Palabreriando con distintos lenguajes: ¿actor lector o lector actor?
Nuestro grupo de difusión (“de WhatsApp, bah!”) es usado específicamente para dar a conocer las fechas de nuestros encuentros, los links del Meet, algunas sugerencias, todas vinculadas a la lectura. A Sergio Palabreriando le gusta ir al teatro y sorprendió al grupo con este mensaje:
“El viernes fui a ver una obra de teatro donde actúa nuestro amigo e integrante del grupo, Oscar. Quiero recomendárselas, es realmente muy buena, y además, excelentemente actuada. No dejen de ir a verla, magnífica experiencia!!!!…”
¿Qué movilizó a Sergio a desestructurar el criterio de intervención en el grupo? Eso, “…amigo, integrante…, magnífica experiencia…” ¡¡¡de lectura, claro!!!
Todos sabíamos que Cacho Palabreriando (Oscar) es actor, reconocido en el medio, pero leer una recomendación que Sergio decidió compartir en un lugar que nos parecía poco habitual, exigía agregar otra lectura (“¿más…?”), seguir el movimiento, palabreriar la pregunta. Si lo que nos une es leer, por qué no intentamos desentrañar eso de leer para poner el cuerpo, situación que se manifestaba multiexperiencial en los miembros del grupo, con nuestro personaje clave: EL ACTOR lector.
Comenzamos con un Drive en colaboración, pero lo técnico solo aportó incoherencia, se trataba de debatir cómo ponerle el cuerpo a la palabra, si no había “piel”, ¿cómo no iba a fracasar el plan…? Nada mejor que un barcito coqueto para superar el trance, devolverle coherencia e ímpetu a la propuesta para ponerla en palabras y, de paso, mitigar la canícula rafaelina ¡que se las trae en esta época! (“…¿un drive querían hacer?, ¡ay!…»).
Instalados cómodamente en la vereda de Jalito, con vista a la plaza 25 de mayo, la Catedral nos miraba de reojo. Una bebida refrescante con nombre de mujer le daba contexto a un diálogo que tenía la obligación (“¿no es mucho…?») de desenredar el tema para resolver la inquietud.
Mientras Cacho servía la bebida, concentrado, para abrir la madeja arrancamos sus contertulios con la sentencia de leer dramaturgia y leer ficción es lo mismo, tiene el mismo emergente literario… (“uhhhhh, típica posición de los que no son actores…”). “¡¡¡Momentito!!!, reaccionó Cacho ( “¿No se lo dijo a la moza para pedir otra vuelta…?”), empecemos con diferenciar al lector de dramaturgia con el lector de ficción (“era para ellos…”). Primero (“levantó el dedo inquisidor, esto empezó tenso, bueno, estaba actuando…”), es rarísimo que el que no es actor lea dramaturgia, ¿cuándo acude a hacerlo el que no está en la profesión?” . Silencio forzoso y expectante (“qué vivo, solo él es las dos cosas…”). No podíamos jugar ninguna carta, solo podíamos seguir preguntando: ¿únicamente leés para interpretar una obra? “No, no podría hacerlo solamente para eso, necesito leer para ser mejor actor, se lee dramaturgia para ser mejor lector de dramaturgia pero fundamentalmente para ser mejor actor…” ¡ Ahhhhh!… nos dejó con las cejas arqueadas y la boca abierta (“y seca, corrió otra vuelta…”).
Se puso unos manicitos en la boca, apuró el trago y arremetió: “Cuando sabés quién sos en la ficción teatral, el actor que deviene del lector de dramaturgia, se pone más pillo, eso es indispensable para poner la palabra en cuerpo. Eso no le ocurriría al lector de literatura, no lo necesito cuando leo otra ficción, no lo necesitamos en Palabreriando porque no ponemos el cuerpo, ahí solo necesitamos dejar que nuestras experiencias lectoras hagan lo suyo con nuestras sensaciones pero cuando deseás que un espectador tenga una experiencia magnífica como Sergio, necesitás creer también que el cuerpo media con la palabra para que eso ocurra. Parece exagerado pero es una experiencia orgásmica…” ( “¿orgásmica…?, esto se está poniendo ehhh… mmmm…”). Otra vez cruzamos miradas, nos recostamos sobre el respaldo de la silla, ahora nosotros apuramos el trago, mientras Cacho se levanta a saludar a un artista plástico sentado en la mesa cercana (“lleno de artistas estaba ese lugar, comprenderán la calaña del antro…”).
