Más que humano

febrero, 2021
Es posible que el lector joven, que no tiene por qué saber quién fue Theodore Sturgeon, recurra al oráculo. Lo primero que le informará Google es que Sturgeon es el autor de la llamada Ley de Sturgeon ("el 90% de lo que se publica es basura"), algo de lo cual el lector ya se habrá dado cuenta. El inescrutable algoritmo también podrá decirle que a Rossini se lo conoce por los canelones con salsa blanca, pero aunque estas cosas no dejen de ser ciertas, supongo que el lector buscará otra cosa. Los robots hacen lo que pueden.

Fuente: El Diletante

Por: Pablo Capanna

 

A Theodore Sturgeon (1918-1985) se lo identifica con la ciencia ficción, aunque si consideramos el conjunto de su obra quizás sería más justo definirlo como un autor con fuerte inclinación a la fantasía que alcanzó la fama cuando la ciencia ficción estaba en su Edad de Oro, a mediados del siglo pasado. Esta asociación se debe a que Sturgeon hizo carrera en el espacio creado por John W. Campbell, el editor que le cambió el rostro al género y abrió las puertas a toda una generación de escritores, sin renunciar nunca a su personalísimo estilo.

Mucho se ha criticado a Campbell por sus actitudes autoritarias y su tendencia a entrometerse en las obras que publicaba: el caso más famoso es el de las leyes de la Robótica, que hicieron famoso a Asimov. Pero el hecho de que Campbell alentara a figuras como Asimov y Heinlein, devotos del método científico, pero también acogiera a escritores de imaginación tan libre y hasta delirante como Philip K. Dick o Ted Sturgeon, habla de su olfato para descubrir talentos.

Este libro es una muestra de la amplia variedad de textos que aceptaba Campbell como ciencia ficción. Es una historia acerca de la percepción extrasensorial y la telequinesia, la antigravedad y la evolución futura de la especie humana: todos temas de la ciencia ficción. Pero la narración parecería estar más cerca de Faulkner, Steinbeck o Hemingway que de la prosa llana de los pulps. Sturgeon también se diferencia de la mayoría de los escritores del género, justamente criticados por su falta de profundidad psicológica. En sus obras abundan los adolescentes confundidos con su identidad y hay morosas descripciones de conflictos que difícilmente encontremos en otros autores del género.

Todo esto probablemente tenga un carácter autobiográfico y sea un reflejo de sus complejas relaciones familiares. Nacido como Edward H. Waldo, había elegido firmar “Sturgeon”, adoptando el sobrenombre de su padrastro, a pesar de todo lo que le seguía reprochando.

Sturgeon no tuvo más formación que sus dispersas lecturas y ejerció los oficios más diversos, desde marinero hasta conductor de camiones, antes de probar suerte en las letras. Vinculado desde sus comienzos con Unknown y otras  revistas de Campbell, saltó rápidamente a la fama, cuando Más que humano alcanzó el International Fantasy Award. Pero su precaria salud y sus altibajos anímicos lo llevaron a pasar largos períodos de silencio, que sólo interrumpía con unos breves estallidos de creatividad. Así transcurrió la segunda mitad de su vida. De eso da cuenta el título que le puso a una de sus antologías, publicada al cabo de uno de sus eclipses. La llamó Sturgeon está vivo y se encuentra bien, por si se habían olvidado de él.

En uno de sus grandes momentos escribió uno de los mejores cuentos pacifistas que podamos recordar, “El trueno y las rosas”, ambientado en el marco de esa Tercera Guerra Mundial que la ciencia ficción a su modo contribuyó a evitar.

 

El tema de Más que humano es el Superhombre, que es tan constante en el imaginario norteamericano como esa otra clase de fantasía de omnipotencia, el Arma Final que traerá la paz. Obviamente, el superhombre americano no es el Uebermensch nietzscheano. Su arquetipo es ese niño nacido en Krypton que criaron los Kent inculcándole los valores de un farmer honesto. Hubo un tiempo en que la New Age anunció la renovación del género humano cuando llegara la Era de Acuario. El transhumanismo, esa religión para nerds que sedujo a Dan Brown y Yuval Harari, prometía  la llegada del superhombre electrónico para el 2020, sin contar con el virus que nos volvería abruptamente a la  fragilidad humana. De algún modo, Sturgeon se enlaza con esta tradición mesiánica, como fue posible notar en su novela póstuma Cuerpodivino, cargada de espiritualidad al estilo hippie.

