Las fronteras móviles de la Esma

marzo, 2022
Un adelanto del libro sobre la historia del mayor centro clandestino de la Armada

Fuente: El cohete a la luna

Autora: Claudia Feld

El Fondo de Cultura Económica publicará en mayo el libro ESMA, represión y poder en el centro clandestino de detención más emblemático de la última dictadura argentina, dirigido por Marina Franco y Claudia Feld. La historia del centro clandestino que funcionó en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) todavía no ha sido completamente descifrada. Este libro, fruto de una elaborada investigación colectiva, responde a preguntas que quedaron abiertas a pesar de la incesante actividad testimonial de las víctimas y de los juicios de lesa humanidad. ¿Qué hizo de la ESMA un lugar tan singular? ¿Cómo se relacionó el proyecto político de Emilio Massera con la acción represiva? ¿En qué consistieron el “proceso de recuperación” y el trabajo forzado de las personas secuestradas? ¿Qué clase de vínculos fueron posibles entre ellas? ¿Qué transgresiones y resistencias intentaron? ¿De qué manera los represores robaron las propiedades de los desaparecidos y cuál fue el destino de ese botín? El libro contribuye a entender el siniestro universo cotidiano de la ESMA, explorando las tramas de la represión y los complejos proyectos de poder que tejieron los hombres de Massera en el centro clandestino más emblemático de la dictadura.

Portada del libro, en el que escriben también Hernán Confino, Claudia Feld, Marina Franco, Rodrigo González Tizón, Luciana Messina, Valentina Salvi.

En abril de 1979, cuando estaba secuestrado en la Escuela de Mecánica de la Armada, Carlos Muñoz fue llevado por un suboficial del grupo de tareas a la casa de su familia, en el barrio porteño de Flores. Ese día era el cumpleaños de su madre y cenaron todos juntos, con su mujer, su mamá, sus hermanos y ese suboficial. “No había nada de qué hablar”, comentó Muñoz al contar su historia en el Juicio a las Juntas.1 En otra ocasión, Graciela Daleo fue llevada por el represor Roberto Rubén Carnot a la casa de sus padres. Mientras su papá conversaba con el marino sobre tango y otros temas ocasionales, Daleo pudo apartarse con su madre en un cuarto contiguo donde le contó que estaba secuestrada en la ESMA. Le dijo que si pasaba el tiempo y ella no volvía a llamar era porque la habían matado. “Terminó esta situación absolutamente loca, me devolvieron a la ESMA”, relata Daleo.2

Escenas como esta, de “visitas familiares”, han sido narradas en diversos testimonios de sobrevivientes que formaron parte del llamado “proceso de recuperación”. La presencia de oficiales o suboficiales, la casa familiar como un nuevo escenario de la reclusión, la desorientación y la angustia de las familias en esas situaciones impensables muestran algo llamativo: que el centro clandestino de detención sobrepasó las fronteras físicas de la ESMA. Y es que, a lo largo del tiempo, el grupo de tareas extendió sus tentáculos mucho más allá del predio de avenida del Libertador: su territorio se prolongó hacia diversos espacios de la ciudad, accionó en otras provincias e incluso llegó a trasladar a las víctimas hacia distintos países. El microcentro porteño, la localidad bonaerense de Munro, Tucumán, Bahía Blanca, Montevideo, Madrid, París fueron algunos de sus escenarios. Amedrentar a las víctimas, “quebrarlas”, ponerlas a prueba, extraerles información y utilizar sus saberes fueron solo algunas de las finalidades de esas extensiones. A la vez, la prolongación de las actividades de la ESMA en espacios más lejanos le permitió al grupo de tareas ampliar su poder hasta límites insospechados.

¿Hasta dónde se extendía el centro clandestino de detención? ¿Cómo se explica la circulación de miembros del grupo de tareas llevando y trayendo prisioneros a otros lugares? ¿Dónde estaban esos sitios y cuáles fueron sus funciones? Para responder a estos interrogantes deberemos adentrarnos en una trama de conexiones que generaron un funcionamiento de fronteras móviles, tan eficaz como el encierro físico, para someter a las y los secuestrados. Su base era la amenaza implícita y permanente de la muerte. Y la idea de “los compañeros que habían quedado allí” operaba como disuasorio angustiante para cualquier intento de huida.

