Roxana Morduchowicz: “La mitad de los adolescentes dice haber sufrido intimidación o acoso por expresar sus ideas en las redes sociales”

junio, 2021
La experta en educación y comunicación acaba de publicar su nuevo libro, “Adolescentes, participación y ciudadanía digital”, en el cual reflexiona sobre el acceso de los más jóvenes al mundo digital y los resultados en materia creativa y reflexiva de esa inmersión. Aquí, su diálogo con Infobae Cultura

Fuente: Infobae

Autora: Desirée Jaimovich

“La ciudadanía digital es una de las mejores herramientas para desarmar la desinformación”, dice Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación por la Universidad de París y consultora de la Unesco en temas de educación y tecnologías, en diálogo con Infobae Cultura.

Morduchowicz lleva varios años analizando la comunicación y especialmente el impacto de las nuevas tecnologías en el ejercicio de la democracia. Ahora plasmó su experiencia y conocimientos, construidos a través de la observación y análisis de diversos estudios, en su último libro Adolescentes, participación y ciudadanía digital, editado por Fondo de Cultura Económica.

La ciudadanía digital está dada por la posibilidad de hacer un uso reflexivo y creativo de internet para realizar un análisis crítico de la realidad, clave para participar de forma consciente y con argumentos de la vida política. Partiendo de esta base, la autora analiza si los adolescentes valoran el ciberespacio como un lugar para expresar sus opiniones, construir conocimiento y hasta generar cambios. ¿Cómo emplean el mundo digital y en qué tipo de acciones se involucran? La escritora responde a estas inquietudes a partir de una gran cantidad de investigaciones y casos que sirven de base de análisis de los nuevos fenómenos de la comunicación que se están dando en la actualidad.

Sobre el tema, dialogó con Infobae.

-¿Cuáles son las habilidades que tienen que desarrollar los adolescentes, y adultos, para tener una ciudadanía digital activa?

-En una sociedad en permanente cambio es imposible predecir con exactitud qué saberes serán útiles y significativos para el futuro. Una sociedad dinámica, altamente tecnológica, centrada en la información, el conocimiento y la comunicación, requiere de habilidades esenciales: saber analizar, interpretar, evaluar, inferir, anticipar, resolver problemas, construir juicios, tomar decisiones, crear y comunicar. Se trata de competencias llamadas fundamentales, indispensables para desenvolverse en el siglo XXI.

-¿Cuales son esas habilidades fundamentales?

-Las habilidades digitales fundamentales consisten en el conjunto de competencias que permiten pensar críticamente el mundo online y utilizarlo para la participación. Se trata de competencias que promueven un uso reflexivo, ético y creativo de las tecnologías e Internet. Tienen como eje al pensamiento crítico en el uso de Internet y con él, la capacidad para comprender, analizar, inferir, resolver problemas, argumentar, tomar decisiones, comunicar, crear y participar en el universo on line. Las habilidades digitales permiten pensar críticamente el universo online y utilizarlo de manera creativa y participativa.

-¿De qué manera se ejerce la ciudadanía digital?

-Ciudadano digital es quien comprende cómo funciona el entorno digital, reconoce el papel de las tecnologías en la sociedad, entiende su rol en la construcción del conocimiento y sabe utilizarlas para la participación. Ciudadano digital es quien cuenta con la habilidad para navegar en contextos digitales complejos y tiene la capacidad para identificar los grandes dilemas que genera el uso de Internet. Entre ellos los límites de la privacidad, la big data, las noticias falsas o el discurso del odio.

La ciudadanía digital se ejerce cuando sabemos evaluar los contenidos que circulan en Internet y utilizar solo información confiable. La ciudadanía digital se ejerce cuando comprendemos que no existe nada neutro en la web, cuando sabemos analizar el uso de las huellas digitales que dejamos con cada acción online. Cuando entendemos el significado y los límites de la privacidad en internet. Cuando utilizamos el entorno digital para la generación de contenidos sobre temas que nos preocupan y afectan, y cuando utilizamos Internet para participar constructivamente en la vida de la comunidad.

En síntesis, las personas –y en especial los adolescentes que son grandes usuarios de Internet- son ciudadanos digitales si saben hacer un uso reflexivo, crítico, ético, creativo y especialmente participativo de las tecnologías e Internet. La participación en el entorno digital empodera a los jóvenes para que puedan actuar por el bien de la comunidad e incidir positivamente en las políticas públicas.

-¿Qué diferencia hay respecto del mundo offline? ¿Acaso no se requieren las mismas competencias?

