Reeditan «Los primeros modernos», libro que repasa el intento de creación de un «arte nacional»

febrero, 2022
Se trata de una época efervescente y bulliciosa en la ciudad de Buenos Aires: un grupo de pintores con Schiaffino a la cabeza se proponen la creación de "un arte nacional" y conciben a las bellas artes como elemento transformador del destino de la Nación.

Fuente: El destape

Autora: Mercedes Ezquiaga

A veinte años de su publicación original, la reedición de «Los primeros modernos», de la historiadora Laura Malosetti Costa, recorre el arte y la sociedad en Buenos Aires a fines del siglo XIX, período en el que nace el Museo Nacional de Bellas Artes y algunas obras clave de la historiografía local, de la mano de artistas como Eduardo Schiaffino, Ernesto de la Cárcova, Eduardo Sívori y Ángel Della Valle, aunque tuvieron una única obra consagratoria, y la hicieron estando de viaje en Europa.

Se trata de una época efervescente y bulliciosa en la ciudad de Buenos Aires: un grupo de pintores con Schiaffino a la cabeza se proponen la creación de «un arte nacional» y conciben a las bellas artes como elemento transformador del destino de la Nación. Hay voces a favor y en contra -(¿puede existir un arte nacional? ¿El Estado debe subvencionarlo?), y se da una intensa actividad crítica desplegada por sus protagonistas en los diarios, tanto que uno de esos «enfrentamientos» pasó al plano real y se convirtió en un duelo a primera sangre, entre Schiaffino y el crítico Eugenio Auzón. Un suceso tan curioso como absurdo: este último afirmó que no podía existir un arte nacional argentino.

Por su parte, Schiaffino era un convencido de la necesidad de ayuda estatal para crear un museo público y apoyar económicamente a los artistas. Y es cierto que mucho de lo que luego ocurriría en la escena artística de Buenos Aires le debe su existir a aquel período, en el que nacieron obras como «El despertar de la criada», «La vuelta del malón» o «Sin pan y sin trabajo». Pero aquellas obras fundacionales del patrimonio argentino fueron pintadas en Europa y, en su regreso a Buenos Aires, ninguno de estos artistas volvió a tener una obra consagratoria como aquella.

Desde entones han existido miles de ejemplos de reapropiaciones, homenajes o incluso deformaciones de este puñado de obras de arte que fueron clave en aquella utopía transformadora, que vivió su emergencia, apogeo y crisis en un lapso de 20 años, y que Malosetti analiza en el libro, publicado por Fondo de Cultura Económica.

«En ese momento las artes fueron discutidas como un elemento indispensable para la consolidación de una nación civilizada. Creo que pensar en ese momento germinal en Buenos Aires puede seguir siendo útil para estimular la reflexión sobre cuestiones del presente», dijo a Télam la historiadora del arte Laura Malosetti Costa (Montevideo, 1956), profesora en Idaes-Unsam, designada como curadora del envío uruguayo a la Bienal de Venecia 2022.

-Télam: El prólogo a la nueva edición de «Los primeros modernos» se interroga por las posibilidades de que el arte contribuya -así como el modernismo en su momento- a pensar e intentar crear un mundo mejor. ¿Crees que el arte tiene ese lugar hoy o esa intención?

-Laura Malosetti Costa: Sí. Estoy convencida de eso. El arte, todas las artes, sean cuales fueren sus lenguajes, sus formas, sus prestigios, procuran cambiar algo en quienes interpelan, ese público que todo artista tiene en mente antes incluso de ponerse a trabajar en su obra. Un mundo mejor puede imaginarse en inmensas o diminutas revoluciones que contribuyan a modificar aquello que nos angustia, nos indigna o nos duele, a enaltecer aquello que nos hace más felices, más sabios, más generosos, más prudentes para cuidar lo que amamos, más curiosos para modificar hábitos ancestrales… Me gusta pensar el arte -que hemos identificado tradicionalmente con las artes visuales, sus circuitos y espacios de exhibición instituidos- como la mezcla de todas las artes, su interacción, sus modos insospechados, «salvajes» de circulación, contaminaciones, apelaciones a públicos nuevos y raros…Siento un profundo respeto por toda manifestación artística que se proponga cambiar algo, crear un destello de lucidez, emoción o desconcierto en quienes se aproximan a ella, más allá (o más acá) de los compartimientos en los que han sido clasificadas y ordenadas.

