Malvinas, la gesta incomprendida

junio, 2022
Los intelectuales argentinos no hemos sabido entender la guerra ni a sus protagonistas, sostiene la autora de "Experiencia de Halcón". La paradoja de que una causa nacional haya sido concretada por un régimen denostado desubica las posiciones simplistas del mundo académico.

Fuente: La prensa

Autor: Jorge Martínez

La guerra de Malvinas no terminó el 14 de junio de 1982. Como suele ocurrir con los hechos históricos, en especial los conflictos armados, el combate por la interpretación de lo que sucedió ha continuado desde aquel mediodía triste de hace 40 años. Sólo que lo hizo por otras vías y con otros objetivos (¿o tal vez son los mismos?) de hace cuatro decenios. A la derrota siguió, implacable, la «desmalvinización» que en 1983 pedía el intelectual francés Alain Rouquié. Es decir, transformar la casi unánime «causa nacional» del 2 de abril en una «guerra absurda» decidida por un «general borracho».

A comprender ese proceso destinó Rosana Guber buena parte de su vida profesional. Antropóloga social, doctora por la Universidad Johns Hopkins, investigadora principal del Conicet, autora de una decena de libros e incontables publicaciones universitarias, Guber ha indagado en la llamada «paradoja de Malvinas». Sus trabajos referidos a los conscriptos movilizados (De chicos a veteranos, 2004), a los pilotos de caza de la Fuerza Aérea (Experiencia de Halcón, 2016) o, más recientemente, el que coordinó sobre la Armada en operaciones (Mar de guerra, 2022), eluden fórmulas y cuestionan ideas arraigadas en el mundo académico sobre 1982. Se dedicó, según sus propias palabras, a «entender aquella guerra desde el punto de vista de quienes la atravesaron». Nada más y nada menos.

HILAR FINO

A 40 años del conflicto, Guber respondió por correo electrónico la consulta de este diario acerca de sus investigaciones, los principios que las guiaron y los ecos que siguen provocando.

-Usted se ha referido muchas veces a la resistencia o negativa del mundo académico a estudiar la guerra de Malvinas en tanto guerra. ¿Puede decirse que esa resistencia obedece esencialmente a un prejuicio ideológico anti-militar?

-A primera vista así parece, pero hilando un poco más fino aparecen novedades. Salvo excepciones, que siempre las hay, pienso que el mundo académico no investigó Malvinas como evento bélico. Lo que me permito revisar es que esto pueda atribuirse a un prejuicio anti-militar. ¿Cuándo habría comenzado ese prejuicio? ¿Incluiría a los dos primeros gobiernos de Juan D. Perón, un oficial del Ejército Argentino? ¿Incluiría a los movimientos armados de la segunda mitad de los «60 y primera de los «70, con sus estructuras y sus operaciones de orden netamente castrense? Aparentemente, el objeto de prejuicio anti-militar en los ambientes universitarios serían las Fuerzas Armadas del «82. Entonces, el problema no sería ser militar sino otra cosa. ¿La ideología? ¿La posición política? Aquí surge claramente el desafío que nos presenta Malvinas, porque esas mismas Fuerzas Armadas, las de 1976, fueron las que decidieron recuperar las Islas Malvinas. Y lo consiguieron por dos meses y medio, contando con el apoyo del pueblo argentino, los presos políticos, los exiliados. Estos hechos plantean una paradoja que, como toda paradoja, es difícil de desentrañar desde posiciones simplistas. No veo que el mundo académico haya podido ni decidido hacerlo.

-Cuando usted empezó con sus propios estudios sobre Malvinas, ¿sentía esos mismos prejuicios? Si fue así, ¿cómo los superó?

-El problema con la palabra «prejuicio» es que siempre son los demás los prejuiciosos. Uno sólo tiene «juicios», una posición algo arrogante que no nos ayuda a comprender el fenómeno. Por mi parte, decidí investigar la guerra de Malvinas en 1986, y tuve mis primeros encuentros en julio de 1989. Sabía que emprendía un camino diferente, porque no sabía adónde me llevaba. Mi única garantía era mi propia disciplina, la antropología, cuya premisa principal según la entiendo es que no es posible definir los hechos sociales y los históricos sin comprender cómo los entienden y los viven sus protagonistas. Así nace la antropología y así la practico y concibo. Por eso me dediqué a entender aquella guerra desde el punto de vista de quienes la atravesaron. Mi límite no era el conocimiento de las teorías, sino mi absoluta ignorancia de la materia militar. En estos años traté de aprender de y con ellos, no opinar ni evaluar.

-¿Cómo es su relación actual con sus colegas en ciencias sociales o humanidades a partir de sus críticas a la manera en que abordaron la guerra? ¿Se siente marginada, respetada, ignorada, valorada?