-Un hecho que marca la diferencia entre ambas esferas es el alcance ilimitado de internet. Tomemos por ejemplo la participación de los adolescentes en la vida off line y online. La participación, en ambos mundos, se define como una acción con los otros para generar transformaciones por el bien de la comunidad. En ambas esferas –virtual y offline- los adolescentes desarrollan competencias sociales, cívicas, reflexivas y creativas. Pero en el universo online, estas competencias se profundizan, potencian y amplifican.

El entorno digital permite extender las fronteras para el intercambio de ideas. Cuando los adolescentes utilizan internet para compartir contenidos con audiencias que no conocen, aprenden a interactuar con públicos más amplios. Esto les permite confrontar su propia visión con una mayor diversidad de ideas, que no incluyen solo las de sus amigos y conocidos de la vida cotidiana. Descubren opiniones distintas a las propias.

-Y es un universo más amplio, ¿no?

-En Internet pueden actuar colaborativamente con públicos más amplios, para intercambiar ideas, buscar consensos, resolver problemas, pensar soluciones, tomar decisiones, impulsar proyectos y generar acciones que mejoren la vida de la comunidad. Las competencias sociales, reflexivas y cívicas se amplifican en el entorno digital. Y ello supone nuevas responsabilidades. De alguna manera, es lo mismo que sucede entre la burla escolar tradicional y el cyberbullying hoy: ambas son formas de intimidación, burla o amenaza. Pero el cyberbullying tiene un alcance ilimitado en el tiempo y en el espacio. Y también supone nuevas responsabilidades.

-¿Cómo se hace para acortar la brecha digital?

-Hoy necesitamos hablar de dos tipos de brechas digitales. La primera brecha digital es aquella que se define por la falta de acceso a las tecnologías y a internet. Y esto es fundamental porque la falta de inclusión digital priva de mejores oportunidades educativas y laborales a los jóvenes. Hoy necesitamos una ciudadanía digital inclusiva. Un ejemplo de esta desigualdad digital se reflejó durante la cuarentena. Estudiantes de los grupos más desfavorecidos económicamente sufrieron la falta de conectividad en sus casas. Para muchos de ellos, el celular fue la única tecnología de la que dispusieron. Y la plataforma que utilizaron fue el WhatsApp, para recibir tareas muy limitadas.

-El acceso es clave

-El acceso es sin duda el punto de partida y condición esencial para hablar de inclusión digital. Pero no puede ser también el punto de llegada, ni la única dimensión que define la exclusión. En el siglo XXI aparecen nuevas brechas digitales que van más allá del acceso. Están basadas en las capacidades, en las prácticas y en los usos. Una utilización limitada de las tecnologías es hoy la nueva forma de exclusión.

Los excluidos digitales en este milenio son quienes no cuentan con la capacidad para identificar, enfrentar y responder a las nuevas problemáticas, interrogantes, dilemas y desafíos que genera el uso del entorno digital, como los que mencionamos antes: las noticias falsas, la big data, el uso de nuestros datos o el discurso del odio. Contar o no contar con estas capacidades es lo que define la brecha digital hoy. Una brecha que no es instrumental, sino reflexiva. Es utópico pensar que el acceso a las tecnologías sin las competencias para comprenderlas y utilizarlas, es suficiente para ingresar a la sociedad del conocimiento.

Para acortar ambas brechas se necesita una política de Estado. En el primer caso, fortaleciendo el acceso, ofreciendo equipamiento y conectividad para todos. En el caso de las nuevas brechas digitales que priorizan las competencias y preocupan en todo el mundo, se necesita una política pública de formación docente en ciudadanía digital.

“Los excluidos digitales en este milenio son quienes no cuentan con la capacidad para identificar, enfrentar y responder a las nuevas problemáticas”, destaca la autora

-En el texto se menciona que “los jóvenes se encuentran con la información de manera casual y no intencional”, ¿a qué te referís con esto?

-Ésta es, como dice Pablo Bocszkowski, la nueva forma de informarse de los adolescentes. Significa que la mayoría de los adolescentes acceden a la información como una práctica secundaria. No entran a Internet con la decisión de buscar noticias en medios digitales o sitios informativos. Los adolescentes llegan a las noticias de manera casual, al navegar en la web para comunicarse con sus amigos. Se encuentran con la información de manera no intencional, como parte de su chequeo constante en las redes sociales.