-T: El libro se centra en un período en que las bellas artes fueron discutidas en relación con la política y la economía. ¿En qué estado crees que se encuentra hoy en día el vínculo entre estos campos mencionados?

– LMC: En ese momento las artes fueron discutidas como un elemento indispensable para la consolidación de una nación civilizada. Este término fue clave: significaba pacificación interior, desarrollo económico, prestigio internacional en relación con los modelos europeo y norteamericano. Fueron pensadas, además, como un elemento fundamental para el estímulo de la creatividad técnica y científica, algo que se consideraba indispensable para dejar de ser una nación exclusivamente agroexportadora. En fin… hoy son otros los dilemas aun cuando las artes siguen estrechamente vinculadas con la política y con la economía. El panorama es mucho más complejo, trasciende las fronteras nacionales y mueve inmensas fortunas a nivel planetario. Pero también creo que es necesario pensarlas siempre en relación con la macro y la micro economía, con las grandes políticas de conservación del planeta y las relaciones con otras especies no humanas, tanto como con las formas de vida y la persistencia de pequeñas comunidades humanas. Por eso creo que pensar en ese momento germinal en Buenos Aires puede seguir siendo útil para estimular la reflexión sobre estas cuestiones del presente.

-T: Mencionas el enfrentamiento entre Schiaffino y Eugenio Auzon, que terminó en un duelo en un predio en Morón. También te referís en el final a un Schiaffino derrotado, cuando fue separado de sus cargos e inició un periplo diplomático. Crees que hay correlación entre un suceso y otro? Decís que la historia fue ingrata con él, ¿por qué?

-LMC: Ese duelo de 1891 fue una manifestación temprana de tensiones que fueron en aumento en el período de entresiglos: entre distintas generaciones de inmigrantes y entre las distintas nacionalidades de origen de esos inmigrantes y las tradiciones de las que se sentían portavoces. Sobre todo entre aquellos que defendían una idea de un arte moderno «universal» cuyo centro era París (Schiaffino, Sívori entre ellos) y quienes defendían las tradiciones española e italiana. En ese sentido, sí, el desplazamiento de Schiaffino y sus compañeros de ruta por parte de quienes planificaron en Roma un nuevo rumbo para el arte argentino, puede pensarse en relación con aquellos enfrentamientos tempranos con la colectividad de artistas e ilustradores españoles en Buenos Aires. Estos formaron una suerte de contra salón con La Colmena Artística a fines de siglo. Y en 1907 desembarcaba el nuevo impulso nacionalista desde Italia con el grupo Nexus (Collivadino, Quirós, Ripamonte y otros) que los desplazaría definitivamente de los lugares de conducción de la Academia y el Museo que habían fundado poco antes.

-T: Los protagonistas de «Los primeros modernos», Sívori, Schiaffino, Ernesto de la Cárcova, Della Valle, hicieron una única obra consagratoria, y la hicieron estando de viaje en Europa, ¿por qué crees que ocurrió esto?

-LMC: Esta cuestión es compleja y largamente analizada en el libro. Creo que fundamentalmente se debe a dos factores: por un lado el gran poder de impacto que tuvieron esas obras enviadas desde o maduradas en Europa. A partir de las intensas polémicas que suscitaron, la extraordinaria difusión que tuvieron en diarios y revistas, el carácter inédito de esas obras para un público ávido de estímulos visuales e intelectuales. Y su inclusión temprana -por parte de Schiaffino- en la colección y exhibición permanente del recién creado Museo Nacional de Bellas Artes. Por otro lado la falta de estímulos al regreso, la dificultad para encontrar grandes encargos o compradores para obras que requerían una gran inversión de tiempo y esfuerzo. Cada uno de ellos siguió un rumbo distinto, pero dedicaron una enorme cantidad de tiempo a la docencia y la gestión institucional. Así y todo, creo que Sívori merece una exposición retrospectiva de su obra – que estamos preparando desde hace tiempo – porque su producción luego del regreso es también muy notable y desde la exposición póstuma de 1918 nunca volvió a reunirse para una evaluación crítica renovada.

Schiaffino dedicó mucho tiempo a la gestión y la crítica, de modo que su obra es menos extensa, pero fue un artista consecuente con sus ideas de vanguardia, un simbolista muy duramente criticado por los lugares de poder que ocupó. A Ernesto de la Cárcova dedicamos una exposición en el MNBA hace unos años. El suyo es un caso extraordinario. El catálogo está disponible online en el sitio del Museo.