-Supongo que muchos colegas, sobre todo mis contemporáneos, no simpatizan con mis trabajos sobre la guerra, pero asumo que los evalúan con cierto respeto. Como dije, mis trabajos no evalúan lo hecho en Malvinas; tratan de entender y de analizar. Si hubiera sido ignorada o marginada, no hubiera podido hacer mi carrera académica en una institución donde nos evaluamos entre pares. En verdad, nunca pedí que estuvieran «de acuerdo», sino que evaluaran mi antropología, que en este caso se aplicó al único hecho bélico que atravesó la Argentina como principal contendiente en un escenario internacional.

-Ha dicho que la guerra de Malvinas presenta una paradoja para los investigadores actuales. ¿Cómo definiría en pocas palabras esa paradoja?

-Desde mi punto de vista, y retomando lo que dije antes, la paradoja de Malvinas es un régimen (ya) impopular y fuertemente represivo (además de aliado a la OTAN), encarando una recuperación territorial largamente sostenida por el Estado, por la sociedad y por la política argentinas. Algunos sectores, aunque no todos, identifican la causa antiimperialista con una causa nacional y popular. No veo que ésta fuera la línea adoptada por el régimen iniciado en 1976. Las plazas llenas y el General Galtieri desde el histórico balcón de la sede del Poder Ejecutivo Nacional evocaron escenas demasiado familiares en aquel entonces. Pero la plaza no decía lo mismo que el General, sino que lo empujó a la defensa militar de las Islas. Es sorprendente que eso es lo que terminó haciendo el gobierno político-militar, o eso intentó hacer. La paradoja fue experimentada como una contradicción después del 14 de junio, no durante el mes y medio en que la concordia predominó en todos los órdenes. Un caso verdaderamente asombroso de iniciativa política. ¿O no?

LOS SOLDADOS

-Usted ha señalado varias veces la abundancia de material que podría surgir del estudio del papel de los conscriptos que combatieron en Malvinas, esos que por décadas quedaron reducidos a «chicos de la guerra». ¿A qué se refiere exactamente?

-Precisamente, una de las novedades argentinas de Malvinas fue que por primera y única vez conscriptos argentinos pelearon en un escenario bélico internacional junto a sus FFAA. Si se recuerda a los soldados sólo como menores y, además, como torturados (lo que evoca la figura del «estaqueo»), esa novedad no se advierte ni analiza. Cuando recién empecé, allá por el 1989, mis interlocutores me agradecían por ser la primera que no les preguntaba MATASTE-TUVISTE-HAMBRE-TUVISTE-FRIO. Yo diría que ese tipo de preguntas les mostró a los mismos soldados que la sociedad no había entendido ni sabía cómo hablar. Eso dura hasta hoy, cuando un ex soldado de 60 años de edad empieza a contar sus vivencias y se lo mira con ojos de lástima. La sociedad que había pedido defender las islas con sus propios hijos, después del 14 de junio sólo atinó a disimular su activísima participación. Los intelectuales argentinos no hemos sabido entender ese proceso ni cómo ni por qué construimos nuestras ideas sobre aquella guerra y sus protagonistas. No hay lugar para siquiera imaginar a los soldados con la misma edad que algunos de sus jefes inmediatos, tanto suboficiales como oficiales; no hay lugar para ver su iniciativa para sostenerse en el combate, ni tampoco para seguir a sus mandos si éstos de verdad conducían. ¿Por qué hoy se siguen encontrando y abrazando para recordar y llorar juntos?

-Varias veces ha señalado que detrás de la renuencia académica a tratar Malvinas se oculta el designio de «no producir nacionalistas». Me gustaría que ampliara esa idea.

-Lo digo a partir de algunas intervenciones de importantes intelectuales argentinos que, tanto en el pasado como en el presente, han preferido pronunciarse moralmente sobre la guerra en vez de alentar a su estudio. Pongamos que lo que sucedió en 1982 fue un brote psicótico nacionalista. ¿Y? ¿No hay que analizarlo? ¿Qué clase de pensadores somos si moralizamos nuestra historia? Dicho esto sin considerar las implicancias de nuestras afirmaciones desde la esfera de la política internacional, sobre un territorio reclamado por la Argentina desde hace poco menos que dos siglos.

-En los últimos años se ha intentado abordar Malvinas con «perspectiva de género». Usted también ha sido crítica con ese enfoque. En cambio ha sugerido investigar a las esposas o viudas de los militares que combatieron. ¿Qué preguntas se haría si encarara un trabajo semejante?

