¿Cuánto de solitude y cuánto de loneliness tuviste en la cuarentena?

junio, 2022
‘Una historia de la soledad’, de David Vincent, traza una genealogía en tres siglos y se pregunta si vivir en la era digital amplía nuestra sociabilidad o nos deja aislados.

Fuente: redaccion.com.ar

Autor: Javier Sinay

Un libro traza una genealogía de la soledad en los últimos tres siglos y describe cómo el secularismo, la urbanización y la prosperidad occidental condujeron al desarrollo de nuevos pasatiempos solitarios. Y luego llegó la pandemia.

Plus: Cien años de soledad cumple 55 años y cuatro días. García Márquez la odiaba.

Lo acepto públicamente: me gusta mucho leer y escribir, de vez en cuando, a las dos o dos y media de la madrugada. Con un café caliente. Con mi lapicera sobre la mesa, aunque escriba en la computadora. Con mi familia durmiendo en casa. Al fin solo. ¿Soy un freak? Creo que solo soy un amante de los momentos de soledad y ocio y creación. Y por lo visto, no soy el único: eso ya lo sabía, pero ahora Una historia de la soledad, el nuevo libro del historiador inglés David Vincent —especializado en Gran Bretaña desde el siglo XVIII—, traza una genealogía en tres siglos de ese recreo de las dos de la madrugada.

Se pregunta Vincent: ¿la soledad es una epidemia más de la época? ¿Cuándo y de qué manera comenzó el deseo de desconectarse del mundo? ¿Vivir en la era digital amplía nuestra sociabilidad o nos deja cada vez más solos?

La soledad, propone el autor, siempre tuvo un carácter controvertido, entre la capacidad de disfrutar de estar sin nadie y la sospecha y el rechazo que produce estar apartado. Vicent explora los intentos de las autoridades religiosas y las instituciones políticas para gestionar la soledad, va del monasterio a la celda del prisionero, y describe cómo el secularismo, la urbanización y la prosperidad occidental condujeron al desarrollo de nuevos pasatiempos solitarios…

Retiro religioso, meditación, prisiones, caminatas, manualidades, lectura, juegos de cartas, hiperconectividad 5G: “Las angustias actuales sobre ‘epidemia de vidas solitarias’ y el destino de relaciones interpersonales en la cultura digital son reformulaciones de dilemas aparecidos en prosa y verso durante más de dos milenios”, escribe Vincent.

Y hablando de la soledad… El 5 de junio de 1967, hace 55 años y cuatro días, la primera edición de Cien años de soledad fue publicada en Buenos Aires. A Gabriel García Márquez el libro le había llevado 18 meses de trabajo, y en breve se convirtió en el más popular de Latinoamérica y en un sinónimo del boom de la literatura latinoamericana. García Márquez, que ya había publicado La hojarascaEl coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, dijo mucho tiempo después:

  • “Yo no reniego de Cien años de soledad. Me ocurre algo peor: la odio. Antes, cuando era una persona normal, quedaba con alguien para almorzar y bromeábamos de cualquier insignificancia. Ahora, cuando llego a un restaurante, hay 20 personas esperándome, como si fuese una atracción de circo. Y no sólo eso: durante la comida esperan la frase inteligente, la ocurrencia magistral. ¡Agotador!”.
  • “Está escrita con todos los trucos de la vida y con todos los trucos del oficio. Eso no lo ha sabido ver ningún crítico. Los críticos tratan de solemnizar y de encontrarle el pelo al huevo a una novela que dice muchas menos cosas de lo que ellos pretenden. Sus claves son simples, con guiños a mis amigos, una complicidad que sólo ellos pueden entender”.
  • “El tono era contarlo como contaba las cosas mi abuela. Porque yo recuerdo que mi abuela contaba las cosas más fantásticas, y lo contaba en un tono tan natural que era convincente. Y entonces […] me senté a escribir Cien años de soledad. Desde el primer momento me di cuenta de que había vencido el gran obstáculo, que era el tono”.

Es parte de la naturaleza humana, eso de desconectarse del mundo de vez en cuando. Una historia de la soledad, el libro de David Vincent, tiene un enfoque de 300 años. A fines del siglo XVIII, la soledad en Occidente era una práctica de hombres educados. Se pensaba que era peligrosa y que, si no se hacía correctamente, podía volver loca a la gente. Las mujeres no eran consideradas lo suficientemente fuertes para hacerlo, y los trabajadores no tenían tiempo.