Su originalidad está en haber imaginado a un superhombre colectivo; no un intelecto sobrehumano sino un grupo unido por el amor que funciona de manera sinérgica, sumando facultades distintas. La idea no era tan original, porque algo así ya lo había imaginado el filósofo Olaf Stapledon unos veinte años antes. Stapledon, el autor que con Wells influyó más en los temas de la ciencia ficción clásica, en su novela Juan Raro hacía que su superhombre saliera a reclutar a los genios ignorados o reprimidos por la sociedad.

Pero Sturgeon fue más lejos, e imaginó al trans-humano como una “familia” de freaks que se encuentran y se unen en los márgenes de la sociedad civilizada. Para la opinión corriente son seres desmañados, disminuidos y asociales, pero juntos pueden más que nosotros. En el grupo hay dos niñas mellizas que se teleportan, otra que domina la telequinesia y un débil mental telépata. Sus facultades exceden a las humanas, pero aún les falta educar su sensibilidad ética para alcanzar la madurez.

Recordemos que Sturgeon se movía en el espacio de Campbell, lo cual lo ayudó a definir su idea. Una de las variadas obsesiones que tuvo Campbell y supo contagiar exitosamente a sus colaboradores, era la idea de que después de la física y la biología estábamos a punto de desarrollar una ciencia de los fenómenos parapsicológicos. Siguiendo las huellas del doctor Rhine, un personaje famoso en esos años, la telepatía, la teleportación, la precognición y otras facultades paranormales pronto serían objeto de una nueva ciencia, la Psiónica.

El hecho de que el superhombre de Sturgeon sea calificado como gestáltico también refleja otra moda de la época. En esos años la escuela de la Gestalt planteaba una nueva teoría de la percepción y parecía prometer una ciencia holística de la conducta. A esto había que agregar la creciente popularidad del psicoanálisis en los Estados Unidos, donde se estaba incubando la generación de Woody Allen. En la novela hay varias sesiones de terapia, donde el profesional es la figura central hasta el momento en que su paciente sobrehumano lo supera.

La estructura del libro también refleja un proceso que estaba en curso en esos años: la transición del género del cuento a la novela. Muchas grandes obras de entonces, como Crónicas Marcianas de Bradbury o Ciudad de Clifford Simak nacieron como una serie de cuentos, luego refundidos en una sola narración. Algo de eso ocurrió con este libro, que empezó como un cuento brillante: “El bebé tiene tres años” que aquí publicó Más allá, probablemente en traducción de Oesterheld. El éxito del cuento movió a Sturgeon a escribir la historia de los hechos que lo precedían (“El fabuloso idiota” y una tercera parte (“Moral”) donde retomaba los cabos sueltos de las dos primeras y le daba un cierre filosófico  Pero el todo no resultó demasiado armonioso, y las situaciones son bastante reiterativas. En una relectura distanciada por momentos hasta resulta tedioso.

Apenas aparecido, Más que humano fue traducida al español por “José Valdivieso” (uno de los varios seudónimos de Paco Porrúa) y publicada por su editorial, Minotauro.

El hecho de que unas cuantas décadas más tarde el libro siga despertando interés y se reedite no hace más que probar la ley de Sturgeon; su novela sigue estando entre la literatura rescatable. Así lo ha entendido el Fondo de Cultura Económica, al encargarle una nueva traducción a Victor  Altamirano. Cabe imaginar que ésta resultará muy grata a los oídos mejicanos, aunque obligue al resto de los hispanohablantes a lidiar con los modismos regionales. El lector añoso termina extrañando esa época en que los editores pretendían que las traducciones se hicieran  al “español neutro.”