La demora nos alentó para que se nos ocurriera traerle a otro lector necesario, el director.
Él no lo es pero admitimos que su respuesta sería definitivamente válida: ¿en qué momento le atraviesa al director una obra?, ¿cuándo decide “esta es la que quiero proponer…”?
Una sonrisita piadosa se instaló en sus labios, asintió levemente con la cabeza en señal de sabiduría (“estaba sobreactuando…”) y se despachó: “el director elige con el sentimiento en la mano, a su lectura la inspira un sentimiento y termina escogiendo con ese sentimiento afín a su estado de ánimo, lo que le sacude en el momento, para esa ocasión trascendental. Cuando el director también es el guionista ocurre algo especial… (e hizo una pausa, como un mutis para que en este instante sonara en el bar alguna música de suspenso pero el DJ no entendía lo que decíamos y siguió con el rock de los 70´muy afín a nuestros gustos pero desacoplado del relato que no se vio alterado), … en la última puesta en escena de la que participé, experiencia magnífica, no nos conocíamos personalmente con el director. Venía caminando, por allá, en la otra cuadra (“y todos voltearon a mirar la escena, la Catedral también, ¡qué bien lo hace!…”) me paró, me saludó, me pidió disculpas por la interrupción y me convidó a leer un guión que tenía terminado. Por supuesto que acepté, le agradecí y cuando llegué a mi casa ya lo tenía en mi correo. Nos volvimos a encontrar, no tuve más remedio que alentarlo, esto es un tesoro, le dije, si le ponemos bien el cuerpo (“se entiende…”), será increíble!!!. Él me retrucó: la escribí pensando en vos… (“pero cómo… ¿no era que no se conocían?”).
A confesión de partes, relevo de pruebas… Ahí le saltamos todos y lo increpamos: entonces el director “leyó” lo que tu cuerpo actor le transmitió, lo sensibilizó, le dictó el personaje, un relato y salió “una magnífica experiencia” (“ojo, no se llama así la obra, cosa de Sergio nomás…”) ¡¡¡Exactamente!!!!
Tanta revelación nos dio sed, (pero bebimos como si estuviéramos libando), nos dio tiempo para pensar y transmitirle: entonces pasó al revés, el cuerpo puso en palabras y a esas palabras hubo que ponerles el cuerpo, bien puesto, para que se transformen en tesoro, ¡qué notable! (“estos más que libados están tomados, tenga cuidado lector…”) “Otra experiencia orgásmica…” remató Cacho Palabreriando.
Con la tarde deponiendo, los led de la calle le ganaban a un sol ya cansado de tanto cuerpo, los vasitos vacíos de maníes (“los otros también que no daban para más, si se es responsable…”), amagamos a levantarnos con la sensación de que todavía faltaba algo. Sabíamos que existe un correlato de lo que pasa cuando leemos en el Club y la preparación de una obra teatral para ser representada, le pedimos que nos lo diga y él, pillo (“sí, pillo dijo antes…”), hizo el ademán de acomodarse una túnica, levantar una calavera con el brazo izquierdo, (“todo sobreactuado, no sé qué le ven a éste…”) y argumentó: “el texto dramático adquiere corporeidad cuando es leído con el otro; en dramaturgia, la lectura en comunidad logra la dimensión verdadera del texto. La palabra, en la escritura dramática, tiene un contexto, una historia que la precede, su elección, una proyección futura, está escrita para ser dicha, no solo para ser leída, pero leer, claro, es inevitable, es lo que tiene en común con leer en el club, aunque lo muevan otras cosas.”
Todos asentimos, menos el DJ que no puso “Claro de luna” de cortina para acompañar las palabras de Cacho, no nos importó, ya teníamos bastante claro qué le pasaba al amigo querido en su doble rol y qué nos pasa a nosotros por participar del Club en el momento de encontrar dimensiones a un cuerpo que son los textos. Demoramos los abrazos, salimos caminando lento para que asiente lo debatido o por si nos cruzaba algún director que no sea arrogante.(“La Catedral no los miraba; en su piedad, temía que se tropezaran…”).
Andrés Tonón y Oscar «Cacho» Godoy
Club de lecturas “Palabreriando”
Rafaela – Provincia de Santa Fe