nunca me sentí tan sobrecogido y tan potente frente a los misterios coexistentes de la inteligencia humana y el helado (¿infinito?) universo.

 

Nos vemos en la próxima.