[…]

Muchas de las salidas de la ESMA sirvieron para aumentar la presión, “poner a prueba” y tener a disposición del grupo de tareas a las y los secuestrados que habían sido ingresados al “proceso de recuperación”. En ocasiones puntuales, algunas de las personas cautivas fueron llevadas, entremezcladas con miembros del grupo de tareas, a lugares de esparcimiento nocturno en la ciudad de Buenos Aires. Los represores podían irrumpir en Capucha de manera brusca y repentina, en plena noche, para obligarlos a salir a un restaurante o una discoteca. Las palabras de Adriana Marcus nos devuelven lo enloquecedor de esas situaciones:

Hubo también muchas salidas, en auto, tipo tres de la mañana, nos despertaban los guardias: “A ver subversivas, levántense y vístanse de mujer, píntense, arréglense que van a salir”. Entonces uno no sabía si iba a un vuelo de la muerte, si iba a ser fusilada en una plaza, en un baldío o qué y terminábamos todos en [el restaurante] “El Globo” cenando con un par de compañeros y represores.3

Esta situación de convivencia y confusión tensaba al extremo lo que sucedía en el cautiverio. Marcus sentía que la estaban probando “para ver cuándo pisábamos el palito”, en relación con la supuesta “recuperación” que se esperaba de las víctimas. En esas ocasiones, debían comportarse como si estuvieran cenando con un grupo de amigos. Durante las conversaciones en esos restaurantes, prosigue Marcus, secuestrados y secuestradas necesitaban manejarse con cuidado, con temas muchas veces polémicos, en los que claramente no coincidían con sus captores. Y entonces se los colocaba “en el filo de la navaja entre no traicionarnos y tampoco abrir un debate en el cual quedáramos en una inferioridad de condiciones y nos volvieran a mandar a Capuchita”.4

Además, se trataba de lugares concurridos. A varios de esos restaurantes asistía la farándula, de modo que, en los horarios de salida del teatro, muchos actores y actrices se sentaban en mesas contiguas. Pero ese “grupo” atípico de víctimas y represores pasaba inadvertido. Salir, comer bien y ponerse ropa limpia en este tipo de salidas no era un alivio para la experiencia concentracionaria. Más bien, se ponía en juego un sistema peculiar de sometimiento. Las y los secuestrados sabían que no podían generar situaciones de enfrentamiento con los marinos; sabían que, si intentaban pedir ayuda o escapar, probablemente afuera encontrarían indiferencia, incredulidad u hostilidad. Por otra parte, continuaban imperando las amenazas del cautiverio: aunque los represores podían, por momentos, colocar a secuestrados y secuestradas en lugares de aparente confianza, seguían ejerciendo de manera abrupta y brutal un poder permanente de decisión sobre su vida y su muerte.

[…]

En la vasta variedad de oficinas, empresas y negocios que se fueron creando con la expansión del grupo de tareas, con su autonomía económica y con su configuración política como sede del proyecto de poder del capitán Jorge Eduardo Acosta y del almirante Massera, una gran cantidad de lugares sirvieron como base para las tareas forzadas de las víctimas que integraron el “proceso de recuperación”. […] Dada la envergadura y la ambición del proyecto político de Massera, los marinos realizaron una extensa tarea de propaganda para limpiar su imagen. Para ello, además de los trabajos realizados en Pecera, dentro de la ESMA, se utilizaron oficinas de Massera en el centro de Buenos Aires, en la calle Cerrito, y cerca del predio, en la calle Zapiola. Estas tareas involucraron también reparticiones públicas que estaban bajo la égida de la Armada, como el Ministerio de Bienestar Social y el de Relaciones Exteriores. Varias secuestradas fueron llevadas allí a realizar trabajos parecidos a los que hacían en el Casino de Oficiales. Se les asignaba un nombre y un documento falsos.