Al informarse por sus contactos en las redes sociales, el riesgo es que quien compartió la noticia termina siendo más importante que la fuente original de la información. El criterio de confiabilidad de los adolescentes se basa en el amigo que envió la noticia y no en el autor que la generó. Si la recibieron de un conocido en quien confían, la información –para los adolescentes- es creíble y apta para su viralización. Aun cuando, con frecuencia, puede ser un contenido falso o de dudosa credibilidad.

-¿Acaso los adultos no se informan de igual manera muchas veces cuando retuitean cualquier contenido en las redes o reenvían msj de WhatsApp sin dudar de su veracidad?

-Sí, claro. De hecho, una investigación norteamericana reflejó que para la mitad de los 1.500 adultos encuestados, una noticia –cuyo autor las personas ignoraban- era igualmente confiable, porque había sido compartida por un amigo. Poco importaba que ninguno de ellos conociera la fuente original de la información. Lo esencial era que esa noticia les hubiera llegado a través de un contacto de su red social. Además, los encuestados aseguraron también, que ellos mismos compartirían una información en las redes si previamente la hubieran recibido de un amigo, de un familiar o de una persona que conocían. Queda claro que los adultos también necesitan una formación en ciudadanía digital.

-¿Qué opinás de la “infodemia”?

-Uno de los grandes problemas y preocupaciones que genera el uso de Internet hoy es la viralización de noticias y contenidos falsos en la web. Este hecho se ha visto muy frecuentemente durante la pandemia. Estos contenidos engañosos, promovidos intencionalmente, limitan la comprensión de los hechos sociales, profundizan la polarización, dañan la convivencia social y amenazan principios democráticos. Además de la necesidad de que las compañías de tecnología evalúen y etiqueten los contenidos falsos que circulan en Internet, necesitamos una formación en ciudadanía digital, que permita a estudiantes, docentes y a la sociedad general, aprender a identificar los contenidos confiables y distinguirlos de los falsos. La ciudadanía digital es una de las mejores herramientas para desarmar la desinformación.

-Según la encuesta compartida en el libro, se ve que los jóvenes se interesan por la actualidad, y también tienen una participación activa en su comunidad o política por medio del centro de estudiantes, por ejemplo. ¿Se puede decir que hoy los adolescentes están más involucrados con el entorno que los adolescentes de hace 20 o 30 años?

-Efectivamente, la investigación muestra claramente el interés de los adolescentes por la actualidad que además, forma parte de sus conversaciones cotidianas con familiares y amigos. Además, el 70 por ciento valora la participación en el centro de estudiantes y seis de cada diez adolescentes participan en acciones por el barrio y en manifestaciones en las calles (antes de la pandemia). Es destacable que la mitad de los adolescentes de 17 años votaron en elecciones nacionales aun cuando si no lo hicieran no recibirían ninguna penalidad. Evidentemente el interés por participar en la vida offline es importante.

La activista Greta Thunberg habla durante una manifestación en Lausanne, Suiza, el 17 de enro de 2020 (REUTERS/Pierre Albouy/File Photo)

¿A qué se debe eso? ¿Qué cambió?

-Creo que este caudal de participación se relaciona por un lado con las causas en las que cada vez más adolescentes se involucran, entre ellas, el medio ambiente, el presupuesto educativo, la violencia de género y el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. Por otro lado también influye la presencia de los activistas jóvenes que, a través de internet, trascienden fronteras y se convierten en importantes referentes para los adolescentes, como el caso de la estudiante sueca Greta Thunberg.

-¿Cuál fue el dato que más te sorprendió de todo lo que surgió en la investigación y encuesta citada?

-Hay dos hechos que me sorprendieron muy especialmente. El primero se refiere a que la mitad de los adolescentes dice haber sufrido alguna intimidación o acoso por expresar sus ideas en las redes sociales. Esta agresividad que los adolescentes experimentan cuando opinan en Internet, podría ser también uno de los motivos por los que más de la mitad de los jóvenes prefiere no exponer y compartir sus ideas en las redes sociales. Se trata sin duda de una asignatura pendiente para seguir explorando, si se busca y desea que los jóvenes puedan expresarse en Internet sin miedo al agravio, al acoso o a la burla.

El segundo tema que nos deja pensando se refiere a que aun cuando todos los adolescentes valoran el entorno digital para participar, solo la mitad lo utiliza. Existe una brecha entre la valoración que los jóvenes expresan respecto de Internet como espacio de participación y el uso que hacen de la web para actuar por la escuela y la comunidad. Esta es, también, una cuestión pendiente importante.