Sin embargo, con el tiempo esto cambió. En los siglos XX y XXI la soledad se masificó; devino algo buscado, valorado y construido en torno a actividades como la jardinería, la meditación, la pesca, la caminata y los crucigramas. La soledad se convirtió en el producto de un nuevo orden comercial con más poder adquisitivo.

Por ejemplo, antes de 1945 los hogares unipersonales (una casa en la que una persona vivía sola) eran casi desconocidos en Gran Bretaña. Pero durante la Segunda Guerra Mundial muchas mujeres perdieron a sus maridos por el servicio militar obligatorio y a sus hijos por la evacuación. “Se podría argumentar que las secuelas de la Segunda Guerra Mundial hicieron que vivir solo fuera una propuesta”, dijo Vincent. Ahí en Gran Bretaña, hoy los hogares unipersonales constituyen casi un tercio de la población (en Suecia es la mitad).

  • En la ciudad de Buenos Aires, más de un tercio de los hogares están habitados por una única persona. La cifra es 36,8% (según un informe del Gobierno de la Ciudad). Para el total del país, el número de hogares unipersonales es más bajo: 17,4% (de acuerdo a una encuesta del Ministerio de Ciencia y Tecnología).

Lo que Vincent no imaginaba cuando escribía su libro es que este iba a ser leído (al menos en su edición inglesa, aparecida en 2020) por lectores aislados obligatoriamente, en un episodio que quizás haya sido el más significativo en la historia de la soledad humana.

El idioma inglés es un poco más específico que el español y tiene dos palabras para dos modos distintos de soledad.

“Solitude” es un estado de aislamiento que no es tortuoso, sino placentero (el libro de David Vincent originalmente se titula A History of Solitude). Promueve la introspección y el diálogo interior: no es estar solo, sino estar con uno mismo. Los monjes ermitaños viven en ese estado; también algunos navegantes. (En el diccionario de la Real Academia Española existe el término “solitud” apenas como “carencia de compañía” y aclarado como ya en desuso.)

“Loneliness”, en cambio, es la soledad en un sentido oscuro, la carencia de contacto humano. La cuarentena logró llevar, quizás como nunca antes para las personas del siglo XXI, la experiencia de la soledad a nuevos lugares.

  • En 1962, el novelista y cuentista estadounidense Richard Yates le dio a uno de sus libros el título de Once tipos de soledad. Medio siglo más tarde, el primer best seller de la pandemia, no casualmente, se trató de la soledad y de la amenaza de lo desconocido. Lo escribió en Wuhan una activista social de 29 años llamada Guo Jing: era su propio diario de encierro en un monoambiente.

¿Cuánto de solitude y cuánto de loneliness tuviste en la cuarentena? ¿Qué libros te hicieron compañía? Contame respondiendo a este email.

Y por último… Hace unos días, The New York Times publicó en su edición principal esta nota: “Through a Recession and a Pandemic, the Book Business Is Thriving in Buenos Aires” (“A través de una recesión y una pandemia, el negocio del libro prospera en Buenos Aires”). Ya sabemos lo muy librera que es la ciudad, pero echemos un vistazo a la crónica:

  • “Las pequeñas tiendas están brotando donde están sus lectores, en zonas residenciales, manteniendo viva la rica escena literaria que hizo de Buenos Aires una de las ciudades con más librerías per cápita del mundo.”
  • “Aunque las ventas de libros en línea también se dispararon durante la cuarentena, las pequeñas librerías de los vecindarios ofrecieron algo que los minoristas de apuntar y hacer clic no podían: recomendaciones bien pensadas.”
  • “Los porteños confinados en sus barrios durante gran parte de 2020 recurrieron a las pequeñas librerías cercanas. Y esas tiendas, con personal más pequeño, alquileres más baratos y una presencia ágil en las redes sociales, de repente se encontraron con una clara ventaja comparativa sobre las cadenas.”
  • “La pandemia ‘niveló el campo de juego con los grandes monstruos’ que dependían más del tráfico peatonal y de los lectores ocasionales, dice Luis Mey, un autor que pasó años como librero, en parte en El Ateneo Grand Splendid, posiblemente la librería más famosa de la ciudad, que aparece regularmente en los rankings de las librerías más bellas del mundo y es una parada obligada para los turistas.”

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