[…]

La “limpieza” de imagen para contrarrestar la llamada “campaña antiargentina” en el exterior fue una preocupación permanente de la Junta Militar en el poder. En varios países de Europa, particularmente en España y Francia, las organizaciones de exiliados habían logrado hacer audibles sus reclamos por los desaparecidos en la Argentina. El gobierno militar desprestigiaba estas denuncias diciendo que se trataba de una campaña contra el país. En ese marco, el grupo de tareas de la ESMA tejió sus propias redes para ocultar y tergiversar esas informaciones. Se orientó fundamentalmente a instalar la figura de Massera como el ala “dialoguista” dentro de la Junta. Las operaciones de propaganda intentaron proyectar esa imagen en el plano internacional y tuvieron como destinatarios principales a los países de Europa Occidental y Estados Unidos. Massera quiso convencer a sus interlocutores en esos países de que su preocupación principal era esclarecer el “problema de los desaparecidos” y entregar una lista de víctimas a los familiares que lo reclamaban. Aunque esa promesa nunca se cumplió, por un tiempo la propaganda fue efectiva.

El apoyo principal de esa campaña fue la conexión entre la ESMA y el Ministerio de Relaciones Exteriores, a cargo de la Marina durante los primeros años de la dictadura. En este marco, la Cancillería creó un centro de propaganda en la Embajada argentina en Francia denominado “Centro Piloto de París”, con la idea de extender la iniciativa a otras embajadas si eso funcionaba. Según la reconstrucción histórica que hicieron los investigadores Rodrigo González Tizón y Facundo Fernández Barrio, desde finales de 1977 y por casi un año el Centro Piloto llegó a funcionar como un verdadero servicio secreto de inteligencia ligado a la ESMA. Esto permitió que el centro clandestino extendiera sus tentáculos hasta París, incluyendo toda su estructura, sus tareas, su personal, sus métodos de apremio y sus estrategias políticas y económicas.

Tal como sucedía en el Casino de Oficiales, en el Centro Piloto hubo una actividad clandestina que coexistió con su misión oficial. Esto significa que no solo se hacían operaciones de propaganda para el gobierno militar, contrarrestando la llamada “campaña antiargentina”, sino que durante un tiempo se alineó específicamente tras las ambiciones políticas de Massera”. Para ello, algunos miembros del grupo de tareas de la ESMA, como Jorge Perrén, Antonio Pernías y Enrique Yon, se trasladaron en diversos momentos de 1977 y 1978 con nombres falsos y documentación fraguada a cumplir tareas en París.

El Centro Piloto incluyó todas las dimensiones con las que funcionó la ESMA, pero a 11.000 kilómetros del Casino de Oficiales. El área de inteligencia del grupo de tareas enviaba informaciones a París para que fueran actualizadas y difundidas en medios europeos. En ello debieron trabajar varias personas secuestradas, y también colaboró parte del personal civil de la embajada, así como algunos periodistas franceses y argentinos. Uno de ellos, Alfredo Bufano, fue designado como asistente en el Centro Piloto y estuvo en París por casi dos años.

Para analizar la prensa de Francia fueron trasladadas por un tiempo a París tres secuestradas: Mercedes Carazo, Marisa Murgier y Marta Bazán. Estuvieron allí algunos meses con documentación y nombres falsos, incluso fue llevada la hija pequeña de una de ellas e inscripta en la escuela con un nombre ficticio. Según la descripción de Carazo, en el Centro Piloto las obligaron a hacer “trabajos de geopolítica” y a falsificar documentos para que los marinos se apropiaran de algunos bienes.5 De modo que la dimensión económica y los objetivos de enriquecimiento ilícito del grupo de tareas también estuvieron presentes en esta extensión parisina de la ESMA.

