A 50 años de la Masacre de Trelew, publican la edición definitiva de «La patria fusilada»

junio, 2022
María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar fueron los tres sobrevivientes de la masacre que brindaron su testimonio sobre lo que la dictadura de Lanusse describió falsamente como un "intento de fuga". Daniel Riera se encargó de la nueva versión, que publica el Fondo de Cultura Económica.

Fuente: Página 12

Autora: Laura Gómez

Una entrevista que se graba el 25 de mayo de 1973 en una celda de la cárcel de Villa Devoto y que a los pocos meses es publicada como libro en la colección Ediciones de Crisis. Cuatro presos políticos –entrevistador y entrevistados– retroceden al 22 de agosto de 1972 para narrar los hechos que fueron difundidos por la versión oficial de la dictadura de Lanusse como “intento de fuga” y que hoy, con justicia, son reconocidos como la Masacre de Trelew. Quienes estaban en la celda aquel 25 de mayo eran Francisco “Paco” Urondo (poeta y periodista en el rol de entrevistador), María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar, los tres sobrevivientes de la masacre que brindan su testimonio en medio del jolgorio ante la pronta liberación de los presos políticos anunciada por Héctor Cámpora.

A 50 años de aquellos trágicos episodios, el Fondo de Cultura Económica lanza la edición definitiva de La patria fusilada (a cargo de Daniel Riera), que cuenta con prólogos de Ángela Urondo Raboy y Raquel Camps (hijas de los involucrados), y un apéndice que documenta los asesinatos de Paco Urondo y Alberto Camps, las desapariciones de Berger y Haidar (cuatro víctimas de la última dictadura cívico-militar), la condena legal a los responsables de la masacre y los avances en la Megacausa de Mendoza, donde se juzgó a los responsables por el asesinato de Urondo, la desaparición de su compañera Alicia Cora Raboy y el secuestro de su hija Ángela.

Raquel Camps, hija de Alberto Miguel Camps y Rosa María Pargas, escribe en el prólogo: “Ahí comencé, junto a este libro, el camino de entenderlo como hija: la importancia de aquel encuentro, los cuatro en Devoto, la necesidad imperiosa de que se supiera lo atroz de aquel suceso, la denuncia de esa verdad ineludible”. Raquel asegura que La patria fusilada fue lo primero que tuvo en sus manos para poder acercarse a la palabra de su padre. “Lo leía sin ningún interés, no entendía nada, era muy chica. En mi cabeza la historia estaba narrada en retazos y el libro fue un medio para poder acceder a una parte del relato de mi viejo, pero en el primer momento yo lo leí para buscar alguna palabra para mí como hija”, confiesa a Página/12.

La otra prologuista de esta edición es Ángela Urondo Raboy, hija de Francisco Urondo y Alicia Cora Raboy. Desde su perspectiva, La patria fusilada condensa varias situaciones históricas, entre las que enumera la existencia de prisioneros políticos, militantes de las organizaciones que resistían y combatían la dictadura; el planeamiento de una fuga parcialmente exitosa; la entrega de quienes no llegaron a fugarse, el desamparo de la justicia y su posterior fusilamiento; el fin de la proscripción del peronismo; la llegada de Cámpora al gobierno y la liberación de los presos políticos. “Ese 25 de mayo de 1973, mientras se abrían las puertas del penal en una fiesta, los tres sobrevivientes se reunieron a dar testimonio para reconstruir los hechos de la masacre, que de otro modo hubiesen quedado impunes”, explica.

Ángela registra esos acontecimientos como “un anticipo de la feroz represión genocida que vendría luego”, ya que “todos fueron asesinados o desaparecidos”. El apéndice de esta edición cuenta con varios apartados que incluyen los avances posteriores en los juicios contra los represores: “Es un poco de lo que hicimos con lo ocurrido, la lucha para mantener la memoria viva y obtener justicia –cuenta–. Los muertos son pérdidas irreparables, pero la impunidad constituye un daño aparte y las condenas, aunque tardías, son una intención de reparar esa impunidad”.

El de la masacre fue el primer juicio de lesa humanidad que contempla hechos previos a la dictadura de 1976 y abrió las puertas para que otros pudieran ser juzgados, como la masacre de Napalpí perpetrada en 1924 contra 400 personas de las comunidades Qom y Mocoví en una reserva del Chaco. Cuando se le consulta a Ángela por el rol periodístico de su padre a la hora de recolectar los testimonios, dice: “Dar orden, continuidad y fluidez de lectura a este relato que se reconstruye a tres voces, desde el dolor y la pérdida, es un trabajo sutil pero evidente. Hay oficio de escritura pero también un cuidado, una mirada amorosa sobre cada uno de estos tres compañeros sobrevivientes, sobre sus fragilidades y fortalezas”.

En este libro está presente no sólo el peso histórico sino también el valor biográfico para las familias y los compañeros de militancia. “Yo siempre cuento que Trelew tuvo que ver con mi existencia porque ahí es donde se conocieron mis viejos y donde empezó su historia de amor. El libro tiene un peso bastante importante en esta reconstrucción que hacemos los hijos”, cuenta Raquel, y subraya la importancia de haberse cruzado con el texto para comprender esos dos aspectos de un hombre: el papá y el militante.

Frente a una de las preguntas de Paco Urondo, María Antonia Berger asegura que en la cárcel de Rawson “se evidenciaba un trabajo político muy homogeneizador, un clima político muy bueno, pese a que participaban organizaciones con diferencias políticas. Eso, que pudo ser un elemento que nos podía haber retrasado, de ninguna manera fue un elemento cortante, porque en todo momento se funcionó como un solo ejército”. Y ese es otro de los puntos que destaca Raquel: la unidad.

“Creo que el espíritu que había en Trelew subraya esa unidad que tuvieron los compañeros, lo que les permitió poder escaparse de una cárcel de máxima seguridad. Es algo que debemos legar a las generaciones que vienen, no sólo lo que pasó en Trelew con la masacre sino lo que se gestó adentro de ese penal como un símbolo de unión de banderas, a pesar de cualquier diferencia, para hacerle frente a un enemigo. La patria fusilada y todo lo que pasó en Trelew da cuenta de una unidad muy necesaria para los tiempos de hoy”, sintetiza Raquel, y Ángela concluye: “Esta es una mirada que se expande y va más allá de los fusilados con sus heridas. Nos permite ver que estas heridas no son individuales; se reparten, son de todos, porque son parte de un mismo cuerpo colectivo popular”.

 

La patria fusilada cuenta además con los versos de Juan Gelman a modo de prólogo y epílogo –una suerte de respiración poética en medio de las verdades más crudas–, la conferencia de prensa que brindan los representantes de las tres organizaciones armadas (Montoneros, ERP y FAR) luego de la fuga, las nóminas de los caídos y una entrevista al entrevistador en la que Urondo reflexiona sobre su labor y aquel histórico encuentro: “No hay ornamentaciones en los hechos realmente trágicos. No necesitan ningún tipo de énfasis, especialmente cuando se ha vivido lo que ellos. Su relato tiene esa característica, esa sequedad o austeridad, de las verdaderas tragedias, que, más que individuales son tragedias colectivas”.

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