-No soy crítica de la perspectiva de género por sí misma. Se pueden hacer muchas cosas con ella. El problema es cuando se traslada la agenda masculina a la femenina. ¿Hubo mujeres en la guerra? Sí. ¿Hacían lo mismo que los hombres? Generalmente no. ¿Las mujeres en la guerra estaban encuadradas en las FFAA? Sí y no. Las mujeres no somos interesantes porque hacemos lo mismo que los hombres, sino porque siempre estamos y porque proveemos una perspectiva original. La experiencia argentina debe ser la única que, salvo alguna excepción, no atiende a las esposas de los militares. Quizás se asume, gracias a algunas películas, que ellas vivían a través de las carreras de sus maridos, que eran tilingas ricas y poderosas y que llevaban una vida fácil. Pero la realidad es muy otra. Tan jóvenes, en los barrios militares, de pronto sin sus maridos, y en muchos casos reemplazando la relativa contención institucional con sus amigas, vecinas, comadres, en relaciones solidarias, fuertes, apoyándose en las cadenas de rezo, averiguando una por las demás, pasándose información, cuidando a los hijos de las demás. Ellas esperaban y hacían. Las había profesionales, docentes, amas de casa. Tampoco ellas querían la lástima. Algunas perdieron al amor de sus vidas y al amado padre de sus hijos. Algunas se reencontraron con la misma persona pero diferente. Y no sólo las esposas. También las hermanas, las madres, las novias, las amigas y las hijas. ¿Qué sabemos de todas ellas? Poco y nada. Esto me hace pensar que lo que suele llamarse «perspectiva de género», al menos en la Argentina, suele tener el efecto contrario al que busca, porque no reconoce a las mujeres de entonces por propio mérito, sino por haber cumplido en labores militares, que ciertamente las hubo. La perspectiva de género no parece aplicarse a mujeres cuidando a sus hijos, la casa o el departamento, y esperando la conexión telefónica de la operadora o el comunicado de radio. Así postulada, la perspectiva de género no puede reconocer la originalidad y pluralidad de las mujeres de entonces. Una mirada bastante poco feminista.

LUGARES COMUNES

-¿Cómo evalúa el tratamiento periodístico, académico o político del 40ø aniversario de la guerra?

-Evaluar es un término un poco fuerte, pero lo que pude ver en la TV (¡toda la TV!) y buena parte de la prensa escrita fue un tratamiento efectista que transcurre en lo conocido. Seguir machacando en que la guerra fue una improvisación, que los chicos se murieron de hambre, que el general borracho dio un manotazo de ahogado y que lo único relevante de los soldados eran los malos tratos de los superiores, significa caracterizar una guerra internacional como un conflicto interno. Me animaría a decir que (casi) todos los medios fueron a dar a los lugares comunes, asumiendo la remanida crítica (corrupción, abuso de autoridad, improvisación, arrogancia y simple estupidez) porque no saben cómo hablar del tema desde otros ángulos. Quizás temen ser tildados de pro-militares. Pero, y acá volvemos al principio, ese temor los ha hecho ignorantes, cómodamente empantanados en lo políticamente aceptable. Cuando hablamos de Malvinas, pareciera que a los argentinos se nos activa el chip de la crítica fácil sobre una materia que es, quizás, la más ardua de entender del alma humana: la guerra, un hecho exclusivamente humano y socio-cultural. En 1982 los argentinos tuvimos nuestra guerra internacional. Esto no es ni bueno ni malo. Depende qué estemos dispuestos a hacer, y lo que hagamos dependerá de cuánto hayamos decidido aprender. Tal como viene el mundo, quizás los próximos años nos lleven a pensar en Malvinas de otra manera. Sólo hace falta ver las noticias y la destrucción en lo que fue la casa de muchos de nuestros abuelos.

-Ha dedicado un libro a la Fuerza Aérea, acaba de salir otro sobre la Armada coordinado por usted y ha expresado su interés por investigar algún aspecto del Ejército en el conflicto. ¿Qué tipo de investigación imagina en ese sentido?

-Imagino la reconstrucción de combates terrestres. La guerra en las islas fue algo muy distinto a la guerra en el mar y en el espacio aéreo. Para mí es la más compleja, no sólo porque da pie a muchas de las cosas que se dicen de Malvinas, sino porque pone en cuestión la relación entre militares y civiles conscriptos. ¿Veremos a los soldados combatiendo al lado de sus superiores? De ser así, ¿estaremos dispuestos a revisar nuestras creencias? ¿Estamos los argentinos reflejados en cómo hicimos aquella guerra? ¿El Estado argentino ha cambiado tanto en estos 40 años? ¿En qué se parecen un cabo o un subteniente resistiendo a los «ingleses» en Monte Longdon, y un médico y sus enfermeros en la terapia intensiva del Hospital Posadas en junio de 2020? Malvinas nos muestra en carne viva, cómo fuimos entonces y probablemente cómo somos ahora. Nos guste o no nos guste, Malvinas es un espejo del que podemos aprender.

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