Y también en París los marinos replicaron las tareas de espionaje que hacían en Buenos Aires. A partir de su propio trabajo de información, el grupo de tareas había constatado que existían vínculos entre las asociaciones de exiliados argentinos y el “deterioro de la imagen” del país en el exterior que tanto le preocupaba a la dictadura. Decidieron entonces efectuar operaciones de infiltración entre grupos de exiliados en la capital francesa, como el Comité Argentino de Información y Solidaridad (CAIS). Enviaron para ello a quien ya tenía experiencia en este tipo de tareas porque se había infiltrado en el grupo fundador de Madres de Plaza de Mayo y había causado las desapariciones en la iglesia de la Santa Cruz en diciembre de 1977. El represor Alfredo Astiz viajó a Francia al menos en dos ocasiones durante 1978 para realizar misiones de espionaje.

[…]

Cuando el sobreviviente de la ESMA Víctor Basterra dio su testimonio en el juicio a los ex comandantes, en julio de 1985, sorprendió al tribunal diciendo que había estado cautivo hasta el mes de agosto de 1984. En diciembre de 1983 había asumido el presidente constitucional Raúl Alfonsín y, en ese mismo mes, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) había comenzado sus investigaciones para conocer el destino de los desaparecidos. Se suponía que, para esa fecha, ningún centro clandestino seguía activo. Inmediatamente, Basterra aclaró su situación. A fines de 1983 había sido llevado a su casa, pero durante varios meses siguió recibiendo visitas y amenazas de sus captores. “Yo me vi privado de mi libertad hasta agosto del ‘84”, concluyó.6

Este sistema, que en la jerga del grupo de tareas se conoció como “libertad vigilada”, fue usual en la finalización del encierro de muchos sobrevivientes. A diferencia de otros centros clandestinos de detención, pareciera que en la ESMA las y los secuestrados no pasaron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, que no tuvieron “blanqueo” de sus casos ni fueron trasladados como presos políticos a cárceles oficiales de la dictadura.

La “libertad vigilada” implicó a veces controles periódicos en el domicilio de las víctimas. Otras veces, las y los secuestrados debían seguir asistiendo a los “lugares de trabajo” designados por el grupo de tareas, como el Ministerio de Bienestar Social o alguna de las empresas manejadas desde la ESMA. Varios de ellos tuvieron que volver al Casino de Oficiales por un tiempo acotado cuando eran llamados por cuestiones puntuales o a voluntad del grupo de tareas, en ocasiones, sin ninguna explicación. […] Aun cuando no estaban dentro de la ESMA, las y los sobrevivientes seguían dependiendo de los represores. Miriam Lewin, por ejemplo, ya viviendo en su casa, debió pedir permiso al capitán Luis D’Imperio, sucesor de Acosta al frente del grupo de tareas, para casarse e irse de luna de miel.7 Incluso las personas que fueron “liberadas” y se les permitió salir de la Argentina fueron amenazadas y se les dijo que serían controladas allí donde estuvieran. En algunos casos estas amenazas se cumplieron, como le sucedió a Sara Solarz de Osatinsky cuando el represor Febres llegó intempestivamente a su casa en la ciudad española de Valencia, o a Mercedes Carazo que fue vigilada por miembros del grupo de tareas cuando se radicó en Perú. El grupo operaba así tanto dentro como afuera de la ESMA, y extendía el cautiverio en el tiempo más allá del encierro en el Casino de Oficiales.

[…]

En definitiva, el sistema instaurado en la ESMA desafió la idea que suele tenerse de que el centro clandestino fue un espacio cerrado y separado de la vida cotidiana que se desarrollaba en torno a él. Existieron articulaciones e intersecciones entre muchos y diversos espacios. Esta circulación de personas y actividades se valió de los recursos generados por el grupo de tareas y fue una muestra más de su autonomía. […] Los vínculos perversos que formaron parte del sometimiento, así como un sistema complejo de amenazas, siguieron operando sobre las y los detenidos a miles de kilómetros del centro clandestino y a veces después de la dictadura. Las prolongaciones de la ESMA hacia afuera no solo fueron una extensión del centro clandestino. Fueron también una forma de funcionamiento: las bases de una experiencia interminable, tanto en el espacio como en el tiempo.

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