Lecturas. El mundo único de Leonora Carrington

julio, 2021
Los Cuentos completos de la escritora inglesa que se afincó en México revelan una cercanía íntima con autoras como Clarice Lispector y Silvina Ocampo

Fuente: La Nacion

Autora: Débora Vázquez

“Es raro encontrar a una mujer que a través del tiempo no haya roto con el linaje de las mujeres”, escribió una vez la ucraniana y brasileña de mirada felina Clarice Lispector. Como todo lo que surgía de su pluma, se trata de una afirmación improbable, aunque seductora. Romper con una estirpe tiene que ver con una liberación y eso solo puede traer buenos augurios. Distraída de la trama y con una prosa sensorial, Lispector (Tchechelnik, 1920-Río de Janeiro, 1977), de la que a principios de año se publicaron en castellano sus Cuentos completos en volumen único, supo dar voz a decenas de mujeres audaces y, acaso por eso, involuntariamente, forme parte de las filas invisibles de las feministas díscolas y secretas que no terminan nunca de explorar sus propios confines.

Otra que se atrevió a sembrar sus cuentos con niños crueles y crear atmósferas de perversa extrañeza fue Silvina Ocampo, a quien Lispector quiso conocer, sin suerte, cuando en 1976 fue invitada a la Feria del Libro de Buenos Aires. Eran almas afines capaces de entrar y salir de la infancia con la facilidad con la que se entra y sale de los sueños. Silvina la consideraba cercana porque era caprichosa y tenía “esa cosa evanescente que era su encanto”. Un dato curioso es que las dos tuvieron contacto con el pintor Giorgio de Chirico: Lispector posó para que él la retratara en Roma; Silvina fue su alumna durante seis meses en París. De esa primera vocación trunca da cuenta Mariana Enriquez en La hermana menor, una biografía bien documentada con un título elocuente. Ser la última de seis hijas, o como ella misma decía “el etcétera de la familia”, le permitió a Silvina eludir el radar de sus padres e infiltrarse en el universo tibio de las dependencias de servicio para hacer foco desde otra diagonal.

Para llevar adelante dos artes hace falta ser una superheroína o, por lo menos, ambidiestra. Leonora Carrington (Lancashire, 1917-Ciudad de México, 2011) fue ambas cosas. Nacida en la remilgada aristocracia inglesa y refractaria a la educación de colegios para señoritas de su clase, la joven indómita decidió estudiar pintura en Londres, se enamoró locamente de Max Ernst –casi treinta años mayor– y huyó a Francia para convertirse en su amante. Gracias a él entró en contacto con los surrealistas y se ganó un lugar de privilegio. (Carrington es una de las dos únicas mujeres incluidas en la Antología del humor negro de André Breton.) Pero la guerra la separó brutalmente de Ernst y terminó internada en un neuropsiquiátrico español del que escapó por milagro. Tras un matrimonio apurado con un diplomático, vivió dos años en Nueva York y por último en México, un país a la medida de su imaginario. Allí dio con un nuevo amor, tuvo dos hijos y una amiga del alma: la pintora Remedios Varo.

Los Cuentos completos de Carrington incluyen dos antologías publicadas en inglés (La casa del miedoEl séptimo caballo) y tres inéditos. Entre sus relatos y pinturas hay una comunión íntima y una lucha espalda con espalda contra la cortedad del mundo visible. La compilación se inaugura con “La debutante”, una historia de una crudeza bestial. Allí una joven que no quería ser presentada en sociedad intercambia su papel con una hiena que conoce en el zoológico y las cosas terminan patas para arriba.

Los cuentos de Carrington no son amables ni están pensados para niños –o adultos– que pretendan dormir como angelitos, aunque ella jamás se privó por eso de leérselos a sus hijos o nietos. Los finales no son felices. De hecho, casi no existen momentos de dicha. Lo que prima es el desconcierto, la fantasmagoría y la certeza de saberse solo, distinto, ante el umbral de un arcano enmudecido.

Casi todas las protagonistas son mujeres, algunas incluso pintan, y una de ellas casualmente se apellida Carrington. Como en la vida real, la relación con el padre es tirante en todos los relatos. Cuando éste no le quema el juguete favorito a su hija, la abandona en un convento o se transforma en un monstruo.

Los animales son ubicuos, sobre todo los caballos, aunque también abundan los murciélagos y los gatos. Las plantas no son benévolas ni pasivas. Hay coles que luchan y cipreses que vigilan niñas y las persiguen. La influencia carrolliana del nonsense es palpable en varios cuentos. En “El citatorio real”, por ejemplo, la protagonista tiene la misión ingrata de matar a una reina por haber perdido una partida de damas.

Todo sucede muy rápido, atropelladamente. Cada oración propone una nueva acción y cada párrafo un nuevo escenario. La lógica y la verosimilitud pasan a segundo plano. Se trata de mundos mágicos, surrealistas y macabros, con bosques crepusculares que ocultan fosforescencias. En ellos hay crueldad, sangre, cadáveres parlantes con mal aliento y vampiros que no se reflejan en los espejos. Hay disfraces y metamorfosis, caras que esconden otras caras y muertas tibias que sirven para empollar huevos. Y tampoco faltan las niñas valientes como Jemima –la Caperucita sui generis que cierra el volumen– a las que se les puede volver peludo un pie por andar tras las huellas de un lobo.

Al igual que Ocampo y Lispector, Carrington es reticente a la categoría de “mujer artista” o a cualquier otro tipo de etiqueta. Fueron feministas desentendidas de su feminismo, mujeres hiperperceptivas y supersticiosas para las que de algún modo la obra está abierta a todas las influencias, o dicho en el castellano –con fuerte acento anglosajón– de la propia Carrington: “Tomar por ejemplo un vaso de tequila en el desayuno o tomar un té influye. Yo tomo un té”.