Prosas apátridas o crónicas del desasosiego

julio, 2022
La escritora brasileña Clarice Lispector hizo de la escritura su modo de habitar el mundo. Un libro recoge las crónicas que publicó en distintos medios a lo largo de treinta años, donde revela partes de sí al tiempo que aborda poéticamente lo palpable de la realidad circundante.

Fuente: Caras y caretas

Autora: María Malusardi

No son, en rigor, verdaderas crónicas, es cierto. “Todavía sigo un poco sin acomodarme en mi nueva función de aquello que no se puede llamar propiamente crónica.” Son animales salvajes que acarician. Ramas inasibles, aunque envolventes. Enaltecen la literatura, pero también se encargan de la vida y sus pliegues. La escritura de la autora brasileña Clarice Lispector avanza sobre los cuerpos como un convulsionante latido, no sin generar disturbios. Su universo se va construyendo con lo insólito de lo cotidiano. Lo conocido se desmadeja en la dulzura de un decir punzante. “Profundizo en las palabras como si pintase, más que un objeto, su sombra.”

Me atrevería a decir que el volumen que recoge Todas las crónicas (Fondo de Cultura Económica) está a la altura del Libro del desasosiego, de su compañero de idioma Fernando Pessoa. Ambas obras, inclasificables, funcionan como amparo y oráculo. Dos modos de habitar la lectura y multiplicar sus efectos. Obras infinitas que van hacia dentro de sí y hacia dentro de nosotros. Que acompañan hasta el final. Y más allá también.

Abrimos al azar: “Primero es un ruido que produce otro ruido, en la concavidad nocturna de las cosas. Después es un aullido vago, acompañado de un oscilar arrastrado de los letreros de la calle. Más tarde se hace de pronto un alto en la voz rugiente del espacio, y todo se estremece, no oscila, y hay silencio en el miedo de todo esto como un miedo sordo que ve a otro miedo mudo pasar” (Fernando Pessoa).

“No todo lo que escribo desemboca en una realización, desemboca más en una tentativa. Lo que también es un placer. Pues no quiero tomar todas las cosas. A veces solo quiero tocar algunas. Después, lo que toco a veces florece y los demás pueden tomarlo con las manos” (Clarice Lispector).

En ambos casos lo palpable del mundo circundante alcanza jerarquía poética. Tensas prosas en sintonía de arpa.

La escritura o la vida

No hay tal dicotomía –como planteaba Jorge Semprún en su libro homónimo– porque el transcurrir cotidiano, en el caso de Lispector, se transfiere al texto como si la escritura fuera una continuidad del vivir. De alguna manera, un rasgo esencial en su obra. “Lo que quiero contar es tan delicado como la propia vida. Y yo querría poder hacer uso de la delicadeza que también hay en mí, al lado de la tosquedad de campesina que es lo que me salva.”

Escribir –en particular estos textos– la impulsaban a reflexionar sobre el procedimiento y el sentido de la escritura, pero jamás desvinculada de los temblores de la existencia. “Escribir es muchas veces acordarse de lo que nunca ha existido. ¿Cómo lograré saber lo que ni siquiera sé? Así: como si me acordara. Con un esfuerzo de memoria, como si nunca hubiera nacido. Nunca nací, nunca viví: pero me acuerdo, y recordar es en carne viva.”

Haber aceptado componer cada sábado “una crónica”, la conducía a cuestionarse los géneros literarios no desde un lugar conceptual, sino desde un espacio interior dominado por la intuición y el saber; un saber excepcional como un don. “Los géneros no me interesan. Me interesa el misterio.”

En muchas de estas “prosas apátridas” (término acuñado por el narrador peruano Julio Ramón Ribeyro) o desobedientes, Lispector se pregunta por el oficio del género que la convoca. “¿La crónica es un relato? ¿Es una conversación? ¿Es el resumen de un estado de espíritu? No lo sé, pues antes de comenzar a escribir para el Jornal do Brasil, solo había escrito novelas y cuentos. Cuando me comprometí con el periódico a escribir aquí los sábados, inmediatamente me aterroricé. Un amigo que tiene voz fuerte, convincente y cariñosa, prácticamente me obligó a no tener miedo. Me dijo: escribe cualquier cosa que se te ocurra, incluso tonterías, porque ya has escrito cosas serias, y todos tus lectores van a entender que tu crónica semanal es un modo honesto de ganar dinero. Sin embargo, por una cuestión de honestidad con el periódico, que es bueno, no quise escribir tonterías. Las que he escrito, y me imagino que son muchas, han sido sin darme cuenta.”

Detrás o debajo de cada inquietud respira una anécdota, en general pequeña y sencilla. Lo que ofrece Lispector como singularidad es una mirada atrevida y lúdica capaz de desorientar el sentido común del que, además, se vale. “Si mi mundo no fuera humano, también habría lugar para mí: sería una muchacha difusa de instintos, dulzuras y ferocidades, una trémula irradiación de paz y lucha: si el mundo no fuera humano me las arreglaría siendo un animal. Por un instante entonces desprecio el lado humano de la vida y experimento la silenciosa alma de la vida animal. Es bueno, es verdadero, es la semilla de lo que después se vuelve humano.”

Felicidad clandestina

“No indagar en el misterio para no traicionar el milagro.” Una posición firme que revela una manera de estar en el mundo, de acariciarlo y perderlo. Y una manera de narrar sus soles y sus inviernos, timoneando el devenir con inteligencia y poesía. La intensidad de su obra, la imposibilidad de encerrarla en alguna vaina clasificatoria, anuncian una “felicidad clandestina” permanente a sus lectores. En verdad, la obra de Clarice invita a la bitácora de citas. Y resultaría difícil adivinar de dónde fueron tomadas. Hay algo de obra total, enfurecida y esquiva. “Estoy por detrás de lo que queda detrás del pensamiento. Es inútil querer clasificarme; simplemente no me dejo y me escabullo.”

Clarice Lispector murió en Río de Janeiro, donde residía, antes de cumplir los 57 años. Había nacido en Ucrania en el seno de una familia judía que huyó, cuando apenas ella tenía un año, hacia América. Zarpó primero en Maceió, luego se mudó a Recife. Clarice siempre se consideró nordestina. Y amaba su lengua: el portugués de Brasil. Publicó “crónicas” en diferentes medios de manera interrumpida desde 1946 hasta 1977. Sin duda, la época de mayor actividad fue entre 1967 y 1973, en el Jornal do Brasil. En ese tiempo, acaso lo que más la inquietaba era la desnudez, la apertura de sí, la posibilidad de exponerse. Y lo planteaba abiertamente a sus lectores. “En la literatura de libros permanezco anónima y discreta. En esta columna estoy de algún modo dándome a conocer. ¿Pierdo mi intimidad secreta? Pero ¿qué hacer? Y es que escribo al correr de la máquina y, cuando me doy cuenta, ya he revelado cierta parte mía. Creo que si escribo sobre el problema de la superproducción del café en Brasil terminaré siendo personal. ¿Dentro de poco seré popular? Me asusta. Veré qué puedo hacer si es que puedo. Lo que me consuela es la frase de Fernando Pessoa, que leí en una cita: ‘Hablar es el modo más simple de volvernos desconocidos’.”

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