Isol: «Siempre trabajo con cuestiones cotidianas»

marzo, 2022
La novela fue un encargo del Museo de Palestina. Se propuso "pensar que el mundo fuera un tejido y que hubiera partes rotas por donde se pudieran perder los objetos”.

Fuente: Pagina 12

Autora: Candela Gomes Diez

Lila pierde todo tipo de cosas: las llaves, su bufanda, los guantes, lápices de colores, un paraguas. Y ella sabe que cuando algo desaparece no es sólo por culpa de su distracción. ¿Cómo es entonces que esos objetos se esfuman y adónde van cuando lo hacen? Con ese disparador, la escritora y dibujante Marisol Misenta, más conocida como Isol, construyó la historia de su último libro: La costura (Fondo de Cultura Económica).

El nuevo material fue un encargo del Museo de Palestina, enmarcado en el proyecto Palestinian Art History as Told by Everyday Objects (Historia del arte palestino contada por objetos cotidianos), y la autora aceptó el desafío que finalmente se transformó en una novela estructurada en secciones de cuatro partes y un epílogo que ya cuenta con ediciones en Palestina y Argentina.

“En Palestina ya hay libros míos, y a los chicos les gustan mucho. Y la propuesta que me hizo el museo era hacer un libro para niños que estuviera de alguna manera relacionado con la cultura del país, pero no con la intención de quedarse en lo tradicional sino con la idea de traer eso al presente. Y, por otro lado, la consigna era también que en la historia no se mencionara el conflicto con Israel, porque los niños tienen derecho a pensar e imaginar otras situaciones, y a disfrutar de otras cosas como cualquiera de nosotros”, cuenta la reconocida autora que, siguiendo la línea de la propuesta, se inspiró en un chal de mujeres palestinas para crear el mundo de su relato.

Con 24 títulos publicados y traducciones a 17 idiomas, la obra de Isol obtuvo reconocimiento internacional. En 2003, recibió el Premio Golden Apple, mientras en 2006 y 2008 fue seleccionada como finalista del Premio Hans Christian Andersen. Finalmente, en 2013 ganó el Astrid Lindgren Memorial Award (2013), uno de los mayores galardones de la literatura infantil mundial.

Dedicada a su padre Eduardo del Estal, filósofo y poeta, fallecido en 2021, la novela da cuenta de ese camino transitado y se arma a partir de inquietudes personales, como el hecho de extraviar objetos, algo que, según comenta la escritora, forma parte de su rutina. “Tengo fama de que se me pierden las cosas. Y me desespero porque no entiendo cómo es que se pierden. Por eso, me parecía divertida la idea de pensar que el mundo fuera un tejido y que entonces hubiera algunas partes rotas por donde se pueden perder los objetos”.

Para eso, te inspiraste en un chal que usan las mujeres palestinas. ¿Cómo apareció esa idea?

-Como artista visual que también escribe, las historias no parten del texto sino que surgen de mis encuentros con un objeto. Y fue entonces que me acordé de que tenía un chal tejido que me habían regalado después de haber viajado a Palestina, y ahí empecé a observarlo y a redescubrir las formas y los bordados. Lo que hice fue escanear diferentes partes del textil, y a partir de eso fui viendo en la computadora esas imágenes que me fueron dando ideas.

¿De qué manera surgió tu vínculo con la cultura palestina?

-Varios de mis libros están traducidos al árabe, entonces ya me conocían. Y en 2018 viajé allá invitada por el Tamer Institute, una institución que ganó en Suecia, al igual que yo, el Pemio Astrid Lindgren, que reconoce a creadores y a instituciones que fomentan la lectura y la creación de libros infantiles. Precisamente, esa institución hace ese trabajo y organiza actividades entre escritores e ilustradores y busca llevar eso a los más chicos. Además, hacen talleres en los colegios y en las bibliotecas, y en ese marco yo dicté cursos para ilustradores, escritores y bibliotecarios, y los puse a dibujar y a escribir.

¿Y cómo evaluás la experiencia de haber accedido a otras culturas a través de tus historias?

-Es un privilegio, y es algo que te hermana porque te das cuenta de que hay cosas que todos tenemos en común. Yo trabajo con cuestiones cotidianas, como es en este caso el hecho de perder cosas, y eso pasa en todos lados. Después cada uno tiene su historia, pero hay situaciones de lo humano que hacen que puedas leer un libro chino o griego, o ver una película de Miyazaki, y conectar con todo eso. Las personas que conocí allá eran todas universitarias. Las mujeres en Palestina son muy cultas, evolucionadas e independientes. Por supuesto que había diferencias, pero no a nivel humano. Recuerdo que en uno de mis cursos había una mujer vestida con la burka y que se reía mucho todo el tiempo y hacía unos dibujos alucinantes. Y uno podría pensar, en un principio, “pobre mujer”, pero al ver eso te encontrás con tu propio prejuicio.

La literatura infantil y juvenil tiene un desarrollo muy importante en la Argentina. ¿Qué ocurre allí?

-Palestina es un país muy pequeño y tiene pocos recursos. Por eso, el Tamer busca fomentar la lectura, y por eso es importante que hayan ganado el premio Astrid Lindgren porque eso les dio recursos materiales para que pudieran seguir haciendo ese trabajo. Sería bueno que más escritores visitaran el país y conocieran su cultura.

¿Qué te atrajo del mundo de la narración y la ilustración?

 

-Mis padres eran súper lectores, y siempre valoraron mucho el arte en todas sus formas, pero especialmente la literatura, los dibujos y los cómics. En casa leíamos todo. Y de tanto leer fui aprendiendo cuándo algo funciona y cuándo no. Siempre me gustó contar historias. Yo también canto, y siempre le di mucha importancia a las palabras y a las letras de las canciones. Y cuando estudié bellas artes me di cuenta de que al unir la plástica con la narrativa surgían cosas interesantes, y empecé a dedicarme a esto cuando se estaba abriendo el panorama del libro álbum. Esta actividad me sigue sorprendiendo y siento que todavía me queda mucho por hacer y aprender. La literatura y el arte nos abren ventanas y nos dan aire. Nos ayudan a no quedarnos sólo con lo que nos dicen.